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Cuando la muerte de una belleza deja al desnudo toda la fealdad

Lo que pasa en Venezuela con el crecimiento de la violencia debería tomarse como una señal de alarma para toda la región, en especial en países como el nuestro.

13 de enero de 2014 a las 01:15 p. m.
Cuando la muerte de una belleza deja al desnudo toda la fealdad

La progresión de la violencia en Venezuela tuvo en esta semana lo que puede denominarse la gota que colmó el vaso. El asesinato de la actriz y exreina de belleza Mónica Spear sacudió a los venezolanos, quienes salieron a pedir protección ciudadana, se manifestaron en procura de un límite a la situación de inseguridad en el país, que ya registra un homicidio cada 20 minutos.

Según datos oficiales, la violencia en Venezuela se cobró la vida de más de 11 mil personas durante el año pasado, cifra inferior a los 16 mil que admitieron en 2012. Sin embargo, la organización no gubernamental Observatorio Venezolano de Violencia asegura que los asesinatos de 2013 fueron cerca de 25 mil y que el crecimiento de homicidios nunca se detuvo en los últimos 10 años. A juzgar por el manejo de las cifras que hace el gobierno de Nicolás Maduro, estamos más cerca de creer en la segunda versión que de suponer que una exitosa política de seguridad logró reducir en forma tan sustancial el número de asesinatos.

Spear, de 29 años, y su esposo, de 39, murieron a manos de delincuentes durante un cruel asalto en una ruta del centro del país. El hecho causó gran conmoción y manifestaciones en varias ciudades venezolanas. “¿Tenía que morir Mónica para que todo el mundo sepa que ya no podemos ni andar en las calles?”, se quejó durante el sepelio Mary Spear, tía de la actriz asesinada, en una frase que resume la desesperante situación y refleja lo que sienten y viven los habitantes de ese país.

La escalada de violencia en Venezuela no es un hecho aislado, el fenómeno se registra en muchos países de la región cuyas estadísticas y su progresión parecen encaminarlos a una situación similar a la que padecen los venezolanos. La Argentina, sin lugar a dudas, se anota en esa lista.

La insatisfacción reinante en ciertos sectores de la población, condenados a la marginalidad, con niños que trabajan desde muy pequeños y jóvenes que no esperan nada del futuro, ha generado una problemática situación social huérfana de valores, en la que la violencia forma parte del intercambio cotidiano, toda vez que un daño físico y hasta una vida suelen tomarse como parte de pago de una deuda.

En nuestro país hay ejemplos de sobra que advierten que estamos en esa vía peligrosa. Los crímenes en Rosario, la violencia en el conurbano bonaerense y los preocupantes incidentes en sectores de Córdoba como el barrio Marqués Anexo, de la Capital, son algunos indicios que permiten trazar un diagnóstico con clara señal de alerta.

Para empeorar el cuadro, la gran cantidad de asesinatos que se registran en los últimos meses puertas adentro de los domicilios, y en los que los victimarios resultan ser padres, madres, esposos o allegados íntimos de las víctimas, obligan a buscar razones sociales a la problemática. Esa crisis de la que hablamos tuvo en el caso de la pequeña Priscila Leguiza, la niña de 7 años asesinada a golpes, incinerada y arrojada a un arroyo en Berazategui, un ejemplo terrible de los alcances que pueden tener en algunos individuos esas manifestaciones de violencia.

Lo que pasa en Venezuela (lo que pasa en serio, no lo que dice su gobierno que pasa) debería tomarse como una señal de alarma para toda la región, en especial para países como el nuestro, con un gobierno nacional que parece haber tomado al caso venezolano como un modelo a imitar, incluso en eso de ocultar con cifras ficticias una realidad que a todas luces brilla por la evidencia de sus consecuencias cotidianas. Ojalá no tengamos que llegar al asesinato de una personalidad argentina de la talla de la actriz

Mónica Spear para darnos cuenta de que estamos mal.