En banda, jugados y listos para el zarpazo
Avanza el juicio a cinco acusados por el salvaje crimen de un vecino durante un asalto domiciliario ocurrido en 2015.
- Avanza el juicio a cinco acusados por el salvaje crimen de un vecino durante un asalto domiciliario ocurrido en 2015.
Podrían, definitivamente, estar en otra. Podrían estar con sus familias, con sus parejas, con sus hijos, disfrutando de la vida, o bien peleándola; podrían estar esforzándose en sus trabajos o buscando conseguir uno, tratando de salir adelante; podrían estar estudiando o jugándoselas en serio, como tantos.
Podrían estar en otro plano.
Sin embargo, están en esa.
La vida, sus vidas, los encuentra allí, sentados los cinco, uno al lado del otro, en el banco de los acusados, rodeados de guardiacárceles y de jueces, respondiendo por el brutal e inexplicable homicidio de un vecino durante un asalto domiciliario.
Adrián Brunori (32) quería ayudar a escapar a los delincuentes. Quería que, de una buena vez, se fueran de casa y lo dejaran, junto con su familia, en paz. Quería evitar, además, que llegara la Policía y empezara el tiroteo.
Aun así, terminó muerto de un balazo por parte de uno de los asaltantes, cuando este abandonaba la casa con sus cómplices. Brunori dejó dos hijos.
Fue en Alto Alberdi, en Córdoba capital. Fue en septiembre de 2015.
Hoy, esos cinco jóvenes sentados en el banquillo, dos de ellos menores de edad cuando pasó todo, caminan al borde de caer al abismo y de recibir fuertes condenas que los depositen, como carne fresca, varios años en prisión.
El caso Brunori, drama que se juzga por estos días en la Cámara 9ª del Crimen de la ciudad de Córdoba, es un claro espejo de esa maldita inseguridad que fagocita vidas, destruye familias y pulveriza hogares de forma sistemática y permanente, como un reloj que marca el compás.
Ya metidos en el fango, se puede decir que dramas como el de Brunori y de quienes están acusados reflejan a las claras hasta dónde están dispuestos a llegar algunos delincuentes.
No son motochoros, no son los que hacen salideras, tampoco los que entran a empresas los días de pago, ni los que cometen estafas telefónicas.
Lo de ellos es más brutal, más al límite, más jugado.
Son bandas que consiguen armas como nada en las calles de Córdoba y que, en muchos casos, encuentran a la droga como ese aliado que les da el empujón que falta para salir de cacería, a la búsqueda de la víctima de turno, jugados al todo o nada, sobre todo si aparecen los de azul.
En esos grupos, por un lado, están los más grandes, haciendo de cabecillas y dando las órdenes cuando salen. Por el otro, están los más pibes, dispuestos al todo o nada con tal de pertenecer a algo, aunque esa "junta" los lleve a cometer el peor error de sus vidas.
Y si les sale una vez bien, lo vuelven a hacer. Y si les vuelve a salir bien, lo repiten. Y si la repetición funciona otra vez más, ya nada los frenará.
Jugados
Lo de estas bandas es treparse a un auto, cargar fierros y salir al acecho en busca de cualquier víctima, ya sea cuando entra o sale de la casa, ya sea de noche, ya sea de madrugada. Se trata del momento de mayor vulnerabilidad para cualquier cordero.
Si pinta robar el coche de las víctimas y cargarlo con todo, se hace. Si pinta seguir de cacería, se sigue. Si pintan las balas, se tira. Lo robado puede ir desde un LCD hasta un atado de cigarrillos; desde una joya de oro hasta zapatillas para chicos.
Quiso el destino que Adrián Brunori y familia, según la causa, se toparan con una banda que andaba desaforada y de cacería.
El grupo ya había apretado, rato antes, a por lo menos dos familias en sus respectivos domicilios. Noches antes, habían visitado otros hogares. La diferencia es que las víctimas sobrevivieron.
Adrián los vio tan desaforados en su domicilio (habían apretado a su hermano cuando guardaba el auto) que quiso ayudarlos a escapar cuando la Policía llegó y comenzó a cruzar balas con la otra parte de la banda, que esperaba en la calle. Ofreció ayudarlos a escapar por atrás.
Cuando fugaba el último ladrón, recibió un tiro en el pecho que lo mató. El supuesto autor tenía 17 años y un par de entradas al Complejo Esperanza.
En la Justicia, se discutirá por estos días si este crimen fue un homicidio criminis causae o uno en ocasión de robo. La diferencia representa años: una cosa es perpetua (35 años); otra cosa, recibir entre 12 y 15 años de encierro.
Una condena de este tipo recibieron, días atrás, los cinco miembros de otra banda que mató a un jubilado durante un asalto en barrio Talleres Este.
Sea como fuere, estos jóvenes terminan siendo, a la larga y al fin de cuentas, esa carne fresca que alimenta año tras año las cárceles de Córdoba.
Un sistema presidiario que fagocita vidas y que las devuelve, ya sabemos lamentablemente de qué modo.

