Dramas, manuales y golpes de efecto
Mata por la espalda. Aunque mata también de frente. Mata a pibes desarmados. Mata y planta pruebas para tratar de desviar una investigación.
Mata, hiere, tira hacia la cabeza o a zonas vitales, amenaza, inventa, arma testimonios. Mata e inventa sobre situaciones confusas para confundir más.
Mata y crea desconfianza.
Desde hace años, el principal problema de la Policía de Córdoba sigue siendo la Policía de Córdoba. Es estructural.
A fuerza de crímenes, abusos, excesos, matoneadas, nos acostumbramos a ver que esta Policía, por más que muchas y muchos uniformados –seguramente una mayoría– hagan bien su trabajo, se asemeje muchas veces a una maquinaria cercana al delito.
El asesinato por la espalda de un chico de 15 años en el norte de Córdoba se convierte en una nueva mancha para la fuerza de azul.
Los “gatillos fáciles” ya están en el ADN de la Policía. Este año, hay 21 policías imputados por cuatro asesinatos. Muchos de aquellos, presos.
Las autoridades anticiparon que van a difundir un “nuevo protocolo” para armas en la Policía. Se anticipan modificaciones y nuevos criterios, y se promete mejores rendimientos. Dicen, incluso, que ese esquema ya se estaba preparando tras el asesinato de Blas y que lo de Joaquín precipitó todo.
Si tenemos en cuenta la historia de estos años en Córdoba, justo es temer que, más allá de las buenas intenciones, todo se trate y sea en el fondo un nuevo golpe de efecto.
Cuando los policías se mataban entre ellos por error o bromas (uno ultimó a una compañera en Tribunales II), se habló de un nuevo protocolo. Los excesos siguieron.
Cuando los policías mataban a pibes por las noches (a uno lo mataron con una tonfa en un baile), se habló de protocolo. Los excesos siguieron.
Cuando los policías mataban durante incidentes (a un hincha lo ejecutaron con balas de plomo frente al Kempes y a un chico lo mataron durante los saqueos de 2001), se habló de protocolo. Los excesos siguieron.
Cuando los policías mataban a sus parejas, se habló de protocolo y controles psicológicos. Los femicidios siguieron.
Cuando los policías mataban durante controles callejeros (antes del caso Blas, a Franco Amaya lo ejecutaron en Villa Carlos Paz), se habló de protocolo. Incluso, se lo publicó en el Boletín Oficial. Los excesos siguieron.
Protocolos, normas, inspecciones, controles, chequeos psicológicos, exámenes de conducta, mayor participación de la ciudadanía en el seguimiento del trabajo policial, reuniones con vecinos, fueron prometidos, anunciados y presentados durante años. Muchos quedaron en los papeles.
Los que se ejecutaron, sirvieron poco.
Muchas veces surge la duda sobre si se está andando sobre la marcha en política de seguridad. Hasta hace un mes, se decía que las Taser iban a seguir guardadas y en manos del Eter. Hoy, se planea comprar más.
En este marco de confusión, sombras y dramas, otra vez vuelve el tembladeral en el universo de la Policía y se analizan cambios en cargos jerárquicos.
Como si el problema no fuera ya estructural. Como si cambiar figuras, a la luz de los resultados, hubiera servido.

