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Trabajar ¿enferma?

Los médicos y psicólogos constatamos que, a partir de fines del siglo 20, aumentó significativamente el número de consultas referidas a malestar relacionado con la vida laboral de las personas.

24 de diciembre de 2013 a las 12:01 a. m.
Luis Salinas*
Trabajar ¿enferma?
El malestar laboral crece desde fines del siglo 20.

L os médicos y psicólogos constatamos que, a partir de fines del siglo 20, aumentó significativamente el número de consultas referidas a malestar relacionado con la vida laboral de las personas. A mi consultorio llegan pacientes que expresan un estado de agotamiento físico y emocional, desgano, fa lta de motivación para ir a trabajar y cuadros de inestabilidad emocional (depresiones, ansiedad y fobias). Con eso, uno se pregunta si trabajar hoy nos enferma. S i bien implica esfuerzo y abnegación, no necesariamente enferma. Pero ¿por qué hay individuos tan agotados por el trabajo? Hay personalidades más proclives a padecer enfermedades por estrés. Son aquellas que tienen una personalidad de fuerte vocación social, una actitud altamente exigente consigo mismo y con los demás, una excesiva implicancia emocional en sus tareas, producto de un idealismo desde el cual sostienen férreamente la expectativa de que el trabajo le da "un sentido" a sus vidas. En estos casos, se ven claramente las características que Herbert Freudenberger (1974) atribuye a las personas sometidas al estrés: un estado de agotamiento físico y emocional, cansancio (a pesar de que el trabajo siga siendo un proyecto atractivo y enriquecedor para la persona). También, aparecen sentimientos de "despersonalización"(sensa-ción de impotencia, indefensión y desesperanza) que se expresan en actitudes negativas hacia los demás –por ejemplo, la agresión y el maltrato o la instauración de un problema en el vínculo con quienes se trabaja– y, finalmente, la "falta de realización personal" que se instala cuando la actividad laboral pierde el valor que tenía antes para el individuo. Principalmente, en aquellos que esperan un mayor reconocimiento de la institución en la que prestan sus servicios. Este cuadro se hace presente con mayor gravedad y frecuencia en "personas que trabajan con personas", como los profesionales de la salud o los docentes. También en quienes se desenvuelven en ambientes laborales enfermos en los que hay violencia o maltrato durante un tiempo prolongado.Además, la aparición de estos malestares tiene que ver con la sobrecarga laboral sostenida, la escasa participación en la toma de decisiones que afectan el propio desempeño laboral, el incremento arbitrario de las responsabilidades y las exigencias que limitan los tiempos personales con el sólo fin de alcanzar objetivos institucionales o empresariales. Esta es una situación típica de las instituciones especializadas en generar estrés: aquellas que se manejan con tediosa burocracia, con formalismos intrascendentes, con una competitividad interna por luchas de ascensos y poder, con sobrecarga de trabajo innecesaria, con jornadas más prolongadas de trabajo sin mayor remuneración. Hay que destacar que en iguales condiciones se observan individuos menos dañados por estos entornos.Desde hace una década, se afirma que existe en las personas una capacidad de enfrentar la adversidad en general y de resurgir "fortalecidas y transformadas" de acontecimientos trágicos; se la denomina "resiliencia" y consiste en un conjunto de capacidades de las personas –extensible también a las familias y a las sociedades– que permite darle un sentido al dolor, sostener una red social de pertenencia, mantener lazos afectivos significativos, recurrir a la creatividad y al buen humor.Esta capacidad puede presentarse de forma más estable en unas personas que en otras, más en un tiempo que en otro, con mayor o menor fuerza. En los países de América latina, la incertidumbre con respecto al futuro socioeconómico, como el miedo a la pérdida de la fuente laboral, influyen en la aparición de estos malestares. Además, desmotiva y decepciona conocer casos de personas corruptas que ganan mucho dinero sin esfuerzo. Por otra parte, la pérdida del trabajo en nuestro país es casi un sinónimo de exclusión social ya que implica una seria amenaza para la supervivencia digna de la persona y su familia y, la dificultad de reinsertarse en el medio laboral daña la propia identidad.

¿Qué hacer?

Cuando aparecen los signos de agotamiento, ya fracasaron todas las alternativas individuales para adaptarse: la persona 
necesita ser ayudada y 
orientada.

Desde el espacio individual, los psicoterapeutas procurarán que la persona:

  • Reconozca y elabore qué aspectos son nocivos en la tarea laboral.
  • Acepte, en caso de estar indicada, la ayuda psicofarmacológica.
  • Modifique hábitos insalubres.
  • Equilibre la organización del tiempo laboral con el destinado a otras actividades humanas necesarias.

Desde lo grupal, existen distintos tipos de abordaje que tienen como fines:

  • El apoyo mutuo y la generación de un espacio donde expresar los sentimientos que suscita la actividad laboral en cuestión.
  • La superación de la impotencia surgida por temores, dudas, agresiones, entre otros.
  • La búsqueda de la clarificación de funciones y responsabilidades.
  • La revisión de los horarios, lugares de trabajo, etcétera, a fin de administrarlos mejor.

Es necesario, entonces, recurrir a distintos instrumentos médicos, psicoterapéuticos y grupales que posibilitarán los medios idóneos para lograr una mejoría en la calidad del trabajo y de la vida.

*Psiquiatra, coordinador del equipo Alianza, Servicio de Asistencia y Prevención para la Salud Mental