La nueva crisis del transporte público municipal capitalino no podría haber sido más inoportuna para el oficialismo provincial. Justo cuando el intendente Daniel Passerini se encaminaba a enlazar semanas consecutivas marcadas por la vuelta de obras de mediana magnitud en la ciudad, que alumbran el 2026 que proyectó Martín Llaryora para reanimar la gestión municipal, el sistema de movilidad público volvió a desbarrancar.
Mientras el gobernador decía en Nueva York que el camino del país es sostener una economía ordenada al margen del signo político que gobierne –en claro respaldo al trabajo macro hecho hasta aquí por el presidente Javier Milei–, desde el lunes, en las paradas de tres de los corredores del transporte de la ciudad afectados por el colapso de la empresa FAM, los usuarios volvieron a descender otro escalón en la calidad del servicio que utilizan para movilizarse.

Passerini es plenamente consciente de que él y el oficialismo se quedaron sin margen de error en la Capital. Días atrás, cuando fue entrevistado en La Voz en Vivo, el intendente dijo no estar conforme con lo hecho en los más de dos años de su administración. Ese reconocimiento, sin embargo, es inútil para contener la inquietud que existe hacia adentro del peronismo –y más directamente en el Panal– por el impacto político del nuevo trance del transporte. Todos saben el peligro que representa que lo que fue trampolín para Llaryora se transforme en ancla para todo el peronismo.
Sin plan B
La Provincia tiene activo en la ciudad un plan de pavimentación, reparación de asfalto y mejora de espacios públicos por 63 mil millones de pesos. Es una estrategia casi en espejo a la que desplegó Juan Schiaretti cuando tendió más que una mano desde el Centro Cívico para apuntalar al Llaryora intendente. La diferencia de aquella gestión con la de Passerini es notable: había más fondos disponibles –Nación todavía asistía con subsidios al transporte de Córdoba– y también otra estirpe de secretarios y subsecretarios.
Hay una pregunta que flota en el aire desde hace tiempo y que volvió a instalarse con más fuerza con la última crisis: una vez que el sistema de transporte logre algún tipo de estabilización, ¿habrá cambios en el gabinete municipal?
Se trata de una posibilidad que el propio Passerini habilita cada vez que lo consultan sobre la composición del equipo de colaboradores.
En el Centro Cívico hay voces que repiten la frase que Cristina Kirchner hizo célebre en una carta que en 2020 le dirigió al entonces presidente Alberto Fernández. “Funcionarios que no funcionan” fue la manera directa de indicar que ciertos miembros de aquel gabinete no estaban cumpliendo sus funciones de modo eficiente. Fue el principio del pretendido despegue de la exvicepresidenta. Llaryora no puede hacer lo mismo con el intendente. Su suerte está atada a la del municipio. Con el reloj corriendo fuerte en contra, Passerini podría meter mano en su gabinete, pero con un nivel más profundo que el retoque que hizo el año pasado.
Hay versiones diversas en torno de esa posibilidad. Una señala que el cambio, para ser efectivo, debería ser contundente. En ese contexto, hay nombres de peso, algunos hoy alejados de la gestión pero con pasado y experiencia en administraciones peronistas.
Passerini está abierto a escuchar opciones que le acercan. El requisito que contraponen sus más cercanos es que cualquier cambio debe evitar la idea de “intervención”, la palabra que amenaza desde el arranque a la gestión del intendente, pero que cada vez que sufre un traspié se transforma en posibilidad.

Hay importantes dirigentes del Gobierno provincial que aseguran que el año pasado la posibilidad de desembarco de ministros provinciales en la gestión Passerini estuvo muy cerca. Uno de los apuntados y sondeados para reforzar la Capital, con venia de Llaryora, habría sido Manuel Calvo, el ministro de Gobierno de la Provincia, considerado un todoterreno de la gestión. Hay algunos con poder de decisión e influencia en el oficialismo que se preguntan si esa opción no volverá a estar sobre la mesa para una nueva evaluación.
Pero no todas son preocupaciones para el peronismo de la Capital. A la gestión de Passerini y al peronismo le pasa algo parecido a lo que le sucede a Milei a nivel nacional: no tiene rivales de fuste que capitalicen los errores propios. Con Luis Juez y Rodrigo de Loredo concentrados en la pelea provincial, hay un puñado de precandidatos que nadie registra aún como tales.
Ni a La Libertad Avanza le parece apetecible –al menos por ahora– pugnar por la conducción del Palacio 6 de Julio. Hay dirigentes que dicen querer ponerse al frente de ese desafío, pero hasta ahora no hubo señales de habilitación de quienes deciden la estrategia libertaria.
Entre la impaciencia de los cordobeses y la indefinición opositora, Passerini –y también Llaryora– se balancea sobre un inestable puente de supervivencia.

