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Una semana después de la furia

El miedo todavía recorre las calles de Córdoba y los comerciantes temen nuevos saqueos antes de la Navidad. Desafío extra: reaprender a convivir con los asaltantes. Los videos de una noche de locura. El dueño de un negocio que se camufló de saqueador.

11 de diciembre de 2013 a las 03:11 p. m.
Una semana después de la furia
Incómoda. La encargada de un local de repuestos para motos no quiere ver el video del saqueo para no encontrarse a sus clientes (La Voz/Ramiro Pereyra).

¿Qué hiciste la noche de los asaltos, de los saqueos, la noche en que Córdoba se dio vuelta como un bote y los que siempre miraban de afuera terminaron del otro lado de la vidriera, vestidos con la ropa de los maniquíes, agitando televisores sobre las cabezas, arrastrando heladeras por las avenidas, robándose las promesas de los escaparates, la ciudad ajena, a bordo de miles de motitos que aceleraron de regreso hacia sus barrios sin luces? ¿Qué hiciste ese martes a la medianoche, ese miércoles mientras los balazos y las sirenas y las alarmas y los gritos consumían los últimos restos de la madrugada? ¿Tuviste miedo? ¿Rezaste? ¿Robaste? ¿Buscaste explicaciones a la explosión sin consignas, sin reclamos? Nuestros nietos, o los robots que los reemplacen, o las consolas que les muestren los que fueron sus antecesores verán que los cordobeses de diciembre de 2013 eran seres en blanco y negro, descoloridos, granulados, con ojos leds de blanco brillante, que corrían, destruían y saltaban mostradores frente a las cámaras de seguridad de las ferreterías, los supermercados, las colchonerías.

