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Con las miserias bajo la alfombra

¿Una vida por un celular? El dolor que queda en las familias es proporcional a la inmensidad que separa los extremos de esa pregunta.

25 de noviembre de 2013 a las 01:45 p. m.
Con las miserias bajo la alfombra

Juan Antonio Peña, “Juancito”, era el almacenero de nuestro barrio. El último sábado de agosto de 2011 se detuvo una moto roja frente a su negocio de avenida Manuel de Falla, se bajó el acompañante, entró al almacén, sacó un arma calibre 22 y le pidió el dinero de la caja. “Juancito” le entregó lo poco que había recaudado hasta el momento, pero el delincuente, antes de salir, le disparó en el pecho. El joven almacenero, de sólo 32 años, cayó en la puerta de “La Palmera”, como se llamaba su almacén. Murió allí, en medio de la conmoción de los vecinos y clientes que contemplaban desesperados las inútiles tareas de reanimación que le hicieron en el lugar.

Aún me dan vueltas dos preguntas que me hice esa noche: ¿Hacía falta matar a un trabajador por un puñado de billetes? ¿Una vida vale lo mismo que la paupérrima recaudación vespertina de un almacén de barrio a fin de mes?

La búsqueda de respuestas, que indaga por añadidura sobre la existencia de parámetros en sujetos que han sufrido un entorno hostil desde su nacimiento, desemboca en más preguntas: ¿Mide las consecuencias quién dispara a matar en un asalto menor? ¿Conoce ese sujeto la diferencia entre asaltar y asesinar?

Dos meses después del crimen de “Juancito”, Luis “Porteño” Prado era condenado a 16 años y medio de prisión por el asesinato, en Guiñazú, de la pequeña Leyla Amaya, de sólo 11 años, quien en marzo de 2010 fue alcanzada por un disparo que, según la Justicia, el condenado dirigió a otro joven.

En los fundamentos de la sentencia, los magistrados estimaron como agravante la “peligrosidad” del acusado, ­toda vez que consideraron “la nimiedad e insignificancia de los motivos” que lo llevaron a disparar: “la tenencia de un celular”.

¿Una vida por un celular? El dolor que queda en las familias de las víctimas y el castigo que sufren las familias de los victimarios es proporcional a la inmensidad que separa los extremos de esa pregunta.

No son hechos aislados en el tiempo. Las historias siguen. También por una pelea por un celular, un “naranjita” permanece en estado de coma tras ser baleado el jueves pasado en barrio Bajo Pueyrredón, en Córdoba. En Villa Carlos Paz asesinaron ayer a un joven en lo que aparece como el más triste final de una estéril discusión que arruinó una tranquila tarde en un balneario.

¿Y en el país? Ayer en Buenos Aires una maestra y su hija fueron asesinadas mientras el novio de la chica se debate entre la vida y la muerte en un hospital. En Tucumán mataron ayer a un niño de 3 años. En Gobernador Gálvez, al lado de Rosario, murió un joven y otro está grave tras una pelea entre bandas. Son dramas que se suceden cada vez con más alarmante frecuencia en una sociedad que lejos estará de encontrar soluciones mientras sus gobernantes sostengan su gestión en un relato que excluye de sus indicadores tanto a estas miserias como a las causas que las generan.