La selva y el recuerdo del caucho
La ciudad de Iquitos, en Perú, es considerada la entrada o la salida a la selva. Los resabios de tiempos de prosperidad contrastan con la decadencia de hoy y el olvido en el que viven los aborígenes.
"El cuento del celta", es el irónico título de una gigantografía que ocupa una pared de la Posada del Cauchero, en Iquitos, Perú, cuya inmensa sala de estar-restaurante exhibe, en blanco y negro y también en sepia, imágenes de cuando la explotación del caucho florecía. No se trata de un error involuntario respecto al último libro de Mario Vargas Llosa, El sueño del celta . Para Enrique Rodríguez Morales, dueño del establecimiento y periodista, la obra del autor peruano que desde el prisma del irlandés Roger Casement denuncia abusos a aborígenes en el Congo belga y la Amazonia sudamericana, omite la principal motivación del informe que derrumbó el imperio de Julio C. Arana, el máximo cauchero peruano de la época. "¿Cuándo los ingleses se preocuparon por los indiecitos del Putumayo como para mandar a una comisión que investigue? La verdadera razón del informe fue sacar al Perú del mercado internacional del caucho, y lo lograron", explica.El libro refleja impiadosas matanzas y violaciones a los derechos de los indígenas que extraían la sustancia, a lo que atribuye el derrumbe de la Peruvian Amazon Company, cuya sede estaba en Londres."La principal compañía cauchera de la región es una compañía inglesa, registrada en la Bolsa de Londres. Ni el gobierno ni la opinión pública tolerarían en Gran Bretaña que una compañía inglesa violara así las leyes humanas y divinas", manifiesta sir Casement en el libro de Vargas Llosa a poco de llegar a Iquitos, en agosto de 1910. "Con el cauchero Arana fuera del mercado, el tema de las matanzas de indios en el Amazonas no fue más noticia de interés", resume Enrique. "En paralelo se robaban los plantones de caucho y lo sembraban en las colonias británicas del Asia", añade. De hecho las paredes de su posada consignan también un resonante caso de biopiratería. "El primer caso de biopiratería en la Amazonia se remonta a 1876, cuando los ingleses Robert Markham y Henry Wickman consiguieron sacar de Brasil 70 mil semillas del árbol que llora, el caucho – heveas brasiliensis en su denominación científica– para plantarlas en Kew Gardens, en Londres, desde donde fueron despachados a Malasia, África y Batavia, en la Indonesia holandesa", detalla la página web de Gea Photowords, una organización de periodistas, escritores y fotógrafos con sede en España. Son numerosos los robos registrados con estos y otros productos vegetales, muchos de ellos destinados a fortalecer la industria farmacológica. El caso, también está explicado en las paredes de la posada.Rodríguez Morales aclara que, si bien el derrumbe del principal barón del caucho fulminó el negocio en la Amazonia, la industria petroquímica y el plástico desplazaron definitivamente a las "llantas de jebe". En la selva, quedan algunos árboles, de especies, como el "leche caspi" o la "siringa". Un tajo superficial en el tronco causa que se derrame el látex en forma de líquido lechoso, que tras ser procesado muta a negro. Hoy la ciudad de Iquitos exhibe en sus imponentes edificios de hierro y tapizados de cerámicos pintados, de clara influencia europea, el fulgor de la riqueza del caucho. Esta se desarrolló a finales del siglo 19 y principios del 20, a caballo de la revolución industrial, que requería el material para producir las cubiertas de los flamantes autos, además de otros productos.Esas estructuras se mezclan con las construcciones más modestas que reflejan la decadencia que sobrevino a los años de esplendor. Cuesta imaginar el traslado de semejantes esqueletos, por semanas en barcos para levantarlos en plena selva. La ciudad-salida de la selva en el Perú, está aislada del resto del país. Sólo tiene acceso aéreo o fluvial, excepto un camino que la vincula a la ciudad de Nauta.Uno de los íconos de aquellos años, que se mantiene en el paisaje urbano es la "casa de Fierro", prefabricada en 1887 y diseñada por el arquitecto Gustavo Eiffel, en una de las esquinas más