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Tras la recuperación, las asignaturas pendientes

Oportunidad. Sandra Pérez pasó por varias cirugías por cáncer de mama, continuó su tratamiento y decidió terminar la secundaria y abrir su peluquería.

19 de mayo de 2016 a las 01:41 a. m.
Tras la recuperación, las asignaturas pendientes
Emprendimiento. Sandra, en su peluquería, uno de los proyectos que pudo concretar (La Voz / Sergio Cejas).

En 2010, cuando recibí el diagnóstico de mi enfermedad, creí que todo se había acabado, que no había esperanza, porque la palabra "cáncer" asusta hasta al más valiente. Me sentía devastada, pero un día llegué al Instituto Oncológico "Profesor José Miguel Urrutia" con miedos y angustias y me fui dando cuenta de que existe la esperanza, una palabra muy utilizada que cobra importancia cuando uno la necesita. En 2011, en el Instituto Oncológico, comencé a participar del Grupo "Macanas" que fue muy importante en mi proceso de tratamiento y recuperación. Un día me informaron que en la Fundación Oncológica se abriría el colegio para terminar la primaria y el secundario para adultos. Era algo pendiente en mi vida, había hecho algunos intentos de terminarlo, pero habían quedado inconclusos. Un día, al ver a mi hija estudiando, pensé: "¿Y por qué no lo intento?". Y así, con mucho esfuerzo y con la ayuda de los profesores, terminé mi secundario. No lo podía creer: después de tantas adversidades personales, lo había logrado. Cursaba los jueves por la tarde y tenía un hermoso grupo de compañeros. Lo que más me costó estudiar fue Física y Matemáticas. Me encanta la literatura y me gusta mucho escribir cuentos. Es increíble cómo, después de tantas adversidades personales, pude terminar mi secundaria. Pero eso no fue todo: hace tres años, abrí mi salón de peluquería en mi casa. Estoy sorprendida de todo lo que hice en estos cinco años. Me enteré de que tenía cáncer de mama por un estudio de rutina: fui al hospital Nacional de Clínicas, el médico vio la mamografía y me dijo que volviera a los seis meses. Me fui de vacaciones y regresé dos meses después. Me atendió otro médico, un ginecólogo especializado en Mastología, el doctor Oscar Pucci, y cuando comparó la vieja y la nueva mamografía, me confirmó el diagnóstico. Me advirtió que tendría que hacerme una cirugía urgente para extraer un quiste maligno en mi mama izquierda. "Uno le dice a las mujeres lo que tienen, ustedes se sienten bien, esto no duele y muchas no regresan a hacer el tratamiento, o cuando vuelven ya es tarde", me dijo. Me alivió cuando me aclaró que el quiste era pequeño y, aunque tenía dos contras –mi edad, 43 años, y antecedentes familiares de una tía con el mismo diagnóstico–, me aclaró que tenía muchas probabilidades de sobrevida. Eso me alivió un poco. En julio de 2010 me hicieron la primera cirugía en un sanatorio privado. Me extrajeron el quiste y, cuando evaluaron la biopsia, descubrieron que había dos tipos de células cancerosas distintas. Tenía dos opciones: me hacían quimioterapia, rayos y conservaba la mama, o me la extirpaban completa con los ganglios, pero no me hacía ni quimio ni rayos. Elegí la última opción. Me siento muy bien, pero continúo tomando medicación. Después de la primera cirugía, me hicieron la segunda en agosto de ese año, me colocaron una expansor y una prótesis. Y me hice la tercera cirugía reconstructiva en el Hospital Nacional de Clínicas en junio de 2011. Con todo lo que pasó, sentí como si en mi vida hubiera caído una bomba que hizo explotar todo. Fue muy duro para mí y también para mi familia: en mayo me dieron el diagnóstico, en junio y en agosto me operaron, en septiembre falleció mi papá y a los días lo despidieron de su trabajo a mi marido. Mi esposo me apoyó en todo. Cuando me hicieron la segunda cirugía, yo le dije al médico: "A mí no me importa lo estético, lo que yo quiero es vivir".Actualmente, aunque no puedo hacer esfuerzos físicos, sólo no puedo tener levantado mi brazo derecho durante mucho tiempo. Es mi lado vulnerable. Me recibí de peluquera a los 26 años, pero no ejercía, trabajaba de empleada en comercios. Cuando me enteré de mi diagnóstico, tenía una mercería, pero luego la cerré. Mi esposo, Mario, me apoyó muchísimo en esa etapa, al igual que mi hija, Julieta, que en ese momento tenía 10 años. Ella fue quien me insistió para terminar la secundaria. Me emociona decirlo: mi hija fue la persona que me impulsó a lograrlo. Producción periodísticaRosana Guerra