Falacias y desmesuras en el después
Lo que intentaba en vano la euforia triunfalista del búnker del Gobierno nacional es ocultar lo que fue una doble derrota de Cristina Fernández.
Fue una postal patética. Un puñado de jóvenes alineados como un coro a punto de entonar un villancico, vistiendo camisetas amarillas con la inscripción “Macri 2015”. Adelante, el hombre que se candidateaba a la presidencia de la Nación pronunciando un discurso de campaña presidencial. Y a su lado, la verdadera triunfadora de esa noche, relegada a un segundo plano en la postal de la victoria, porque Mauricio Macri la usó como primer afiche de su propia campaña.
Por la dimensión de su triunfo y por el respeto que despierta en los otros partidos de la oposición, Gabriela Michetti no merecía que la pusieran a mirar al prematuro candidato presidencial, como si estuviera embelesada con el discurso que escuchaba. Pero así lo recomienda el manual de Jaime Durán Barba y ese triste rol le asignaron en el retrato de la victoria.
“El que tiene en la cabeza el 2015, no tiene nada en la cabeza”. Una frase redondita y marketinera que pronunció Sergio Massa, como un disparo certero contra el lanzamiento de Macri. Pero el gran ganador de la elección incurrió luego en una contradicción gigantesca, que parecieron no percibir quienes lo entrevistaban ni quienes vieron la entrevista en la televisión.
Con esa calma de monje tibetano que luce desde su regreso al centro del escenario y tanto contrasta con la euforia adolescente que irradiaba cuando era jefe de Gabinete, Massa dijo que ahora comienza la construcción a nivel nacional del Frente Renovador. Y nadie trabaja en la nacionalización de un espacio político si no piensa en la Presidencia.
Pero no fueron más dignos Amado Boudou y Florencio Randazzo anunciando, triunfalmente, que el kirchnerismo se consolidó como primera fuerza nacional. Es lo mismo que anunciar, con bombos y platillos, que el antikirchnerismo está representado por muchas fuerzas políticas. En definitiva, si fueran uno o dos los partidos que se reparten casi el 70 por ciento de esos votos tan contundentemente opositores, el kirchnerismo hubiese quedado relegado.
Mejor sin ella
Lo que intentaba en vano la euforia triunfalista del búnker del Gobierno es ocultar lo que fue una doble derrota de Cristina. Por un lado, la derrota personal de que Martín Insaurralde haya sacado casi tres puntos más que en las Paso, superando el porcentaje que obtuvo con la misma candidatura Néstor Kirchner en 2009 y los que el propio Insaurralde había sacado en agosto, cuando la protagonista de su campaña era la Presidenta.
Ella lo había ungido como general en “la madre de todas las batallas” (el distrito bonaerense) y encabezó todos los actos en aquella campaña de su candidato.
Dicho de otro modo, el elegido de Cristina cosechó más votos cuando la jefa se bajó del escenario y subieron Daniel Scioli y Jesica Cirio.
Ese es precisamente el punto donde empieza la otra derrota, o sea la derrota ideológica.
Mientras que dos kirchneristas puros como Daniel Filmus y Juan Cabandié fueron barridos de las urnas porteñas, a Insaurralde le fue mejor con un discurso y una campaña situados en las antípodas del ideologismo kirchnerista.
Incluso puso en el centro el tema de la seguridad, merodeando propuestas de mano dura contra la delincuencia.
Fueron decenas de miles de votos que se sumaron inútilmente, ya que no sirvieron para frenar el avance arrollador de Massa ni para fortalecer a Scioli de cara a 2015. Para colmo, paradójicamente, fue una suma que restó fuerzas a la Presidenta.
En definitiva, el afiche de campaña que más le redituó a Insaurralde no fue con Cristina, sino besando a su despampanante novia de la farándula en la tapa de la revista Caras, publicación abocada a la frivolidad de “los ricos y famosos”.

