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Los juegos del miedo

El daño ya está hecho: vislumbramos que, pese a viajes espaciales, rascacielos, máquinas de Dios, celulares y clonaciones, en el fondo somos salvajes.

04 de diciembre de 2013 a las 06:37 p. m.
Redacción La Voz
Los juegos del miedo
(LaVoz).

La desolación de comprender que no nos matamos unos a otros sólo porque hay uniformes de por medio. La amargura de saber que no es ni la razón, ni el instinto y menos el amor al prójimo lo que permite la convivencia, sino el más básico miedo a la autoridad. La sensación de intranquilidad que nunca más se irá tras entender que todo puede desbordarse en una sola noche de descontrol. La impotencia y a la vez el consuelo de tener la palabra como única defensa.

¿Y ahora qué? ¿Cómo se vuelve a confiar en una sociedad y un sistema que entre el 3 y el 4 de diciembre de 2013 mostró toda su debilidad, su cara más sucia, su ira contenida, su mezquindad? Son jornadas como estas las que marcan a fuego la memoria social; son días de furia como estos los que desnudan nuestras falencias como sociedad.

¿Pero es justo juzgar a todos por culpa de algunos? En este caso sí, porque esos algunos tuvieron la fuerza de un malón y obligaron a una ciudad a encerrarse bajo llave; porque eran grupos de 10 a 20 personas los que forzaban las puertas, pero luego otros cientos aprovechaban el caos y el anonimato de masas para tratar de conseguir un colchón, un plasma, un cochecito o unas zapatillas nuevas.

Entre tantas acusaciones cruzadas, manos lavadas, anuncios a medias y explicaciones que nada explican, se hace necesaria una reflexión más profunda, más interna, más personal. ¿Cómo medimos el progreso social? ¿Qué tipo de endebles valores rigen nuestras vidas? ¿De qué sirve el último modelo de celular, el auto de lujo o la casa propia si todo puede desvanecerse en un acuartelamiento? ¿Por qué seguimos confundiendo los medios con los fines?

El anuncio tranquilizador llegó y las calles volvieron a ser patrulladas. Quienes no perdieron todo en medio de los saqueos y robos intentaban retomar los parámetros de normalidad. Pero el daño ya está hecho: vislumbramos que, pese a viajes espaciales, rascacielos, máquinas de Dios, celulares y clonaciones, en el fondo somos salvajes.