Alineados con el misil, unidos para desgobernar
El conventillo de la pelea en el Frente de Todos y la tragedia de la guerra real.
Puede que el balance estratégico de la invasión a Ucrania siga sin definirse bastante más allá del final brumoso y por ahora incierto de la guerra. Que la disputa por el liderazgo global entre Estados Unidos y China –el garante silencioso de Vladimir Putin– permanezca en tensión por varios años más. Pero hay efectos concretos del conflicto que ya están obligando a los países a formularse replanteos. Argentina no escapará a ese desafío, aunque siga concentrada en el ombligo de sus disputas de alcoba entre el Presidente y la vice.
No se trata sólo de algunas constataciones que se imponen a simple vista, como la escasez de combustible. Una evidencia en el surtidor, que en la Argentina es la consecuencia no sólo de la suba de precios internacionales. También del colapso de la economía del subsidio a todo y la imprevisión generalizada como norma (más alguna perversión adicional, como aquel capricho interesado de Máximo Kirchner, que degolló a los productores de biodiésel)
Hay además consecuencias políticas inmediatas de la guerra en curso. Derrotas que ya están padeciendo Vladimir Putin, sus aliados y sus comedidos. Hay crímenes de guerra que quedaron expuestos, a la vista del mundo entero, tras el repliegue ruso de Bucha. Las fosas comunes con cadáveres de civiles, la constancia de torturas y ejecuciones sumarias, los testimonios de violaciones a mujeres y de asesinatos de niños.
Desde la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos –que preside la expresidenta chilena Michelle Bachelet– hasta organizaciones de referencia global, como Human Rights Watch, se pronunciaron horrorizados ante esa trágica evidencia. Ya no se trata de la disputa entre Kiev y Moscú por la narrativa bélica dominante. Hay crímenes de guerra documentados que llegarán en el terreno político a la diplomacia global, para que se expida, y al sistema penal internacional, para que los juzgue.
La embajadora estadounidense Linda Thomas-Greenfield pidió excluir a Rusia del debate sobre derechos humanos en las Naciones Unidas, y la discusión de ese pedido urgirá una definición de la Argentina, que a través del diplomático Federico Villegas ocupa la presidencia temporal del Consejo de Derechos Humanos creado en 2006 por la Asamblea General, con las abstenciones de Bielorrusia, Irán y Venezuela.
Exigencias
En otras palabras: el pedido del presidente Joe Biden a través de Thomas-Greenfield exigirá del Gobierno argentino definiciones más tajantes que las opiniones sobre chocolatería patagónica que intercambiaron el embajador norteamericano Marc Stanley y la vicepresidenta Cristina Kirchner en su despacho del Senado.
Esas definiciones serán, además, sobre un punto central del relato oficialista: las violaciones a los derechos humanos. Esta vez son perpetradas por Vladimir Putin, el autócrata al que le ofrecieron la Argentina como felpudo para caminar la región a paso de vencedores. Aquella oferta realizada cuando Putin prometía sólo ocupar tendrá que ser explicada ahora, cuando sólo demostró destruir. Argentina no fue neutral como prometían sus gobernantes, sino cómplice del regreso a la doctrina de la disuasión nuclear.
Se comprende por esta contradicción inexcusable que el Gobierno nacional prefiera incluso ofrecer a la ciudadanía el teatro inadmisible de su Troya interna, como entretenimiento más a mano y conveniente para escapar de las claudicaciones que vende como soberanas frente a la guerra de verdad. Vuelan ruidosos los platos rotos que distraen del alineamiento vergonzante con el misil.
En ese teatro, el oficialismo siempre ofrece un tirio para un troyano. Cristina y Alberto. Los sindicalistas de Cristina y los sindicalistas de Alberto. Los piqueteros de Alberto y los piqueteros de Cristina. Martín Guzmán que asegura la recuperación argentina y Axel Kicillof que le advierte de un estallido social.
Sergio Massa sostiene que ese sainete no es prueba del caos, sino testimonio de amplia diversidad. Una lógica que se autodestruye con cada aumento del pan.
Al fin de cuentas, ¿de qué le sirve a la gente común tanta unidad para desgobernar?

