Infecciones en el contexto de encierro
Todas las patologías que se presentan en la comunidad pueden ser constatadas en las personas privadas de libertad. No obstante, privar a una persona de su libertad no debería implicar exponerla a un riesgo mayor.
Todas las patologías que se presentan en la comunidad pueden ser constatadas en las personas privadas de libertad. No obstante, privar a una persona de su libertad no debería implicar exponerla a un riesgo mayor.Siempre se aplica el principio de prevención, pero las enfermedades infectotransmisibles presentan el mayor desafío, debido al impacto en la salud del individuo y de la sociedad, y a los costos económicos y sociales medidos en estigma y discriminación. Para analizar el proceso salud – enfermedad, con miras a prevenir, es bueno adoptar el modelo de la tríada medio ambiente, ser humano y agente causal (microorganismos). En encierro, cada elemento muestras características particulares que condicionan el aumento de la frecuencia o la gravedad de algunas enfermedades. El medio ambiente se caracteriza por hacinamiento, malas condiciones edilicias, sistemas de eliminación de excretas deficientes, ventilación e iluminación inadecuadas. Esto favorece la transmisión aerógena de patógenos, como el bacilo de Koch, influenza y otros virus.Si se integra el ambiente, y en el segundo componente, está la población carcelaria –heterogénea por edad, género, origen, desarrollo sociocultural y de educación, entre otros factores–; el personal de seguridad, el equipo de salud, las ONG, entidades religiosas y familia.El ser humano en contexto de encierro sufre el estrés propio de la privación de la libertad, cuyo impacto emocional y afectivo es expresado como depresión, negación, aislamiento, agresividad y actitud abandónica, entre otros. Todas estas consecuencias se relacionan directamente con la aparición de enfermedades y con su evolución que, en los casos de enfermedades crónicas como el sida y la tuberculosis, afectan la adherencia al tratamiento y a los controles clínicos, lo que favorece la aparición de complicaciones o cepas de microorganismos multirresistentes, con el riesgo de generar y expandir casos intramuros y en la comunidad. Los microorganismos encuentran en la cárcel un lugar óptimo para su máxima expresión patogénica, tanto para la población carcelaria sana como para la comunidad, a través de la familia y de los grupos que alternan períodos de libertad y reclusión, situación frecuente entre adolescentes judicializados. Los microorganismos, favorecidos por las condiciones descriptas, adoptan comportamientos especiales, como mayor virulencia o agresividad, aumento de la transmisibilidad y, por ende, mayor cantidad de casos y distintos perfiles de sensibilidad a los tratamientos.Es muy importante reconocer los rasgos distintivos que estos elementos presentan en el encierro para diseñar líneas de trabajo estratégicas para su modificación.En sistemas de salud maduros y desarrollados, la prevención ocupa un lugar central por los beneficios individuales y colectivos, subjetivos y materiales que reporta; pero es importante remarcar que, sobre todo, es un derecho anterior a la asistencia por enfermedad. Al mencionar "prevención" rápidamente nos referimos a enfermedades infectotransmisibles, especialmente VIH/sida y tuberculosis, pero no debemos olvidar obesidad, hipertensión arterial, síndrome metabólico, adicciones, depresión y suicidio, altamente prevalentes en prisión. El VIH y las ITS (infecciones de transmisión sexual) son una realidad en todos los establecimientos penitenciarios del mundo. Según datos aportados por el Programa Provincial de VIH/sida y ETS de Córdoba de septiembre, en las cárceles de nuestra provincia, 41 personas viven con VIH: 39 varones y 2 mujeres. La mayoría ingresó con diagnóstico; otros, conocieron esta condición a través de testeos en el lugar. Casi la totalidad reconoce haber tenido contactos sexuales sin protección tanto fuera como dentro de la institución. Todos tienen acceso a controles clínicos periódicos especializados, a determinaciones de laboratorio para el seguimiento específico y a los tratamientos de alta eficiencia. Lo llamativo es que, de las 41 personas bajo seguimiento, sólo 25 se encuentran bajo tratamiento por diversas razones; y además, de ellas, un 60 por ciento se encuentran en fallo virológico, es decir, que a pesar del tratamiento con drogas antirretrovirales, se constata presencia viral en sangre. Esto y una más elevada tasa de tuberculosis multirresistente intracárceles demuestra que no se trata sólo de prescribir el mejor esquema de antibióticos, antivirales o drogas tuberculostáticas, sino de acompañar el proceso supervisando la toma de los medicamentos generando un concepto sólido de adherencia y cuidados de sí mismo y los demás.Hay tres elementos concretos que considero esenciales para trabajar en prevención en la cárcel: preservativos de látex masculino, vacunas según calendario para adultos y la detección, tratamiento y aislamiento de personas con sospecha de tuberculosis. Pero igual de importante es educar para la salud apoyados por la acción de la escuela. Si el Estado no garantiza el acceso de a la asistencia interdisciplinaria, contemplando los aspectos biomédicos, psicosociales, culturales y ecológicos, los resultados (medidos en curaciones o remisiones, adherencia, productividad, sensación de salud) serán muy pobres. En prevención, la interdisciplina es un paso primario esencial. El recluso es y será siempre sujeto de derechos; el Estado debe garantizar la salud integral, pero la persona debe conocerlos, así como los canales para ejercerlos.
*Especialista en Infectología, efector del Estado, coordinador de la Comisión Técnica Asesora y miembro de la Comisión Sida y Cárcel del Programa Provincial de VIH/Sida.

