Actividad recreativa, libre, no terapéutica
Hace casi 50 años, un joven médico que realizaba sus prácticas de Pediatría advirtió que los pequeños pacientes internados en el Hospital de Niños pasaban muchas horas solos.
Hace casi 50 años, un joven médico que realizaba sus prácticas de Pediatría advirtió que los pequeños pacientes internados en el Hospital de Niños pasaban muchas horas solos. Era la época en que los padres no podían estar con sus hijos sino en los breves espacios de visita, y Romis Raiden insistió en que era necesario dar momentos de alegría a esos chicos.
Hoy, el establecimiento ubicado en la Bajada Pucará tiene un cuerpo de 80 voluntarios –el lunes ingresan 50 más luego de un cursillo que se realiza cada dos años– con una meta clara: lograr la recreación de los niños. “El juego es absolutamente libre, no es juego terapéutico”, aclara Nina Menichetti, presidente del cuerpo de voluntarios que hoy lleva el nombre del médico creador de la iniciativa. “El voluntario viene a jugar con el niño, hacer que el niño se exprese, y allí es donde nace ese vínculo lúdico. Lo que hemos logrado es maravilloso. Hay chicos que vienen acá, que no tienen ganas de hacer nada, y al rato los ves jugando y corriendo como si no estuvieran enfermos. Se olvidan del dolor”, añade.
Miriam Picatto, vicepresidenta del cuerpo de voluntarios, asegura que la sala de juego genera “efectos mágicos”, tanto en niños como en adultos.
Entre las consignas está la de no preguntar qué enfermedad tiene el niño, aunque muchas veces se enteran, ya sea porque un pariente les cuenta o porque el propio paciente regresa con gratitud tras la recuperación, inclusive años después. Como la abuela que llegó en silla de ruedas recordando su paso por el viejo Hospital (frente a la terminal), cuando afectada por la polio debía pasar horas en una máquina que sólo dejaba libre su cabeza y por la noche recibía el beso en la frente del doctor Raiden.

