Desatención, improvisación y los fusibles de siempre
El gobernador De la Sota admitió errores y pidió perdón, pero los que debieron irse son los funcionarios que estaban en el área de Seguridad. La crisis también arrastró al jefe de Gabinete.
“Oscar. Sé que te va a parecer injusto, pero te tenés que ir. Fuiste la cara visible de la negociación con los policías y, si seguís en el gabinete, la gente creerá que no cambié nada”. Con voz firme, pero atravesada por el agobio de la peor crisis política de su tercera gestión, el gobernador José Manuel de la Sota le comunicó a su jefe de Gabinete, Oscar González, que tenía que dar un paso al costado.
Así terminó el ciclo del funcionario con más poder y que más horas le dedicó a la gestión, en estos dos años, del tercer mandato delasotismo.
Se cumplía una regla inexorable de la política: los gobernantes elegidos por el voto no se van por sus errores, pero siempre hay fusibles. El exjefe de Gabinete lo fue. También la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, y el jefe de Policía, César Almada.
Los tres funcionarios llevaron adelante la negociación con los policías acuartelados y no pudieron destrabar el conflicto, en ausencia del gobernador. Y se tuvieron que ir.
González fue el funcionario encumbrado por De la Sota para ser el jefe de los ministros. Tuvo participación en todos los temas de gestión, pero pagó los platos rotos por un problema en el área en que menos influencia tuvo: seguridad.
Cuando De la Sota asumió su tercer mandato, depositó su confianza en un hombre que conocía: Alejo Paredes, quien fue su custodio personal y el jefe de Policía en toda la gestión de Juan Schiaretti.
Paredes dejó el uniforme para calzarse el traje de político y ser ministro de Seguridad de De la Sota.
González casi no tuvo participación en el área de seguridad, aplicando un viejo preconcepto que persigue a muchos políticos: prefieren no mezclarse en temas que tengan que ver con la Policía.
Ya en sus épocas de jefe de Policía, y con Carlos Caserio como ministro de Gobierno, Paredes hizo un curso acelerado de aprendizaje político.
El ministro ideal
De la Sota estaba confiado en que tenía el ministro de Seguridad ideal: conocedor de los vericuetos de los manejos internos de la Policía y también –aunque primerizo– con cierta cintura política.
Pero, la realidad se suele empeñar en complicar a los gobernantes de turno. En junio pasado, una fuente amiga en los Tribunales Federales –de esas que nunca le falta al poder político provincial– alertó al gobernador de que había una causa judicial por narcotráfico, que involucraba a "altos oficiales" de Policía provincial.
“Cuidado, José, que no te pase lo mismo que al ‘pelado’ Bonfatti”, le advirtió una voz femenina con influencia en el edificio del Parque Sarmiento.
La referencia directa era al gobernador santafesino Antonio Bonfatti, quien sufrió la detención de su jefe de Policía, por posible vínculo con los narcos.
La advertencia no generó reacción en el Centro Cívico. Lo demás es conocido.
Cuando en septiembre estalló el escándalo del narcotráfico, con la detención de los policías responsables de la División Drogas Peligrosas, la crisis terminó arrastrando a Paredes y a toda la cúpula de la Policía.
De la Sota no encontró o no supo buscar un reemplazante ideal para Paredes. Apostó por la continuidad y dejó a Monteoliva –primera mujer a cargo de Seguridad– asesora del ministro caído en desgracia.
El primer error fue confiar en que Monteoliva –con excelentes antecedentes académicos– tenía capacidad de mando sobre los uniformados.
Para la elección del jefe de Policía, se inclinó por Almada, un comisario con chapa de honesto entre sus subordinados. Se repitió con insistencia que vivía desde hacía 22 años en el barrio Policial, pegado a Villa Cornú.
Lo que vino después también se sabe. Las primeras protestas de las esposas de policías. Una toma durante cuatro horas de la Jefatura de Policía fue una advertencia que el Gobierno no percibió.
En aquel momento, el gobernador ya había iniciado una gira por en el exterior y el Gobierno quedó en manos de González, ante un llamativo bajo perfil de la vicegobernadora Alicia Pregno.
Algunos de sus allegados aseguran que Almada le llevó a Monteoliva –un mes antes del acuartelamiento– un borrador con los reclamos de los policías. Nadie sabe si la ministra le transmitió ese clima de inquietud a De la Sota.
Aunque tampoco tuvo mucho tiempo. Entre el 8 de noviembre y el 3 de diciembre, cuando se sublevaron los policías, De la Sota estuvo sólo seis días en el Centro Cívico.
El acuartelamiento sorprendió a De la Sota en viaje hacia Colombia. Cuando regresó, Córdoba parecía una ciudad en guerra, con ejércitos imaginarios no equivalentes: vándalos y aprovechadores, contra ciudadanos indefensos y temerosos.
El resultado de la falta de reacción gubernamental quedó al desnudo: medio gabinete afuera y un alto costo político para el gobernador.
De la Sota tenía previsto hacer una “oxigenación” en su equipo, luego de las elecciones legislativas.
Hay que imputarle como un error político al gobernador mantener durante más de dos meses la incertidumbre entre sus funcionarios, ya que varios sabían que se irían. La gestión pareció paralizada. A la que se sumó una sensación de un vacío de poder que se produjo durante el acuartelamiento de los uniformados.
Los policías están conformes con el aumento salarial, que es mucho más de lo que esperaban. El que quedó en un laberinto es De la Sota. Ahora debe buscarle una salida al reclamo de los gremios, que aspiran a una mejora similar o lo más parecida posible a la que lograron los uniformados.
Ese es el problema hoy del Gobierno. Y ya han saltado demasiados fusibles por desatenciones e improvisaciones en la gestión.

