Fin de un enfrentamiento, inicio de un desafío
Mientras las columnas de humo comenzaban a disiparse y el miedo terminaba su noche de impúdico paseo, Córdoba acongojada se miraba ayer a sí misma intentando encontrar respuestas.
Mientras las columnas de humo comenzaban a disiparse y el miedo terminaba su noche de impúdico paseo, Córdoba acongojada se miraba ayer a sí misma intentando encontrar respuestas. Durante un día, permaneció sitiada por una legalidad ausente. Una sombra de impunidad y desprecio retuvo sometidos a millones de ciudadanos, impotentes ante la agresión, abandonados frente al delito.Las autoridades elegidas en la Provincia y la Nación para garantizar sus derechos aparecieron en un rancio reñidero.Cada provincia, nos dice la Constitución, se dictará sus normas bajo el sistema republicano, para asegurar la administración de justicia. Bajo esas condiciones, el Gobierno federal es garante del goce y ejercicio de las instituciones.Ni el gobierno de José Manuel de la Sota proveyó la seguridad ni el de Cristina Kirchner cumplió su garantía. Se imputaron mutuamente esa simétrica carencia.Desde que en una jornada, ya demasiado antigua, ambos amanecieron como desavenidos de un mismo sector político, los cordobeses han padecido el daño del desencuentro. La puja fue presentada como una suerte de guerra santa, heredera de tiempos inmemoriales, entre un nacionalismo obcecado y una no menos pertinaz autonomía.En el fuego de ese lucha, tributaron las representaciones políticas, los discursos de campaña, las deudas entrecruzadas, los litigios de alto rango, los escarceos presupuestarios. Desde ayer –acaso para peor–, esa pelea ha finalizado, para dejar paso a un desafío más grave. Instancia precluida Hasta el momento, un doble relatopodía sostenerse en paralelo. Córdoba excede a su gobernador, aunque él la administre como autoridad constituida. Pero podía sentirse representada en su demanda de legítimos intereses locales. Del mismo modo, la Nación jamás se ceñirá al nombre de Cristina. Sin embargo, algunos cordobeses podían interpretar sus controvertidas medidas contra la provincia en clave de algún beneficio más amplio y superador.Pero en este diciembre negro, la Presidenta y el gobernador estuvieron unidos en un trágico destino: el Estado que administran defeccionó en el umbral elemental que deslinda la civilización del salvajismo.Mal que les pese, su enfrentamiento discursivo ya no es lo más relevante. A cara desnuda frente al miedo, ha perdido valor significativo. Es una instancia precluida. En su lugar, ha quedado Córdoba ante el mayor de los riesgos de una sociedad democrática: el de despeñarse hasta el fango de la anomia.Gracias a De la Sota y Cristina. Y acaso ya sin ellos.¿En qué fatuo momento de sus aplaudidos liderazgos le dijeron ambos, a los cordobeses, que en el altar de su guerra santa llegaría el momento de entregar como ofrenda el insomnio aterrado de los hijos y los viejos?¿Cuándo les explicaron a la sociedad que conducen que debía proveerse de reservas anímicas para tamaño desasosiego? Sumidos en el laberinto de un encono, ¿calcularon ese riesgo alguna vez? Controversias El Gobierno provincial resumió en una carta de llamados sin contesto el recorrido tardío del pedido de auxilio de las fuerzas de seguridad federales. Solicitud que sólo planteó el gabinete cordobés cuando la ola de robos y saqueos era una marea indetenible. Pero el pedido de asistencia de gendarmes no es el curso esperable de las cosas en un régimen que proclama autonomía. Es más bien el punto ciego de un conflicto desbordado cuya prevención hubiese demandado una gestión eficiente. En la Casa Rosada, era ayer un secreto a voces que el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, pretendía acceder en la madrugada a ese pedido. Que hubiese querido viajar al frente de la delegación antitumultos para exhibir los nuevos vientos que enteoría soplan en los pasillos de Balcarce 50, desde el ingrato temporal de octubre. Y que un cordobés de Villa Nueva, Carlos Zannini, obturó el ruego de gendarmes, para que De la Sota sucumbiera en el caos de su noche más aciaga.La presidenta de la Nación tuvo, para el padecimiento de los cordobeses, algo menos que una decisión oportuna. Ni siquiera una tardía palabra de consuelo.La paz social, el más valioso de los activos comunitarios, quedó en quebranto, ahogada en la banalidad de tantas especulaciones indignas.El reñidero de estas internas fue esta vez demasiado lejos. No es el miedo, sino el respeto, el que construye legitimidad política. El rostro de un hijo indefenso no se olvida.

