La lucha de Rosalía para salvar a su hijo
La mujer hizo pública la adicción que sufre el segundo de sus seis hijos. Ella es empleada doméstica y cuenta las dificultades para encontrar un centro de rehabilitación. Pero consiguió que lo internaran y la esperanza de recuperación está en marcha.
Santa Rosa de Calamuchita. Rosalía Peralta decidió levantar la cabeza y hacer visible una situación que muchas familias padecen, pero prefieren ocultar. Con 36 años, le puso el cuerpo a la adicción que sufre el segundo de sus seis hijos, de 19. Desde hace tiempo, la drogadicción y la problemática social que genera no preocupa sólo en ciudades grandes. En cada pueblo ya está instalada.En su muy modesta casa de Santa Rosa de Calamuchita, Rosalía cuenta su experiencia. Que puede ser una de tantas, pero ayuda a visibilizar el trauma que el paso de los narcos deja. En localidades donde todos se conocen, asumir la situación de forma pública no es fácil y requiere una cuota más de valentía."Llevame al hospital que me muero, mami", eso escuchó Rosalía una madrugada, cuando al muchacho lo dejaron en su casa, con un cuadro de sobredosis. Tocó fondo y clamó por ayuda. La mujer entendió que el único camino era internarlo en un sitio que le permitiera la chance de salir del infierno en el que estaba inmerso. Tal como lo acompañó desde niño cada sábado a jugar al fútbol, o a probarse en Belgrano, Instituto o Unión, también lo llevaría a su partido más importante.Su caso se hizo conocido a través de una campaña solidaria reciente que Rosalía impulsó para reunir donaciones, en Santa Rosa, para el centro de rehabilitación de San Juan donde su hijo se recupera desde hace más de cuatro meses. La campaña fue motorizada por todas las radios locales, lo que permitió que el tema se instalara en la agenda pública.
De eso sí se habla
Cada día, Rosalía recorre 40 minutos en bicicleta para ir a trabajar como empleada doméstica. Cuenta que su marido, albañil, la acompaña pero desde un perfil más bajo.
Hace un par de años empezó a observar que su segundo hijo mostraba cambios en su comportamiento. Por ejemplo, señales de agresividad. “Tenía llamadas de atención del colegio porque se golpeaba con los chicos, me decían que era la adolescencia, pero en realidad le pasaba otra cosa”, recordó.
Un mensaje de texto que leyó mientras le revisaba el celular, develó que consumía estupefacientes. El joven le reconoció ser adicto a la marihuana y consumir, a veces, cocaína.
Intentaron ayudarlo con control de su vida cotidiana: sin celular y sólo saliendo de casa al colegio y con un tratamiento ambulatorio en el hospital de Santa Rosa. Entre colegio, hospital y familia, intentaban cerrar el circuito de horarios para evitar que tuviera tiempo ocioso. Pero las escapadas y recaídas no tardaron en llegar.
“Ya no sabía qué hacer, llegué a pegarle, le hablaba, lloraba. El lloraba y me gritaba que no podía salir”, apuntó Rosalía. “Cada vez que llegaba a casa, gritaba, bailaba, no podíamos ni comer en paz”, acotó. Ese tipo de episodios ya se tornaba natural para el grupo familiar.
“Si no lo sacaba, terminaría muriendo”, pensó la mujer. La adicción lo alejó del colegio y del fútbol, su gran amor.
“Así me voy a morir, intername”, clamó el muchacho un día. Rosalía comenzó a averiguar. En el interior, los centros de rehabilitación son escasos. Sólo hay algunos, insuficientes, en pocas ciudades. Y para una familia sin recursos la lista se acorta mucho más.
Cada día, iba a un
cyber
a buscar por Internet, pero sólo encontraba opciones tarifadas, de 8 o 12 mil pesos mensuales, o tratamientos ambulatorios que requerían viajes cotidianos y también costosos a la ciudad de Córdoba.
En Santa Rosa funciona el centro Renacidos, pero con un arancel que la familia no podía afrontar. Además, le recomendaron un lugar más alejado, para aislarlo de las “influencias tóxicas”.
En esta búsqueda localizó la granja de internación gratuita Remar, con varias filiales en el país, y que pertenece a una iglesia evangélica. El pibe encontró su lugar en la granja de San Juan.
Madrugada de angustia
“Llevame al hospital que me muero, mami”, eso escuchó Rosalía una madrugada, cuando a su hijo de 19 años lo dejaron en su casa, con un cuadro de sobredosis. Tocó fondo y clamó por ayuda.

