Pobres chicos
La violencia es un corte profundo a cualquier relación social.
Córdoba tiene su futuro hipotecado.
El drama de la pobreza estructural, solidificada desde hace años, fue noticia en los últimos días, cuando se conoció que más de la mitad de los niños y adolescentes de la provincia vive en condiciones de pobreza.
Caminar esos barrios es entender, también, el significado profundo de esta palabra que tanto abunda en las promesas oficiales.
Porque nadie, jamás, se atrevería a decir que está a favor de la pobreza. Por eso, la realidad es la mayor contrastación posible.
Y quienes hoy están sumergidos en la pobreza (y que vienen de años) son los que más expuestos aparecen ante otros riesgos que terminan por reflejarse en la página de policiales de las noticias, aunque sus raíces sean más sociales que delictivas.
Es que, en suma, la mayor parte del entramado criminal se alimenta del Estado perverso que aparece en estos sectores marginalizados con su rostro más mezquino: el puntero que lucra con la solidaridad, el policía que protege y condena por unos mangos, la escuela impotente que configura una isla y los dispensarios que sólo se limitan a escuchar historias de dolor y abuso.
En el medio, chicos y más grandes dan señales de auxilio de manera permanente: alguien que se queda dormido en un colegio, una chica que llora y no quiere hablar, un jovencito que sólo responde con violencia...
Detrás de cada uno de ellos, hay un tiroteo, un allanamiento, una violación, un tráfico de drogas, un arma que se carga y dispara antes de que alguien pregunte algo.
Hace pocos días, el Ipem 338 Salvador Mazza, de barrio Marqués Anexo, en la capital provincial, volvió a convertir en bandera tanto dolor acumulado en esas aulas.
Aprender a disparar palabras, no balas, fue el lema que hace cuatro años movilizó a toda una comunidad.
Una escuela-trinchera que se arremangó ante la fatalidad que nada tenía de natural: hasta entonces, mayo de 2013, eran 18 los adolescentes muertos en episodios violentos y que alguna vez habían transitado los pasillos del Ipem 338.
Todos fallecieron cuando ya habían desertado. Trece de ellos, por un impacto de bala, en medio de las fronteras invisibles pero poderosas de esa zona.
“Hay poco dinero, pero hay muchas balas; hay poca comida, pero hay muchas balas”, empezó a cantar Calle 13 en un amplificador, mientras el colegio pedía auxilio, hace cuatro años.
Un chico de segundo año del secundario, un sobreviviente de la escuela pública en medio de tanta falta de oportunidades, dio dos pasos al frente y leyó en voz alta: “Que no haya más violencia, que no haya más muerte. Que se pueda venir al colegio, que se pueda salir a comprar”.
La simpleza de esas dos oraciones reflejaba toda una complejidad.
¿Cómo llegamos a construir una sociedad en la que no se pueda ir a comprar, en la que sea difícil caminar hasta un colegio?
De manera espontánea, alguien gritó, entonces, el nombre de algún compañero asesinado. Y luego se sumó el de otro, y otro, y otro.
Y así, esta cifra tan impactante dejó de ser anónima. Cada uno fue una lágrima, una oportunidad perdida. Fueron gritos ahogados, conmovedores.
Nacía entonces algo que poco a poco se ha ido convirtiendo en un hito social: los legisladores terminaron por elegir a aquel 7 de mayo, cuando todos ellos gritaron, como el “Día de la promoción de la palabra y la no violencia en el espacio público”.
Desde entonces, los muertos antes de tiempo continuaron en Marqués Anexo, como en tantos otros barrios de los cuatro puntos cardinales de la ciudad de Córdoba.
Pese a todo, cada mayo, las escuelas de toda la provincia, sin importar el estrato social, deben reflexionar sobre el valor del diálogo por encima de la agresión.
Este mes, pequeños que recién comienzan el primer jardín, de apenas 3 y 4 años, llevaron esas ideas a sus hogares. “Hay que hablar más y enojarse menos”, repetían.
Tal vez en muchos colegios aún se ignora el real origen de esa ley. Pero su espíritu es tan universal que esto ya no importa.
La violencia es un corte profundo a cualquier relación social. Es una puñalada, un balazo, que hiere a muchos más que sólo a alguien en particular.
Significa un cachetazo a todo un conjunto, porque refriega por la fuerza de la brutalidad todos los fracasos acumulados.

