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Los chicos que no saben jugar

En Córdoba hay importantes sectores que adoptaron un lenguaje que duele.

08 de octubre de 2016 a las 12:01 a. m.
Los chicos que no saben jugar

La mujer había llegado a la escuela después de mucho tiempo. Ella y otras más, poco a poco, regresaban a los pasillos que albergan a sus hijos, aquellos que todavía no desertaron. Son apenas un puñado que se resisten a cambiar el colegio por la tentación de la esquina.Son los que todavía creen que allí tienen un futuro.Sin titubear, ella miró directo a los ojos de los docentes todoterreno y trazó su diagnóstico: "Los chicos acá no saben jugar".El impacto dejó callados a todos por varios segundos.La fuerza tremenda de esas seis palabras derrumbaba cualquier optimismo.Entonces las otras mujeres agregaron más frases que también eran dardos de realidad.Hablaron de calles que son "fronteras", de balazos, de drogas, de violencia...Todas palabras que hacían referencia, aunque jamás lo nombraron, al miedo de la vida cotidiana.Aquel diálogo colectivo ocurrió hace pocas horas en una escuela pública enclavada en una de las tantas zonas críticas que tiene la ciudad de Córdoba.Palabras que se repiten desde hace tiempo en los cuatro puntos cardinales de la Capital.Allí donde la calle, el vecindario, se ha convertido en un peligro.Lugares en los que las familias optan por tener encerrados a los chicos, atados a un teléfono celular, para evitar que jueguen en una vereda que en cualquier momento se puede convertir en el escenario de un tiroteo, de una pelea, de una venganza.Calles que se han convertido en "fronteras" invisibles pero poderosas, donde los límites muchas veces tienen que ver con permanecer vivos.Porque en Córdoba hay importantes sectores que adoptaron un lenguaje que duele.Barrios, villas, asentamientos marginalizados donde la presencia del Estado hace tiempo que no ayuda. Salvo las escuelas tipo trincheras. Colegios cuyos docentes escuchan de drogas, de narcos, de violaciones, de golpes, de violencia de género.Maestros que saben que el desafío de todos los días trasciende por completo a la tiza y el pizarrón.Son ellos, casi en solitario, los que se deben ocupar de captar tantas señales de alarma que todos los días explotan en las aulas.Mucho más lejos, desde algún escritorio del Centro, son otros los que proyectan planes, hacen promesas y diseñan soluciones de las que ya pocos esperan algo.Políticas que carecen de la sensibilidad para escuchar a aquellos vecinos que hoy regresan a una escuela a pedir un refugio para que sus hijos puedan volver a jugar.Colegios en cuyos pasillos los chicos lloran por algún compañero que ya no está.Porque allí la muerte no espera: llega mucho antes que en otros barrios de la ciudad.