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Agarrate, Catalina

Es un misterio. Nadie sabe cómo sigue la película, aunque las escenas que empiezan a ver ponen los pelos de punta. La Iglesia, por ejemplo, vio ayer la parte del desempleo y advirtió que el film no le gusta. 

13 de agosto de 2014 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
Agarrate, Catalina

Es la economía privada, que está ajustando, como no podía ser de otra manera y como se cansaron de pronosticar la mayoría de los economistas.

El Gobierno no dice nada. Ayer, el acto de la galaxia camporista terminó con dos datos claros: la culpa de todo lo que está pasando es del "capitalismo tóxico" y de los "buitres internos". Lo que no se sabe es qué harán mañana los militantes y los funcionarios cuando se reencuentren en sus despachos de la Anses o en alguna otra oficina estatal ("no teníamos cargos", admitió ayer su líder, Andrés Larroque, al hablar del inicio de la década). El Gobierno, mudo. Si se juzga por sus actos públicos, no cabe esperar demasiado. El gasto estatal que prometió contener luego de la devaluación de enero sigue volando. Y se sigue financiando con emisión espuria de dinero, luego de haberse lastrado todas las demás fuentes de recursos.El cambio, esta semana, es que Economía logró que el Banco Central bajara en un punto las tasas de interés con las que hasta ahora venía succionándole dinero al sector privado para contener la inflación y para que al ajuste lo esquive Cristina Fernández y lo pague el sector privado. Se ve que Economía también odia los despidos.Pero la víscera sensible del mercado ya lo sintió y comenzó a volcar ese exceso de pesos al "dólar fuga" (se compran bonos; los bonos se venden afuera en dólares; los dólares quedan afuera). Ayer subió esa cotización, que, obviamente, tiende a presionar sobre la amplia vitrina del control de cambios ( blue , oficial).Como en este caso, todos los días las ardillas del Gobierno tapan una grieta en la pared de hielo. Y cada día aparece una rajadura nueva. A menos que haya negociaciones secretas que destraben préstamos, el agua de la emisión pesará cada vez más sobre el glaciar. Y Cristina Fernández ya no parece tener ganas, chances, ni tiempo de cambiar el guion que ella misma escribió.