Amor que trasciende
La experiencia de publicar un libro que escribió su esposa lo ayudó a sobrellevar la enfermedad de ella, Marie, quien le dejó “la vara bien alta” para afrontar el resto de la vida.
“Marie: si la primera droga de la quimio dejó de hacer efecto, esta, que es el plan B, debe tener muchas menos chances de funcionar. Te está haciendo percha, y muy probablemente al pedo. ¿Te parece, seguir sufriendo así? ¿No preferís largar y listo?”.
–“No, Sebas. Mientras haya alguna posibilidad, aunque sea una en un millón, seguimos adelante. No me voy a rendir”.
Nunca conté este diálogo. Y siempre quise. Porque alguna gente, entre quienes la leían en Twitter (donde se viralizó y terminó saltando a la fama) o siguieron su caso en los medios, no lo entendió. Aceptación y resignación son dos cosas muy distintas. Marie no estaba entregada. Quería vivir. Quería vivir a toda costa, con tal de verlo crecer siquiera un año, un mes, una semana más a nuestro hijo de 3 años (por entonces), a Nippur.
Con la misma convicción con que estaba dispuesta a soportar lo que fuera que pudiera servir de algo, supo también aceptar lo inevitable, cuando pocos días después la tuve que internar y supimos que no era la nueva quimio la que le estaba haciendo tan mal, sino el tumor; que avanzaba, inexorable, y su cuadro era ya terminal.
Lo anunció con esa serenidad tan suya, que algunos tomaron por indolencia (“¿cómo podés resignarte así, teniendo un hijo tan chiquito?”). Le criticaban no intentarlo todo, dietas milagrosas (¡ya no podía ni comer!), inyectarse agua de Querétaro, crotoxina, qué sé yo.
Pero no, lo suyo no fue indolencia. Ni heroísmo, ni iluminación. Fue, apenas, sensatez. Una decisión práctica. Aferrarse a la vida, con firmeza, sí; con desesperación, no. La desesperación, irracional corre el foco de lo que importa. Te hace malgastar la energía.
En vez de desperdiciar tiempo buscando lo imposible, dedicó cada minuto a vivirlo con intensidad. A estar con el nene. A jugar. A pasear. Las veces que fuimos a la plaza. La vez que pudo caminar unas cuadras hasta nuestra heladería favorita. La vez que fue hasta el jardín a cantarle el feliz cumpleaños. La vez, ¡primera y única!, que fuimos los tres al cine. Cada una de esas pequeñeces, hasta hacía tan poquito rutinarias, se volvieron travesías gloriosas. Epopeyas.
Si no hubo drama en nuestra tragedia no fue por “superados”, sino porque sencillamente no tuvimos tiempo para eso. La vida se había vuelto un delirio, una carrera contrarreloj tras los turnos, los estudios, las recetas, las placas, las tomografías, las transfusiones, los mil etcéteras. Y los dolores, y los vómitos, y la limpieza, y la comida, y la guita, y el jardín del nene a una enormidad de 15 cuadras, y el calor, y todo. Un estado de crisis permanente, que apenas aflojaba un poco y daba respiro era una bendición, maravilla, a aprovechar, a disfrutarlo con todo, no porque Marie se va a morir, sino porque estamos los tres juntos, y nunca nos sentimos tan vivos. Cada rato de paz es un regalo, ¡a festejarlo! Abramos las ventanas, que vengan los amigos, poné música, descorchemos un mate, ¡alegría! Ya lloraremos.
Asumir la derrota te otorga una victoria. La guerra estaba perdida de antemano. Lo entendimos así, desde el principio, y ese entendimiento nos permitió ganar diez mil pequeñas batallas previas.
Eso mismo es El cuaderno de Nippur. Es una batalla ganada a la puta muerte. No obstante lo tristes que fueron las circunstancias que lo provocaron, es un libro feliz. Simplemente porque la autora se sentía feliz al volcarlo al papel. Es auténtico, y se nota. Para ella, escribirlo no fue una desgracia, fue una oportunidad dorada: la de no irse así nomás, sin dejar nada, en silencio. La oportunidad de poner en palabras y dibujos su amor infinito punto rojo por Nippur, para siempre.
Lo del libro es fruto de la plena aceptación. Apenas supe que iba a morir, se lo dije. Y, apenas lo supo ella, se puso manos a la obra. No perdió un instante. Esa misma noche vino el cuaderno que eligió, volando en un taxi. Y le cerró la tapa, recién terminado, siete meses después, a horas de morir.
Entonces, ahí sí, tuvimos tiempo de llorar.
Y ahora volví a nuestra querida Córdoba, donde tantas veces vinimos de vacaciones, de novios, ¡en otro siglo! Esta vez con Nippur. Y es Marie la que nos trae, porque a hablar de ella (en el TEDx) es que me convocaron, y sigue presente, por todos lados, está en cada llanto y carcajada que se suceden –como siempre– cada vez que cuento su historia. Está en cada abrazo que nos dan. Así hace Marie para jamás irse del todo, y no dejarnos solos. Porque, como dice ella misma en el Cuaderno:
“Nada dura para siempre. Ni el helado. Ni las películas. Ni lo feo. Ni lo lindo. Ni las hojas de los árboles. Ni mamá. Pero yo voy a estar en tu corazón. Hasta que vos tampoco dures para siempre, pero estés en otros corazones, y así nada muere nunca, algo sigue siempre”.
(*)Sebastián Corona tiene 48 años, es padre de Nippur (5). Su esposa, María Marie Vázquez, falleció hace año y medio (a los 43) a causa de un cáncer de ovario. En sus últimos siete meses de vida, escribió El cuaderno de Nippur, dedicado a su hijo. Fue publicado por editorial Planeta y, con cuatro ediciones, es best seller. Corona disertó en TEDx Córdoba.
Colaboró en esta nota
Rosana Guerra

