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Leonardo Guevara: No le quité pasión al trabajo

A causa del estrés, sufrió una parálisis facial en 2015. Adoptó una estrategia: no tomarlo como afronta todo, sino encararlo con paciencia. Y hoy dice con frecuencia “relax”.

12 de diciembre de 2016 a las 12:20 a. m.
Leonardo Guevara: No le quité pasión al trabajo
LEO GUEVARA. Lo que más le gusta. El tiempo que está en el estudio es un descanso para lo que disfruta intensamente: la calle (La Voz / Raimundo Viñuelas).

No recuerdo exactamente qué día fue, pero sucedió a comienzos de agosto de 2015. Sufrí una parálisis que afectó el lado derecho de mi cara. De repente, al aire, no pude pronunciar las letras P ni F.

Fue a las 5.30 de la mañana, mientras hacíamos Aire de noticias, el programa que va de 5 a 6 por radio Mitre Córdoba. Mis compañeros se asustaron mucho, ocurrió muy rápido.

Había comenzado la rutina de manera habitual, pero en la mitad del programa empecé a sentirme raro, como si tuviera la cara anestesiada, con frío. De repente, sentí la boca ‘resbalosa’ y me di cuenta que no podía pronunciar bien y que el ojo derecho comenzó a lagrimear muchísimo.

Con esa sensación, dejé el programa y fui al baño. Conseguí por recomendación de mis compañeros el nombre de un neurólogo y, en minutos que parecieron siglos, estaba en mi casa.

Al mediodía debía ver al médico Federico Buonanotte en el Sanatorio Allende. En ese “mientras tanto” me acosté y pensé: “Bueno, me relajo”. Para cuando desperté, después de una hora y media, la cara estaba desfigurada, sin movilidad. La mitad –cejas, párpado, nariz y boca– se había “caído”. El ojo derecho permanecía abierto, el lagrimeo era constante. Yo estaba bañado en saliva.

Siempre fui una persona muy negativa, pero ese día, frente a esa situación, no me porté como el tipo que he sido durante 35 años, sino me hubiera desesperado. La verdad es que lo tomé con calma. Sólo pensé: “Estoy desfigurado, ¿qué me pasó?”. Obviamente, sentí angustia cuando quise tomar agua y no pude.

Ya en el sanatorio, el médico me enumeró tres posibles causas de lo que había sucedido: un principio de accidente cerebrovascular (ACV), una parálisis facial por algún virus o una parálisis facial por un pico de estrés. ¿La verdad? Me dio miedo pensar que pudo ser un ACV. Después de los chequeos, resultó que fue una parálisis por estrés. Recuerdo que me dieron medicamentos para relajar los músculos y que el médico dijo: “La solución está en tu cabeza”.

Mi cabeza estalló y el cuerpo me lo hizo saber.

Ese fue un año difícil en el ámbito personal. Días antes, había pasado por una situación complicada, de esas que generan mucha bronca que hay que contener. Eso pudo influir. En los días previos, la única señal que tuve fue una picazón en el ojo que pudo ser un síntoma de lo que iba a pasar.

Sin espejos

Durante un mes, además de los controles médicos semanales y de las visitas al oftalmólogo (tenía que cubrir el ojo para que no se lastimara la córnea), fui a fisioterapia por la mañana y por la tarde cada día, con el objetivo de activar los músculos, pero sin cansarlos.

No me deprimí, fue rarísimo. Lo tomé como un mes y medio para mí.

El primer día de fisioterapia, encontré mucha gente que atravesaba lo mismo que yo. Chicos jóvenes. Algunos tuvieron un evento por la tensión que les generó un examen de la facultad. Me impresionó un hombre que contó que estaba en rehabilitación por segunda vez.

Y sí, si no hacés algo distinto, si no cambiás, es posible que algo así te vuelva a suceder.

Lo peor fue la incertidumbre, ya que la rehabilitación podía durar desde unos días hasta meses. Me dijeron que no me mirara al espejo ni sacara fotos, que no me desesperara con las nuevas sensaciones que podía tener. Seguí las recomendaciones, me cepillaba los dientes en la cocina y durante un mes tomaba agua con sorbete y comía alimentos molidos.

No quise salir ni recibir gente. No es que me diera vergüenza, sino que tomé ese periodo como un tiempo para recuperarme refugiado en mi casa. Lo hablé con familia y amigos. Tenía ganas de estar solo. Me desenchufé por completo: sólo veía películas y programas de chimentos. Nada de noticieros. Guardé la computadora y sólo dejaba un teléfono celular para dar señales de vida y tranquilizar a mis seres queridos.

Me sentía tranquilo, aun dándome cuenta de que habían transcurrido 30 días y no había mejorías. Hasta que en un momento, mientras almorzaba y veía tele, pude masticar y tomar agua.

Me contuve de ir urgente al espejo. Me dieron ganas de llorar. Esa tarde fui a fisioterapia y corroboré que se estaban activando los músculos. Unas 48 horas después, mi cara era la de siempre.

Seguí durante 15 días más la rehabilitación y ya quise volver a trabajar. En la empresa me propusieron hacerlo progresivamente o en una jornada menos extensa. Pero con el consentimiento del médico, decidí que quería seguir igual. Me gusta lo que hago. La hora en el piso es como un recreo de lo que más me apasiona: la calle.

Me siento muy orgulloso porque pude salir y todo el tiempo estuve muy positivo. Hasta un año antes de la parálisis, había hecho psicoterapia aproximadamente cuatro años. Creo que eso me ayudó a transitar el momento con calma.

Fundamentalmente, cambié mucho mi carácter. Antes me hacía problema por todo, todo me alteraba, ya no.

Ahora me alimento de modo más sano, incorporé frutas y verduras, tomo agua. Salgo a correr tres veces por semana alrededor de dos horas cada día. No le quité pasión al trabajo, me encanta. Cuando volví a la radio fue muy emocionante decir, después de un mes y medio: “Hola Eduardo, ¿cómo te va? Buen día”.

Mi frase de cabecera se la robé a un amigo. Ante todas las situaciones digo: “Relax. Ya se va a solucionar. Relax”.

Colaboró en esta nota

Analía Reineri