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Salen los amigos, ¿entra un equipo de gobierno?

Mestre tiene el desafío de integrar un nuevo gabinete que haga valer los 20 meses que le quedan en el poder. Y demostrar que puede conducir un equipo que sea más que un grupo de amigos.

27 de abril de 2014 a las 12:02 a. m.
Salen los amigos, ¿entra un equipo de gobierno?

Pese a que siempre hay interesados en ser elegidos intendente de la segunda ciudad del país –también en volver a serlo– y a que se trata de una evidencia que todo candidato prefiere ignorar, esta verdad ya debería ser ley: son enormes las posibilidades de fracasar en la Municipalidad de Córdoba. Mucho mayores que las de hacer una gestión al menos respetable.

Hace años que dejó de ser el paso previo a la Gobernación. Ser intendente es, antes que nada, conducir una organización de casi 11 mil personas que perdió casi todas sus capacidades operativas y que al mismo tiempo consume en sí misma más del 60 por ciento del presupuesto que debería alcanzar para todo lo que esperan los vecinos.

Esa organización, además, es una verdadera licuadora de poder político. Hay evidencia: desde ya 15 años, ningún intendente dejó una ciudad mejor que la que encontró en términos de situación financiera, infraestructura, servicios, políticas sociales o sustentabilidad. Ninguno, tampoco, logró un cargo político más importante.

El intendente Ramón Mestre lo debe haber terminado de aceptar el viernes pasado: el altísimo grado de dificultad que supone gobernar Córdoba no es apto para un equipo donde ser “amigo de Ramón” es la principal virtud, ni para una conducción más ocupada en internas y futuras batallas políticas que en la gestión pura y dura de arreglar calles, cambiar focos y destapar cloacas con pocos recursos y escasa colaboración.

En una ciudad cada vez más conflictiva y en un municipio siempre de asamblea y al borde de la ingobernabilidad, la tarea es directamente imposible si a las dificultades habituales se les agrega la sospecha de corrupción.

Es lo que viene sucediendo desde que detonó el escándalo CBI, y lo que terminó de estallar en las últimas dos semanas, con el regreso del programa ADN dedicado en exclusiva a las pequeñas, medianas y grandes falencias éticas –hasta ahora no hubo consecuencias judiciales– de la gestión Mestre.

Las teorías conspirativas son infinitas puertas adentro del radicalismo, y los cruces de facturas entre las “líneas internas” son más todavía.

Mestre pasó de la cerrada defensa de sus funcionarios y amigos a la prudente advertencia de que ningún imputado podría formar parte de su gabinete. El paso siguiente fue la defensa propia: su presencia y la del viceintendente Marcelo Cossar en el jet privado que salió de Córdoba directo a la fiesta de la empresa Ersa resultó indigerible en un contexto en que esa prestataria correntina avanza a velocidad de la luz sobre los principales servicios públicos municipales: la higiene urbana y el transporte público.

La semana pasada, las cosas pasaron a un escenario todavía más degradado de vinculaciones indebidas entre funcionarios y empresas concesionarias de servicios de limpieza o de nimiedades tales como el plastificado de carnés en un CPC.

Mestre entendió que no había lugar para una sospecha más y les pidió la renuncia a todos. La excepción de Alberto Giménez obedece a dos motivos principales: es el presidente del Comité Provincia de la UCR y era necesario que quedara un secretario en funciones, para asumir la firma de todos los demás en caso de emergencia.

El golpe de efecto ya fue dado, tanto hacia adentro del gabinete como hacia la opinión pública.

Pero lo concreto es que las gestiones sólo comienzan una vez. Lo trascendente ocurrirá mañana, cuando se devele el enigma del recambio.

Mestre no sólo tiene el desafío político de integrar un nuevo equipo que haga valer los 20 meses que le quedan en el Palacio 6 de Julio y acierte en los rubros básicos.

Tiene otro desafío más inmediato y más personal: demostrar que puede armar y conducir un equipo de gestión que sea más que un grupo de amigos. Que es capaz de priorizar las ideas y la capacidad de acción a la lealtad casi siempre acrítica y excluyente que garantiza la barra de amigos.

El radicalismo tiene un desafío igualmente riguroso: demostrar cuánto le queda de aquellos equipos técnicos de los que alardeó tanto tiempo, y que puede superar sus tradicionales internas para apuntalar la gestión de gobierno más relevante que ejerce a nivel nacional.