El peligro de convertirnos en nuestros mayores
El lunes, en las inmediaciones del Congreso de la Nación, los violentos eran en su mayoría jóvenes. Como los policías que soportaron las pedradas.
Acabamos de cumplir 34 años en democracia. Una generación completa que nació, se formó y va camino a reemplazar a los viejos responsables de un país en crisis. Gente que no vivió un solo día bajo la dictadura, que votó a todos sus representantes en elecciones periódicas y que puede decir y hacer lo que quiera. Gente, fundamentalmente, libre.
Ayer, esa generación se desgarró a piedrazo limpio en las inmediaciones del Congreso de la Nación. Gente que, por las facciones de su rostro, mostraba credenciales de juventud. Gente que debería estar pensando y haciendo otra cosa y no tratando de aniquilarse sobre la base de violencia descontrolada.
Los manifestantes, los más duros y los otros; y los policías, los que resistieron hasta más no poder y los que más tarde avanzaron con sus armas. Todos eran jóvenes. Personas que en su adolescencia habrán soñado con un futuro diferente, lleno de oportunidades y de posibilidades. Argentinos que deberían estar construyendo una nueva Argentina. Vecinos de una tierra que se comparte hace rato.
Pero no. No se ha logrado superar el fantasma de la violencia. Creíamos que con la democracia podrían superarse las lógicas de enfrentamiento que dejaron los años de oscuridad, barbarie y muerte. Lo creíamos posible desde la llegada de Raúl Alfonsín, en 1983, cuando con la democracia se curaba, se comía y se educaba. Eso no ha pasado. Al menos, no para todos.
Quizá algunos puedan echar culpas todavía. Mirar a quienes nos gobiernan (y nos han gobernado en los últimos años) y decir no nos dieron otro ejemplo que la eterna confrontación.
Quizá esos jóvenes puedan utilizar esa coartada a la hora de explicar sus acciones. Es que sólo imitan a los mayores, retomando sus banderas y apostando al viejo eslogan de “mientras peor, mejor”. O tal vez se pueda hacer lo que no hicieron quienes nos precedieron. Condenar a los violentos (en los discursos y también con la ley en la mano) y avanzar, dar un paso hacia el entendimiento. Y empezar a hablar con el de enfrente. Sin odios vetustos y gastados.
Entender que la violencia nos condenará, también a nosotros, al subdesarrollo y hará que esta nueva generación termine pagando por sueños trasnochados que ni siquiera le pertenecen.
Ayer, ver a chicos que no tenían más de 30 años tratando de agredir a los policías, de no más de 30 años, lo sintetizaba todo: están peleando una guerra equivocada, que no lleva a ninguna parte. Pueden existir razones políticas para estar en contra de la reforma previsional. Para eso, nada mejor que los argumentos dialécticos y el Congreso de la Nación.
Los 34 años de democracia parecen haber tomado la forma de una cinta de Moebius, donde los que vamos montados sobre la Argentina siempre volvemos al lugar de partida. De la esperanza, al cambio y luego a la crisis y la violencia, para regresar al punto de partida.
Repetirlo no sólo nos condena al retroceso eterno, sino que nos va haciendo habitués de acciones que creímos dejar atrás. El peligro de convertirnos en nuestros mayores; esos que nos trajeron hasta acá.