transitadas y contaminadas por las ruidosas "motocar" o taxis de alquiler, que se multiplican por varios centenares. Las motos adaptadas como triciclos y con carros para trasladar gente y bártulos son el principal transporte público. Parecen haber tomado por asalto la ciudad y circulan a alta velocidad y a muy bajo costo. El principal puerto de la Amazonia peruana despierta cada mañana temprano y pone en marcha un complicado conglomerado de puestos callejeros, en los que la gente vende, come, alimenta a sus hijos y transcurre gran parte de sus horas. Por las "peque peque", precarias embarcaciones que navegan el majestuoso río, llegan las provisiones que se venderán en las calles. Racimos de plátanos arrancados de los bananeros de la selva, pollos, monos (muertos, para comer), caimanes, frutas diversas, remedios naturales. De todo puede se encontrar en los mercados de Iquitos. En Belén, a pocas cuadras, impacta un mercado de mayores dimensiones, con puestos pegados uno al otro, al que recomiendan ingresar sin objetos de valor a la vista. Todos los sabores, olores e impulsos visuales se entremezclan. "Pasaje Pakita", es el sector de puestos que venden productos medicinales preparados con raíces, cortezas, plantas. Se encuentran sustancias como la ayahuasca (declarada patrimonio cultural del Perú), en polvo o ya preparada, "amarres" para el amor, cigarros y licores afrodisíacos. A pocos metros está la "Venecia empobrecida", sobre el río Amazonas, una especie de villa miseria de casas flotantes, que es quizás la principal postal del lugar. Bienvenidos a Fátima. "Señores, con ustedes, el río-mar". Carlos Flores el guía de selva, señala el imponente Amazonas, con un tráfico marcado y a dos horas de allí, río abajo, la comunidad de Fátima, una de las poblaciones ribereñas de campesinos, con mayoría de población de origen cocama, una de las tantas etnias que habitan territorio peruano. El río se encuentra en su máximo nivel, 25 metros arriba, y cada año sube unos metros más, a causa de la deforestación que va carcomiendo la capacidad de retención de los suelos. Durante tres meses, la gente vivirá prácticamente inundada, con el agua al tope de las precarias construcciones, que están elevadas poco más de un metro del piso."Terror por boas", dispara el titular de uno de los diarios regionales. Con el agua a ese nivel y las viviendas precarias, no es extraño que visite alguna casa y se coma una que otra gallina y a su vez, alimente el mito de la serpiente gigante. La casa de Jovino, como muchas otras, está rodeada de agua y sólo se puede llegar a bordo de una canoa, que es el transporte ineludible en esta época. Se la ve a Juli, una de sus hijas, de 22 años, que trabaja en una cocina a leña en un extremo de la casa. Después se pone a colgar ropa. Sus padres fueron a lo de un chamán, llevando a la nietita de 17 días, que nació en la casa con ayuda de la partera. Es que la niña lloraba sin consuelo. "Fuimos a que la cure, para que le regrese el alma al cuerpo", contó Obdulia, su abuela. La pequeña, dormida entre los brazos de su abuela, es la prueba la eficacia de la cura. En el imaginario de la comunidad no hay espacio para la medicina occidental; ese lugar está ocupado por el chamán. Tampoco hay médicos en el pueblo y el más cercano está a no menos de tres horas, remontando el Amazonas hasta Iquitos. "Ten ten ten, abajo de un puente había una serpiente, verdad que sí, tilín tilín, verdad que no, tolón tolón. Si te ríes, si te mueves, te daré un pellizcón hasta que se tuerza tu corazón".Con sus nueve años y su sonrisa amplia y dientes blancos, Sofía derrocha frescura e inocencia al cantar una canción en perfecto castellano, tal como le enseñan en la escuela. El dialecto quechua que hablan sus padres, se está volviendo cada vez más invisible y sólo se escucha cuando se comunican los miembros más antiguos de la familia entre sí. Entre los niños, apenas si quedan resabios de la lengua nativa. Las viviendas no tienen puertas ni ventanas ni baños. La familia de Jovino es de las más prósperas de la comunidad, organizada en base a una economía muy simple y con un costo de vida extremadamente