Entrevista a Morandini: El Congreso es como el colegio; están los estudiosos y los vagos
Considera “lógico” que la gente se escandalice por la suba de las dietas a legisladores. Eso sucede porque se ignora la importancia de la función del Parlamento, opina.
L a Mala Bestia, el Congreso por dentro (Sudamericana) es el título del libro que acaba de publicar Norma Morandini, y en el que describe su paso de 10 años por el Parlamento: primero, como diputada (2005-2009); y luego, como Senadora (2019-2015) por el Frente Cívico. La periodista y escritora cordobesa dialogó con La Voz sobre el debate que generó durante la semana el aumento –luego retraído– de las dietas de los parlamentarios. –¿Qué reflexión hace sobre la polémica que se suscitó sobre la remuneración de los diputados y senadores? –En un momento de crisis como la actual, escandaliza y provoca reacción que se hable de subas en las dietas, pero lo que sucede es que no hemos hablado nunca de cuál es la función del Congreso. Si se ignora lo que se hace en el Congreso, si se ignora que se toman decisiones de enorme importancia para nuestras vidas, si se ignora que muchos de los escándalos de corrupción, de impunidad, de todo lo que padecemos hoy se han validado en ese Congreso, si la ciudadanía ignora la función de control que tiene el Parlamento, por supuesto que cualquier cifra que se dé va a ser un escándalo. –¿Por qué cree que escandaliza tanto el aumento? –Si la idea que tiene la ciudadanía es que en el Congreso hay vagos que sólo duermen en el recinto, que no se trabaja..., entonces lo que se diga sobre las dietas será provocativo y va a chocar y molestar, y más en un momento tan difícil en lo económico como el actual. –¿A qué atribuye la mala fama que tiene el Congreso ante la sociedad? –Tenemos una cultura política autoritaria que ha impregnado a todas las instituciones. Hay una idea de no ver al Parlamento como un poder autónomo y que es fundamental en el sistema republicano de control. Hemos tenido como consecuencia de las crisis y de las emergencias esta cultura política que parece que se obedece en los partidos mayoritarios y se ve como una anormalidad que uno pueda votar a conciencia, que es lo que me pasó a mí todo el tiempo. –Durante su paso por el Congreso, ¿sintió que su remuneración era justa? –Sí. Y eso que pertenecí a una Cámara en la que, como estaba (Julio) Cobos, no hubo aumentos. Después, cuando vino (Amado) Boudou, hubo un aumento grande, que generó la misma reacción que ahora. –¿Todos trabajan por igual en el Congreso? –El Congreso es como en la vida. Yo lo comparo con el colegio: está el trabajador, el estudioso, el chanta, el vago. Cuando hablo de pluralidad política también me refiero a la manera en que las personas ejercen su labor. A muchos legisladores, cuando están en los partidos grandes, les alcanza con levantar la mano y ser disciplinados, pero usted los ve y no hacen más que eso. Hay una cantidad de legisladores que son los que van a todas las reuniones, que son los que están, los que se quedan sentados en el recinto. Yo evito hablar de personas y que cada uno se haga cargo de lo que ha hecho. A mí me gustaría que la ciudadanía mire con menos prejuicio y que controle conociendo la función que se ejerce. Por eso, la Constitución Nacional es sabia: no establece requisitos, todos somos igualmente competentes. Sí pide idoneidad, y la idoneidad se refiere a la responsabilidad, a la transparencia, a que se cumpla con su trabajo, que muestre lo que hace. –A su juicio, ¿tenemos un Parlamento conformado por mayoría de gente idónea o con mayoría de chantas? –La idoneidad moral de las personas que lo integran no me corresponde a mí juzgarla. Esta cuarta década democrática tiene el desafío de comenzar a democratizar la cultura política. Lo mejor que le puede pasar a un gobierno es tener un Congreso que lo controle. Lo mejor que le puede pasar a un Parlamento es que haya pluralidad y que nadie tenga la mayoría para no caer en la tentación de que las leyes se impongan, en lugar de debatir. Este Parlamento es infinitamente mejor que el que yo integré. Hay deliberación, hay reuniones, hay negociación. –¿Cómo observa este Parlamento en el que nadie tiene mayoría? –Un Parlamento de un solo color político es antidemocrático por definición. En los 10 años que estuve, pocas veces votamos por consenso. Cada vez que se votaba así, se aplaudía. Todo se ha ido tergiversando, se cree que consenso es unanimidad. Y no, la unanimidad es de los cuarteles, que uno manda y los otros obedezcan. Me parece que la rehabilitación política es esto: que haya negociación, no trueque. Los intereses en pugna deben ser armonizados. –¿Cómo fue durante la era kirchnerista? –Se canceló la deliberación porque se imponían las leyes, porque se cancelaron todos los organismos de control. Y, sobre todo, porque funcionó como un poder a control remoto, como si fuera un apéndice del Poder Ejecutivo.

