Cautiva entre los niños
El narcosecuestro revela la articulación de todo un engranaje social alrededor del narcotráfico.
"También pudo oír, mientras estaba en el galpón, voces de mujeres y de niños. Y un día que se sintió mal y no fue trasladada al galpón, pudo escuchar, cerca del mediodía, que en el lugar se encontraba Mayra Pereyra junto con sus dos hijas: una bebé de meses y otra de 1 o 2 años que recién empezaba a hablar. Y en otra oportunidad, posiblemente a la noche, pudo escuchar una conversación entre los hombres que la secuestraron, con una mujer llamada Belén y los dueños de la casa, Mayra y Carlos Carranza, hablando de los hijos...". El expediente por el narcosecuestro que tuvo como escenario las ciudades de Villa Allende y Córdoba, allá por febrero de 2013, deja al descubierto, una vez más, la articulación de todo un engranaje social alrededor del narcotráfico. Una sociedad paralela forjada en la dinámica que impone el tráfico ilegal en sus diferentes formas.Leer la acusación y bucear en su contexto significa adentrarse en un submundo mucho más profundo de lo que algunos se atreven a aceptar. Dos parejas y un tercer hombre fueron condenados ayer. La víctima fue una joven salteña de entonces 26 años, que había viajado a Córdoba para visitar a amigos, ocasión que su madre aprovechó para pedirle un favor: que cobrara a un comerciante una reciente venta de cocaína. Lejos de recibir el dinero, terminó una semana secuestrada y esposada en diferentes domicilios humildes de la zona sur de la ciudad de Córdoba, mientras sus captores solicitaban 100 mil dólares y 20 kilos de cocaína para liberarla.Un plan en el que se involucraron dos familias completas: ella estaba cautiva en las mismas viviendas donde todos continuaban con sus rutinas diarias.Esto revela lo aceitado de estos delitos en la capital cordobesa. Una excepcionalidad que puede confundirse con la normalidad.Dos sociedades superpuestas que muchas veces se ignoran de manera mutua. Hasta que, por casualidad o desesperación, las instituciones formales (Justicia o Policía) intervienen y todo termina en la opinión pública. Algo que pocas veces ocurre en este tipo de casos.Delitos en los que aparecen más agentes involucrados, pero del otro lado del mostrador, según se advierte en otros diálogos que constan en el expediente, donde los secuestradores hablaban, con soltura, de "policías amigos".Casos que siempre llegan tarde a los oídos oficiales.El domingo 20 de julio de 2008, La Voz del Interior revelaba por primera vez que los narcosecuestros ya eran una modalidad extendida en la caliente zona de los alrededores del cementerio San Vicente.Sin embargo, días antes y posteriores a aquella publicación, quien era jefe de Drogas Peligrosas de la Policía aseguraba desconocer este tipo de delito en la provincia.Durante los meses siguientes, continuamos contando la sucesión de narcosecuestros, que tenían a niños entre sus blancos predilectos, pero no eran los únicos.La síntesis era simple: los delincuentes secuestraban a hijos de traficantes y solicitaban droga, precursores y dinero como rescate; los padres de las víctimas no iban a denunciar para no atraer miradas indeseadas sobre ellos, por lo que debían negociar a la fuerza.Primero, fue una banda bien identificada la que sometía a los traficantes.Luego, pulularon más. Las víctimas ya no reconocieron edades. Hijos, sobrinos, hermanos y hasta los propios narcos, en los diferentes puntos cardinales de la ciudad. Hasta hoy.A fines de aquel 2008, el entonces jefe de Investigaciones Criminales de la Policía, Sergio Comugnaro, harto de las publicaciones y la falta de respuestas oficiales, mandó a sus hombres a buscar a los secuestradores. Volvieron con las manos vacías. Les dio una hora o los dejaba a todos en la calle. Así fue el momento en que aquella banda renombrada comenzó a rodar.Entonces, sí, la Policía y la Justicia empezaron a hablar de narcosecuestros.Recién entonces se aceptaba en letra oficial que existía una descomposición que en realidad es mucho más social que delictiva.

