Fundación Mediterránea. Las tasas no van a bajar: por qué el bolsillo no tiene alivio a la vista

El gobierno de Milei apostó todo a enfriar la economía para domar la inflación. El costo es una arquitectura financiera que mantiene el crédito caro y la volatilidad como regla. Un informe del IERAL explica por qué ese torniquete no se va a aflojar pronto.

08 de marzo de 2026 a las 06:26 p. m.
Redacción La Voz
Las tasas no van a bajar: por qué el bolsillo no tiene alivio a la vista
Exposición de Luis Caputo, ministro de economía, en la Fundación Mediterránea.

Hay una pregunta que se hacen empresarios, ahorristas y deudores cada vez que ven los números del mercado financiero argentino: ¿cuándo van a bajar las tasas de interés? La respuesta corta, según un análisis reciente del IERAL, de la Fundación Mediterránea, elaborado por el economista Maximiliano Gutiérrez es que por ahora no hay margen.

La respuesta larga es más interesante, y para entenderla hay que comprender cómo funciona hoy la máquina monetaria del país.

Desde que asumió Javier Milei, el manejo del dinero en Argentina funciona con una tensión permanente en el tablero de mandos. El Banco Central, por un lado, emite pesos cuando compra dólares del mercado. En los primeros dos meses de 2026 compró 2.700 millones de dólares e inyectó el equivalente a casi 4 billones de pesos.

Por el otro lado, el Tesoro nacional sale a absorber esos pesos a través de licitaciones de deuda; es decir, vende bonos y retira dinero de circulación.

El resultado es paradójico pero calculado: el Banco Central expande y el Tesoro contrae. Ambos en simultáneo, como dos conductores que aceleran y frenan al mismo tiempo en el mismo vehículo. La base monetaria, que es la medida más básica del dinero disponible, terminó el primer bimestre del año con una contracción de 2 billones de pesos, pese a toda la emisión.

Eso, en términos simples, significa que hay menos plata dando vueltas de la que se emitió. Y cuando hay menos plata, el precio del dinero sube. Eso son las tasas de interés.

El termómetro que mira el mercado

Los operadores financieros siguen de cerca un indicador llamado "tasa de caución a un día", que es básicamente el costo de pedir dinero prestado por 24 horas. Ese número es el termómetro de la liquidez del sistema: cuando el Tesoro absorbe muchos pesos, la tasa de caución sube. Cuando el Banco Central inyecta comprando dólares, baja.

En febrero de 2026, esa tasa llegó al 42% anual. Cuatro días después estaba en el 22%. Esa oscilación brutal, de 20 puntos porcentuales en menos de una semana, resume el problema central que identifica el informe del IERAL. La volatilidad no es un accidente del sistema, sino una característica estructural del esquema vigente.

Esa inestabilidad tiene consecuencias concretas. Las empresas no pueden planificar, los bancos cobran más caro para cubrirse, el crédito se encarece o directamente desaparece, y quien necesita financiamiento, desde una Pyme hasta un consumidor, paga el costo de esa incertidumbre.

Para entender por qué las tasas no pueden caer fácilmente, el informe recurre a un concepto técnico que tiene una lógica sencilla detrás. Un inversor, sea grande o pequeño, solo va a poner su plata en pesos argentinos si eso le conviene más que ponerla en dólares. Y para que eso ocurra, la tasa en pesos tiene que ser suficientemente atractiva.

¿Cuánto es suficiente? La suma de tres factores: la tasa que paga Estados Unidos por su deuda, más la expectativa de cuánto se va a devaluar el peso, más el llamado riesgo país, que es la sobretasa que pagan los bonos argentinos por la desconfianza que genera el historial de default.

En las primeras semanas de marzo de 2026, esa suma rondaba el 28% anual. Si el Banco Central bajara las tasas por debajo de ese umbral sin que cambiaran esas otras variables, el incentivo de quedarse en pesos desaparecería y el dinero correría hacia el dólar, lo que comprometería todo el esquema de estabilización cambiaria que sostiene la estrategia del Gobierno.

El tercer problema: la inflación que no cede

A esa ecuación se suma que la inflación proyectada para el primer trimestre de 2026 se ubica entre el 2,5 y el 2,6% mensual. Eso implica que las tasas nominales no solo tienen que ser atractivas en términos cambiarios sino también tiene que haber una ganancia real después de descontarle la inflación.

A mediados de febrero, la tasa real llegó al 6% anual. Luego cayó al 1%. Ese nivel preocupó a los analistas porque sugiere que los rendimientos quedaron demasiado estrechos para el contexto. En la práctica, significa que el gobierno tiene poco margen hacia abajo antes de que la ecuación se rompa.

Lo que describe el IERAL no es solo una situación coyuntural sino una tensión de diseño. Desde que se eliminaron las LEFIs en julio de 2025, el sistema opera sin un instrumento de esterilización claro y predecible. El resultado es que cada licitación del Tesoro se convierte en un evento con impacto monetario, algo que en principio debería ser solo fiscal.

El informe es explícito al afirmar que esta configuración es disfuncional. La volatilidad extrema de las tasas cortas no solo encarece el crédito sino que obliga a todos los actores a acortar sus plazos de decisión. Nadie planifica a seis meses cuando la tasa puede moverse 20 puntos en cuatro días.

La conclusión del trabajo del IERAL es que, mientras no cambien las expectativas de depreciación, el riesgo país y la tasa internacional, no hay espacio para recortes adicionales. Y mientras la inflación no muestre una baja sostenida, tampoco. El torniquete seguirá apretado, porque aflojar sin condiciones equivale a soltar todo.