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Por qué sirve contar

Cinco mujeres que narraron en primera persona cómo atravesaron procesos de enfermedad desde distintos roles relatan el impacto de sus historias en sí mismas y en los demás.

10 de abril de 2017 a las 12:03 a. m.
Analía Reineri | Especial
Por qué sirve contar
Compartir. Verónica Fernández Vila, Chicha Osorio, Cristina Loza, Valeria Rinaldi y Silvia Graciela Martínez. (la voz)

No somos originales ni en el dolor, dice, palabras más, palabras menos, la escritora Cristina Loza. La frase tiene un sentido positivo: contar lo que nos pasa y el modo en que lo atravesamos puede servir a otros que se identifican con las diversas situaciones.

En eso coinciden, a un lustro del primer Así lo vivo, cinco de sus protagonistas, quienes aseguran que las historias se enlazan y que, cuando se comparten, se convierten en historias solidarias. Todas las narraciones fueron hechas con la misma convicción: si ayuda, vale la pena ser contado.

Cada una de las experiencias publicadas modificó de alguna manera a sus protagonistas, a su entorno, a sus lectores.

Verónica Fernández Vila es locutora y durante más de diez años tuvo ataques de pánico. En octubre del año pasado contó en esta sección que la terapia y un diagnóstico rápido fueron la ayuda para enfrentarlos. “¿Por qué lo hice público? No creo que haya sido una cuestión de valentía como me dijeron algunas personas, tampoco porque haya sido liberador (mis amigos ya estaban al tanto), sino porque sentía que podía ayudar a otros. Un teléfono, el nombre de un médico, sentirse identificado, todo es útil. Más aún, en esta patología cuyos síntomas no son específicos y que hace que mucha gente peregrine sin saber qué hacer o a dónde ir”, explica.

“No dudé un segundo aunque algunas personas me hayan dicho que se trataba de algo privado. Sin embargo, para mí es muy importante que la gente sepa que, aun en tratamiento, nunca dejé de trabajar”.

Chicha Osorio –exmodelo y empresaria– recuerda que decidió que contaría todas las veces que fueran necesarias cómo atravesó un cáncer de mama con metástasis en ganglios hace 27 años.

En septiembre de 2012 su historia se plasmó en un Así lo vivo, un año antes había sido nombrada madrina de la Fundación Oncológica Córdoba.

Hoy, hace hincapié en la necesidad de realizarse todos los estudios de detección precoz y cuenta: “Cuando tuve cáncer de mama estaba en ‘el tapete’. Quise que mi experiencia se difundiera para que le sirva a quien estuviera atravesando esa enfermedad. Aún más que ahora, hace 27 años la palabra cáncer asustaba mucho. Yo ya había dejado de desfilar, pero recuerdo que cada vez que me hacían una nota periodística me preguntaban en voz baja “¿querés contar sobre tu enfermedad?”. Opté por hablar con naturalidad desde el principio”, relata.

Con tratamiento –que acompañó con una actitud positiva– “tuve la fortuna de salir bien. Si el testimonio sirve para transitar el proceso de curación, vale la pena”.

Hasta se permitió dar paso al humor. “Por efecto de la quimioterapia me había rapado y usaba peluca. En época de calor, les decía a mis alumnas: ya vuelvo, me voy a lavar la cabeza. No hace mucho, una de ellas vino a verme porque había transitado algo parecido y me agradeció el humor que mostré en ese momento”. Agrega que volvería a contar todo pese a que más de una vez le han dicho “¡basta chicha! que no te encasillen como la mujer que tuvo cáncer”.

“Mi historia se publicó en octubre de 2014. La nota se ilustró con una foto que me tomó Pablo Camperi en la que yo estaba con el torso desnudo. Fue impactante verme”, cuenta Valeria Rinaldi, fotógrafa, quien detectó, a través de un autoexamen un tumor en su mama derecha a los 34 años por lo que le practicaron una mastectomía completa.

“Creí que era una puñalada a mi femineidad, pero cuando vi la foto pensé que no, que quería aceptar mi nuevo cuerpo. ‘Soy más que una teta, no necesito un implante’, me dije”.

Pero la historia no sólo fue clave en la aceptación para Valeria, después de difundir su experiencia, la contactaron mujeres que pasaban por lo mismo y padres de chicas que tenían cáncer de mama y que “querían saber cómo se sentirían sus hijas”, dice.

“Fue una experiencia muy linda. Tomé muchos cafés para compartir lo que transitaba con gente que conocí a partir de la nota. Sentí que pude ayudar a muchos. También se acercaron personas que, sin estar enfermas, me decían: “la verdad, escuchando tu historia valoro mejor mi vida”.

Dejar de silenciar

Silvia Graciela Martínez es presidente de la sede Córdoba de la Asociación de Lucha contra el Mal de Alzheimer (Alma), en septiembre de 2014 contó su experiencia como cuidadora de su madre a la que le diagnosticaron mal de Alzheimer en 2001 y quien falleció 22 meses después.

“El alzheimer es una enfermedad de la que muchos no quieren ni hablar. Asusta, pero no es contagioso y hablar aporta, permite y enseña que se puede trabajar en redes. Las familias deben organizarse porque es una patología que afecta al entorno. Contar mi experiencia como cuidadora principal sirvió para que otras familias sepan que es posible”, explica Silvia. “Hay que poner una gran dosis de amor y paciencia para que no se perturben las relaciones. Pero para ello es importante saber”.

La presidente de Alma conoce más que nadie la importancia de comunicar. Desde 2002, su teléfono particular es la línea solidaria de la asociación y participa en actividades relacionadas con la enfermedad. Lleva años en la tarea de escuchar, contener e informar. “Solos no podemos sobrellevar todas las situaciones, lo mejor es hacer una gran cadena”.

“En cada una de las historias, todos somos todos”, señala la escritora Cristina Loza quien perdió a su marido a causa de un cáncer de boca.

En mayo de 2012, describió ese duelo en esta sección como anticipo de su novela “Mariposas griegas”, un libro en el que narra el acompañamiento de la persona amada.

“Creo que si cada testimonio muestra una ventanita, vale. No nos salvamos solos. Las palabras sirven para que las personas no se sientan solas en su dolor, que siempre parece tan propio”, dice.

“Es importante que el médico sepa qué siente el que está en la cama pero también, quienes cuidan y tienen que tomar decisiones. Todos padecemos cansancio, enojo o culpa en algún momento”, destaca la escritora y enfatiza la relevancia de compartir herramientas para pasar esos procesos.

Cristina Loza, además, lleva adelante el taller de escritura El club de la cicatriz, una excusa para encontrarse y procesar el dolor a través de la palabra. “Creo que no hay que perder el sentido del humor, supongo que se puede ser feliz dentro de lo que está pasando. No hay que entregarle todas las horas a la enfermedad”, recomienda.