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Mutilados sin conmoción

Pocas veces estos crímenes generan una conmoción social generalizada, como puede ocurrir con otros ataques delictivos.

13 de noviembre de 2014 a las 12:02 a. m.
Mutilados sin conmoción

Cuatro homicidios en sólo 96 horas. Un promedio de un asesinato cada 24 horas. Desde el sábado hasta ayer, la violencia urbana en la ciudad de Córdoba mostró, una vez más, su cara más letal.

Los crímenes se desparramaron en diferentes puntos de la Capital. Al norte, al noreste y al sur.

Todo en una especia de cordón que se confunde con la periferia.

El mismo anillo en el que conviven barrios cerrados, countrys, humildes barriadas y barrios ciudad. Todos, separados y aislados entre sí, pero conforman, por la fuerza de la superposición, una misma sociedad.

Los últimos cuatro asesinatos tuvieron demasiados denominadores en común: los muertos no superaban los 26 años; todos murieron de, al menos, un balazo; quienes los atacaron convivían en la misma zona, muy cerca entre sí; y tanto víctima como victimarios compartían el mismo perfil socioeconómico.

De las armas de fuego clandestinas en poder de cada vez más jóvenes ya se ha escrito de manera abundante en los últimos tiempos en estas páginas.

Además de estos cuatro homicidios, el domingo una joven madre y su pequeña de 3 años quedaron en medio de dos motos en las que cuatro adolescentes se iban disparando entre sí.

El lunes a la noche, en sólo dos horas, tres jóvenes de entre 17 y 27 años fueron baleados en distintos barrios cordobeses.

Todos casos de violencia urbana: la principal causa de asesinatos en la provincia de Córdoba.

Sin embargo, pocas veces estos crímenes generan una conmoción social generalizada, como puede ocurrir con otros ataques delictivos.

Cuatro homicidios en sólo 96 horas que no han provocado una indignación que atraviese a todas las capas de esta sociedad.

Tampoco derivaron en una catarata de anuncios públicos para intentar frenar esta epidemia que carcome a cada vez más jóvenes.

Aún se percibe a estos asesinatos, en el común de la sociedad, como un problema particular de los “otros”, de aquellos condenados a vivir en barrios plagados de drogas, armas y desesperanzas.

Un drama que, en realidad, va mutilando a todos de a poco.