De uniformados y disfrazados
El funcionario terminó el café, en un bar próximo al Centro Cívico, y se puso serio: “Él está muy caliente y fue claro. No quiere más disfrazados con uniforme. Quiere policías en serio. No tipos que se hagan ‘canas’ como salida laboral”.
El funcionario terminó el café, en un bar próximo al Centro Cívico, y se puso serio: “Él está muy caliente y fue claro. No quiere más disfrazados con uniforme. Quiere policías en serio. No tipos que se hagan ‘canas’ como salida laboral”.
El hombre molesto no es otro que el gobernador José Manuel de la Sota. Y el interlocutor fue más allá: “‘El Gallego’ está muy molesto con ‘el Gringo’ (Juan Schiaretti) porque, cuando fue gobernador, dejó entrar a mil tipos que hoy son un desastre. Pero no lo va a decir en público. De la Sota ya se lo dijo a los del Ministerio de Gobierno y al jefe de Policía”. No quiere saber más nada con efectivos que sean mala noticia.
Sin embargo, los deseos del gobernador se dieron de bruces días atrás con el último escándalo que se produjo en las filas policiales: jóvenes de azul involucrados en un grave caso judicial, acusados de haber hecho un “submarino seco” (poner una bolsa en la cabeza) a dos jóvenes en una comisaría, para luego someterlos a una brutal paliza.
Julio Suárez, jefe de la fuerza, les dijo a los miembros de la plana mayor: “Quiero que esos enfermos, verdaderos delincuentes, no estén más en la fuerza”.
El problema no radica sólo en esos cientos de oficiales y suboficiales jóvenes, de pésimo trabajo y conducta, que entraron en los últimos años. Es ingenuo y atenta contra la inteligencia pensar eso.
¿Qué ocurre con muchos de los jefes de esos policías? ¿Acaso un comisario no fue enviado a juicio por detener a gente por portación de cara y felicitar a esos efectivos como empleados del mes de un McDonald’s? Por otro lado, ¿otros comisarios no fueron enjuiciados por coimas? ¿Y qué hay de aquel comisario mayor sospechado de truchar órdenes judiciales para obtener sábanas telefónicas y venderlas? ¿O ese otro que, con un prostíbulo en sus narices, no hacía nada? ¿Y aquel que permitía que se robaran elementos secuestrados en un depósito? ¿Y esos jefes involucrados en la sobrefacturación de repuestos para patrulleros?...
Los casos se reiteran. Sobra hablar en estas líneas sobre el “narcoescándalo”.
Desde hace una década, la Policía de Córdoba viene siendo noticia por episodios que van desde lo delictivo hasta lo negligente. “No somos Rosario, no somos Buenos Aires”, se acostumbraron a decir en la Central de Colón 1250, en la ciudad de Córdoba. Eso no alcanza. Decirlo también es un atentado a la inteligencia.
En 2007, con Schiaretti en la gobernación y Alejo Paredes como jefe de la fuerza, se produjo una inédita ola de ingresos a la Policía. De 14 mil hombres, se pasó a tener 20 mil. En ese lapso, se bajaron las exigencias para vestir el uniforme. Mientras a los jefes se los obligaba a ser licenciados en seguridad, a los ingresantes se les dejó de exigir el secundario completo.
Si bien entraron honestos y dedicados efectivos, al mismo tiempo se permitió que varios cientos llevaran placa y arma y salieran a patrullar sin preparación ni convicción.
“Son los disfrazados de policías”, como dice De la Sota. Pero el gobernador no puede olvidar que Schiaretti es de su círculo de confianza y que Paredes fue durante años su bastión en seguridad.
Con episodios de policías embarrados en actos ilegales, se acaban de abrir las inscripciones para quienes quieran entrar a la fuerza. Está previsto que ingresen 1.500 hombres como suboficiales y 300 para convertirse en oficiales en el futuro. Desde Jefatura anuncian que habrá más controles... Ya no hay margen para disfrazados.

