Entre el carnicero y el ladrón
Opinión de Andrea Amigo, abogada.
"Los hechos son tercos, y cualesquiera que sean nuestros deseos, inclinaciones o exigencias de nuestras pasiones, no se puede alterar el estado de los hechos y las pruebas", sostiene John Adams. Más allá de lo inapropiado que es que el Poder Ejecutivo se inmiscuya en otros poderes, resulta demagógico y poco favor le hace a la sociedad fomentar la defensa de la justicia por mano propia con el argumento de que "el señor debería estar tranquilo en su casa". Hoy "todos somos el carnicero" y cualquier abogado penalista encuentra en él un cliente casi perfecto, ya que defendiéndolo se cuenta con la aprobación de todos, la solidaridad y la comprensión social de quien mató para defender lo suyo. Porque el carnicero es valiente y dispuesto a defender al vecino si le pasara lo mismo que a él.Despojado de pasiones y del clamor popular, el juez debe analizar si hay peligrosidad procesal para darle la libertad, teniendo en cuenta que ese análisis tiene que estar argumentado y probado.¿Se puede decir que hay defensa propia de sus derechos para que no sea punible? Podría estratégicamente plantearse, pero sería difícil probarla, por los requisitos que exige.¿Estaríamos ante un homicidio preterintencional? ¿El carnicero estaba en estado de emoción violenta? Puede plantearse como atenuante de la pena.De pretender probar un estado de emoción violenta, habría que trabajar sobre algo diferido, ya que la reacción es posterior al hecho en sí.Todos somos el carnicero, tentados de justificar por encima de las leyes un accionar más parecido a una secuencia de un western que a la concepción del ciudadano en un Estado de derecho moderno.Llamémonos a la reflexión. Los mecanismos de control de la delincuencia deben surgir del Estado. Sometámonos al imperio de las leyes, sin pasiones, rencores ni revanchas, porque, al fin y al cabo, somos el carnicero... y también el ladrón muerto.

