Un salón, tres balcones y un mensaje de furia
Buscó dejar la impresión de que el control de la economía está en manos ajenas y dejó la impresión de que el control de la economía está en manos ajenas.
La Presidenta dice que no está enojada. No parece. El discurso errático que había ensayado en las Naciones Unidas se transformó ayer en una descarga iracunda. Había denunciado en Nueva York una amenaza del terrorismo islamista en su contra. Dijo que era por su amistad con el Papa. Ayer cambió de opinión. Advirtió que "si le pasa algo", hay que mirar a Estados Unidos.Comenzó su discurso anunciando una secretaría de Estado para atender a las villas miseria. Pero minutos después aclaró que la economía no tiene inconvenientes. Nada que sea atribuible al Gobierno. Sólo "algunos problemas" generados por una supuesta conspiración externa y financistas especuladores que impulsan un "golpe de mercado" y buscan "voltear al Gobierno".Caminó de balcón en balcón, hablando a sus seguidores en los patios internos de la Casa Rosada. Les pegó a los opositores que hablan del futuro, a los sojeros que se sientan arriba de los granos, a los bancos que hacen subir al dólar, a las automotrices que ocultan los autos, a los jueces que actúan como dinosaurios, a los sindicatos cooptados por los fondos buitre, a los medios de comunicación que sólo difunden basura.Comenzó a negar explícitamente una nueva devaluación. Admitió que la suba del dólar está licuando los aumentos de paritarias. Para evitarlo, indicó que se tomarán medidas para limitar la operatoria de "contado con liqui". No informó ninguna medida adicional. Pidió tener mucha, pero mucha fe.Buscó dejar la impresión de que el control de la economía está en manos ajenas y dejó la impresión de que el control de la economía está en manos ajenas.
Reclamó a voz en cuello que los argentinos nos merecemos respeto como país.
El pedido –se presume– también la incluye.