Fotos y videos: a una semana de la locura Yo saqueador A una semana de la noche de los asaltos, los videos continúan arrojando imágenes perturbadoras. Los que aparecen rompiéndolo todo son los mismos vecinos de cada día, los mismos clientes que hace años entran, saludan con un buenos días, ofrecen cambio en monedas, dicen qué calor que hace, vio lo que dijeron en la radio. "Yo no quiero ver los videos. Los empleados me contaron. Los ladrones son nuestros clientes", dice la encargada de Star Moto, uno de los locales asaltados en Donato Álvarez, la avenida del noroeste capitalino donde reventaron medio centenar de comercios.A pocos metros, en el corralón San Miguel, su dueño, Ramiro Sufé, tuvo que camuflarse como saqueador. Cuando llegó después de la medianoche una multitud arrasaba todo: hormigoneras, cocinas, pinturas, generadores de 20 mil pesos cada uno, todo se iba hacia la calle. Observó cómo las dos plantas del edificio comenzaban a vaciarse. Dos millones de pesos en mercadería. Caminó entre encapuchados, niños, madres con carritos de bebé. Consiguió rescatar el CPU de la computadora y quitarle una garrafa a un desaforado que quería hacerla explotar y quemar el negocio. Los videos de las 14 cámaras de seguridad del corralón erizan la piel. No es lo que se espera ver en un asalto masivo. En uno, se ve un grupo numeroso de personas desplazándose por el salón principal. Caminan muy lentos, sin apuro, es un paseo. Unas chicas eligen unas pinturas, luego las cambian por otras y siguen viendo. Es un centro de compras. Los niños recogen lo que encuentran a su altura. Un asaltante salta sobre el mostrador y desde allí arenga a los demás. En otro video se ve al propio Ramiro entrando a la sala de las computadoras. Dos saqueadores, con capucha, destrozan lo que encuentran. "Como entré a cara descubierta, uno me dijo, confundiéndome con un saqueador: 'Tapate que ahí está la cámara'. Luego le pegó un manotazo a la cámara y la dejó apuntando hacia la pared". Mamita En la esquina con Piedra Labrada, el local de electrodomésticos Ribeiro fue asaltado con esmero desde la medianoche. A las 11 de la mañana lo quemaron. Una brigada de obreros desarma el techo de vigas de hierro, retira las chapas arqueadas por el fuego y se prepara para voltear una pared de bloques de cemento deformada por el calor. Adentro, el gigantesco local es un viaje al interior de un horno de cocina. Los aires acondicionados y el cablerío, derretidos. El cielo raso es una hoja de papel combada y con pequeños orificios por donde la luz ingresa como balazos. "Mi cuñada vive casi frente del Ribeiro", cuenta Jesica, la dueña del quiosco ubicado al lado de la heladería Grido, en la misma esquina. "Se despertó por el griterío y encontró en la vereda una montaña de lavarropas, televisores, muebles y computadoras. '¿Qué querés que te traiga, mamita?', le preguntó una de las mujeres que estaban saqueando. 'Si me cuidás todo esto, te busco lo que quieras'".Uno de los obreros que trabaja en la reconstrucción del local de electrodomésticos cuenta que esa noche vieron una camioneta Ford Ecosport roja que hizo tres viajes, llena de mercadería. "Había madres que dejaban a sus nenes de 10 años, en la vereda, cuidando lo que ellas robaban, y volvían por más". Esta zona todavía no encontró paz luego de los saqueos.Cada noche se repiten los tiroteos, los vuelos del helicóptero policial. "Algunos se siguen reclamando parte de los saqueos, que guardaron en casas comunes que luego no les devolvieron todo lo que habían dejado", explica una policía de guardia en la esquina.A pocos metros, Lorena está parada en lo que quedó de su peluquería, que lleva su nombre. Le robaron y rompieron todo, hasta el cartel. Agachado, su padre pinta de blanco una pared. "Tenía que ver esto para saber lo negro que hay en el corazón humano. ¿Sabés cuánto sale una tijera de corte? ¡Mil quinientos pesos! Y me las robaron todas". Lorena cuenta que pasaron dos muchachos en moto y les gritaron que se apuren con los arreglos, que quieren venir a que les corte el cabello. "Son los que nos saquearon, se nos burlan. Y seguramente voy a cortarles a varios de ellos, porque es toda gente de la zona. Sé que mi sillón lo tiene un vecino de acá a la vuelta".–Ella trataba a los clientes demasiado bien. Les daba mate y Pritty, dice el padre.–A mí me enseñaron así, a ser buena con los demás.–Al que le das de comer, tarde o temprano te caga.–Pero, papá...–Acá hace falta el servicio militar otra vez. Ahora los muchachos salen de la secundaria ¡y no saben la tabla!–A nuestros políticos les conviene que la gente sea ignorante.–Esos ignorantes ya son abuelos. A los 20 las mujeres tienen cuatro, cinco chicos.–Le decía a mi papá que a los que hay que meter preso es a los dirigentes, no a estos chicos.–A los vagos también hay que meterlos presos, Lorena. ¡Y que trabajen!–Esto fue un estallido social, papá, no vandalismo.–Ni en el Cordobazo vi esto. Ahora está lleno de chinos que nos quitan el trabajo.–Yo estaba al día con mis impuestos, pagaba todo...–A estos lo único que les interesa es el celular nuevo, la zapatilla último modelo.–La Policía nos entregó, abandonó al pueblo.–Gracias a pobres laburantes como mi hija, ahora festejan los policías. Baile El olor a pólvora no se ha ido de las calles. Hace apenas siete días, miles de personas vieron la oportunidad para ejercitar su deseo de ser ladrones. Otros cientos optaron por jugar al sheriff y sacar a la calle su armamento de caza. El deseo liberado de otros fue ser justicieros, repartir golpes, diferenciarse con barricadas que marcaran el territorio geográfico y social. En calle San Jerónimo, una de las más castigadas por los asaltos, los comerciantes siguen reconstruyendo sus locales. Miles de pesos en persianas metálicas y motores, en paños de vidrios, cerraduras, maniquíes. Nadie quiere créditos del Estado, al que consideran responsable de lo sucedido. Varios intentaron suspender el baile que la Mona Jiménez dio en el Sargento Cabral, apenas dos días después de los asaltos. "Yo estaba acá, arreglando, emocionado con los clientes que venían y nos compraban cualquier cosa que nos quedara para ayudarnos, y veía pasar muchachos al baile con la ropa que nos robaron", cuenta el dueño del local Pato P. "Es de una marca que sólo nosotros movemos, así que era ropa nuestra. ¡Nosotros sufriendo acá por lo que nos hicieron y esas lauchas yendo al baile!". "La Policía nos decía que les apuntemos al pecho y disparemos", recuerda un muchacho veinteañero, dueño de una casa de venta de ropa de la misma calle, que llegó a reunir ocho amigos armados para defender el local. "No le tiramos a nadie. Pero hoy, si volvieran, sería una masacre". Los que se asoman al pozo, a veces se caen en él.