bajo. La selva les da frutas y verduras y animales; el río, el mejor pescado y el agua. No hay servicios, como la energía eléctrica, que pagar. Son los dueños de la única proveeduría, donde venden sal, azúcar y el infaltable "whisky de la selva"; un preparado de siete raíces macerado con aguardiente, que los lugareños suelen consumir desde muy temprano cada día y que se vende en botellitas de gaseosa plástica de medio litro. Poseen tres canoas, lo que marca también cierto status, además de un grupo electrógeno, que se enciende de vez en cuando, un celular que pocas veces tiene señal y un televisor con DVD, que en jornadas festivas es el centro de atracción. Esta vivienda es casi el único espacio de reunión social, donde se juntaron varios integrantes de la comunidad el 8 de mayo, a celebrar el Día de la Madre. Las canoas amarradas alrededor demostraban la presencia de la gente. El baile se armó al ritmo de los Yennis del Perú, Marisol y otros grupos de cumbia que sonaban y disparaban sus coreografías desde la pantalla.El río oscuro, es todo para las comunidades. El agua, el baño, el proveedor de comida. Cuando se aleja más de 50 metros, los niños deben sumar a sus quehaceres cotidianos los de trasladarse para lavar la ropa en su cauce y trasladar, en pesados tachos, el agua que consumen. Rostros de la selva. Carlos conoce cada planta y cada esquina, pero nunca ha salido de Iquitos y de las comunidades ribereñas. No conoce la capital del país, confiesa casi avergonzado. Y relata lo complicado que tratar de escaparle a la pobreza estructural a través del estudio. "Las universidades no son para los pobres", apunta. Bersabilda aparenta un poco más de los 38 años que asegura tener. Sus pies descalzos, agrietados y con los dedos deformados, resumen años de caminatas bajo el agua, en los largos meses en que el río ocupa todo. Madre de tres hijos, intentó cambiar su realidad años atrás. En Lima estuvo sometida a un trabajo prácticamente esclavo, en casas de familias con jornadas que arrancaban a la cuatro de la mañana y terminaban a las 12 de la noche, por un salario mínimo de 50 soles. El panorama, no ha cambiado mucho. Decidió volver a la selva, donde la libertad es aún el bien más valorado.La mujer está parada en la puerta de la escuela. Pese a que el dictado de clases está suspendido por la inundación, se reunió la gente para recibir las donaciones que llegaron desde Córdoba, por medio de la asociación civil El Edén, que en cada viaje aprovecha para realizar alguna acción solidaria que esta vez se tradujo en 70 bolsas con útiles para los niños. Allí también están ya con ropa convencional, algunos integrantes de la familia yagua, que viven de las artesanías que realiza la mujer, con las rojas semillas de huayruro (cuando uno las recibe de regalo, aseguran que dan suerte) y fibras vegetales de la apreciada chambira, una especie de palmera, materia prima de variadas artesanías. La tarde anterior, se habían vestido con sus trajes típicos, también confeccionados con chambira, y mostraron sus cerbatanas y armas de guerra de otras épocas y las pinturas naturales que utilizaban para decorar los rostros y cuerpos para recibir algunas monedas de los turistas. Encarnan la expulsión recurrente de la gente desde el corazón de la selva.Con el agua por la cintura y el ceño fruncido, Obdulia señala y cuenta los pollos y gallinas que subsisten en una tarima pequeña, ellos también rodeados por el río. Es una de las tareas que realiza a diario y que registra en una de las paredes de la casa, que marcan una preocupante baja. El problema no son las anacondas, como aseguran algunos títulos de diarios sensacionalistas, que de hecho el agua acerca a la vida cotidiana. Los depredadores son los zorros, que diezman uno de los sustentos alimentarios de la familia.Pese al saqueo, el desmonte y la caza ilegal de animales, la selva sigue ofreciendo los medios de subsistencia y su riqueza se aprecia en la exuberancia y variedad de su bosque. La mayor biodiversidad del planeta, se aprecia a cada paso, en cada rincón, y es algo difícil de dimensionar.
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