Dos noches
Lo que pudimos aportar no fue nada novedoso. Es lo que tratamos de hacer cotidianamente como líderes religiosos: acompañar, poner un poco de mesura.
La noche del martes –aparentemente– había comenzado auspiciosa. A quienes integramos el Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz) nos había tocado, en esta ocasión, acompañar a la comunidad judía en la celebración de la fiesta de Janucá, que recuerda la gesta bíblica del Libro de los Macabeos, cuando hace 2.200 años se luchaba por poder sostener la propia singularidad –en este caso, cultural y religiosa–, sin perderse en lo masivo.En presencia de la comunidad cristiana e islámica se encendió el tradicional candelabro de luces, y distintos cuadros musicales y de danzas hicieron que las noticias difíciles que se habían empezado a escuchar por el acuartelamiento policial queden por un rato a un costado. Fue así: sólo por un rato, porque cuando las velas se apagaron, intempestivamente la violencia cobró tonada cordobesa. Cuando en la madrugada del miércoles el Gobierno de la Provincia de Córdoba nos convocó para ver si podíamos acercar un poco de luz desde nuestras distintas y milenarias tradiciones a un conflicto que ya se había desmadrado y que nos había dejado huérfanos en la provincia, pero también desde la Nación, no dudamos un instante.Por cuestiones fortuitas, nos tocó a nosotros dos representar el sentido más cristalino que engloba a todos y cada uno de los miembros del Comipaz desde su fundación hace 15 años: el del diálogo respetuoso y la cercanía, sustentados en la fe.No estuvimos inmiscuidos en el contenido del acuerdo; no era ese nuestro rol. Donde sí tuvimos injerencia fue en tratar de evitar que se cortara ese fino hilo de diálogo que cada tanto se asomaba, entre tanta angustia, tanta violencia y tanta desilusión. Es que ya no se trataba solamente de ayudar a dos partes a llegar a un acuerdo. Estaba en juego muchísimo más. Y todos quienes estaban a pasos de firmar no escatimaban en desconsuelos, llantos, nerviosismos y abandonos repentinos que indudablemente ponían en riesgo a cientos de miles de familias. Mientras tanto, continuaban los saqueos y los tiros, y el vandalismo más cruel hacía justamente que lo masivo se imponga sobre la sagrada singularidad de cada vida humana. Lo que pudimos aportar, en cierta forma, no fue nada novedoso. Es lo que tratamos de hacer cotidianamente como líderes religiosos: acompañar, poner un poco de mesura, mirar más allá del corto plazo, no desentenderse del prójimo, contagiar un poco de fe y de esperanza, consolar y abrazar. Fue solamente eso. Pero evidentemente hizo mucha falta.Anoche, en una atmósfera completamente distinta, y tal vez como un símbolo, encendimos en el Arzobispado, junto a monseñor Carlos Ñáñez (recién dado de alta de su operación), la última vela de esta antiquísima celebración que recuerda una enorme transformación englobada en un pequeño milagro vinculado a la luz.De eso se sigue tratando casi todo. De elegir si iluminamos o si incendiamos.
*Rabino y obispo auxiliar de Córdoba, respectivamente, miembros del Comipaz

