La grieta y la pelea por el centro alquímico
La idea de la grieta argentina ha sido utilizada para explicar tanto que ha perdido su potencia hasta aclarar muy poco.
Como todo concepto que la desidia intelectual ensancha más allá del límite, la idea de la grieta en la sociedad argentina ha sido utilizada para explicar tanto que ha perdido su potencia hasta aclarar muy poco.
Cuando busca profundidad sociológica, esa idea desemboca en un simplismo de clase que no da cuenta de la multiplicidad de fragmentaciones y conflictos que atraviesan a la vida social.
Cuando intenta anclar en antecedentes históricos, la grieta termina malversada en las mesas domingueras descifrando cualquier discusión en clave de los enfrentamientos de peronistas y gorilas, conservadores y radicales, el interior y el puerto, patriotas y realistas; y así sucesivamente, hasta el fin de los tiempos.
Ocurre que cuando un significante se convierte en algo tan elástico, deja de definir un significado.
Por el contrario, en el caso de la grieta tiende a confundir, al dar por sentados al menos dos presupuestos tácitos: que existe una vida social posible totalmente ajena al conflicto y que las sociedades democráticas pueden subsistir cuando intentan suplantar lo diverso por la unanimidad.
La campaña electoral para octubre viene contaminada con esa confusión. Con una variante: la grieta como simple constatación de las diferencias ha evolucionado hacia la polarización como estrategia para sacarles provecho.
Y desde allí, ha mutado hacia el discurso que sólo apela a la mágica superación de las confrontaciones, sin complicarse con las definiciones complejas que la política debe proveer para transformar las disidencias en consensos.
A esta última versión discursiva sobre el conflicto social han venido a proporcionarla dos actores cuya opinión se limita a dar por registrada la división. Luego enumeran ejemplos sobre el berenjenal de complicaciones que implica la grieta –en el clásico del domingo o la marcha del producto bruto, da igual– y por último se proponen a sí mismos como síntesis superadora. Por simple evolución genética.
Esos dos actores son Sergio Massa y Martín Lousteau, que están disputando el espacio del centro alquímico en el debate político argentino.
Massa acumuló, hace ya cuatro años, un capital simbólico único en la coalición que lideró Cristina Fernández.
Fue el primero que enfrentó en las urnas al kirchnerismo envalentonado por su triunfo de 2011, aquel que se propuso ir por todo.
Pero el primero –conviene acentuar los adverbios– sólo dentro del kirchnerismo.
Si durante el gobierno de Cristina primaba aquel primer aspecto disruptivo de la decisión de Massa, el fin de ciclo que inauguró el triunfo de Mauricio Macri dirigió la mirada al segundo aspecto. Y le pasa factura a cada rato por su participación en las resoluciones más controversiales que tomó desde la Jefatura de Gabinete.
Lousteau no rompió con el kirchnerismo con la misma intensidad política. Lo echaron cuando su propuesta técnica sobre las retenciones a las exportaciones del agro fracasó y el matrimonio Kirchner advirtió el error de haberse abrazado a un cálculo erróneo como si fuese el nudo gordiano de la dialéctica patria/oligarquía.
En consecuencia, quedó afuera del gobierno antes de los peores desastres. Y más enfrentado con Guillermo Moreno que con Cristina. Pero transformó su despido en una oportunidad política.
Cuando en 2015 polarizó frente a Horacio Rodríguez Larreta juntando todo el voto descontento con el macrismo de la Ciudad de Buenos Aires, comprobó la utilidad de darle cauce y dueño al voto kirchnerista en su fase recesiva, huérfano de candidaturas presentables.
Hoy todos quieren ser Emmanuel Macron.
Incluso Mauricio Macri, que sostiene que ya lo es.
Y Cristina, que niega terminantemente cualquier semejanza con Marine Le Pen.

