“La casa tiene que ser un templo de encuentro y diversión”
Espacios de juego. Natalia Barraud, conductora de TV y artista, creció en un entorno rural y hoy disfruta de vivir en la zona sur, en un paisaje que recuerda al campo. De la tecnología, agradece la existencia de WhatsApp. Su auto más querido data de 1928.
La primera casa que recuerda Natalia, paradójicamente, no había sido pensada para ser una vivienda: “Mi padre compró en Devoto una casa que era una librería, con un depósito muy grande y garaje como para cuatro autos; la fachada era la de un negocio y mi habitación tenía una vidriera, una puerta que daba al porche, así que en verano veía los pies de la gente que pasaba” (risas).
—¿Y después?
— Cuando yo tenía siete años mi padre hizo un chalet en el campo, precioso, con una doble hilera de eucaliptus para que siempre tuviera sombra, pinos, flores. Recuerdo una estufa hogar muy grande, la cocina, y que cenábamos y prendíamos la estufa a leña...
—¿Qué hay de esas casas en la tuya?
—De la casa de la librería, las aberturas grandes; vi una foto de una casa que parecía que mostraba el ombligo y es lo que hice. Una doble altura con grandes aberturas gemelas, que una da al frente y la otra al patio, es como un gran escote que muestra pero no deja ver nada. De la casa de campo tomé el concepto que le quiso dar mi papá, que fuera una casa para disfrutar. No tiene nada delicado, los chicos pueden jugar en el piso, no hay parquet, en dos minutos se limpia, y tiene una estufa en el living para disfrutarla en el invierno. Está pasando Circunvalación, tenés liebres, lechuzas, la gente cree que en el campo a la noche hay silencio y es cuando más sonidos hay.
—¿Participaste en el diseño de la casa?
—Absolutamente, la arquitecta María Ortolani me dijo que era la primera vez que le traían un proyecto tan definido para construir. Le dije, quiero una “V”, de un lado los dormitorios, del otro el ala social y necesito arriba un play room, para los niños puedan jugar dentro. La casa tiene que ser un templo de encuentro y la diversión estar asegurada, para los chicos subir la escalera tiene la misma sensación que trepar a la casita del árbol. También pedí que tuviese una salida a los techos; de chica, yo me subía al tanque de agua. No la quería ostentosa ni lujosa, sino que la la gente la encuentre cálida.
—¿Pintaste cuadros?
—Sí, quise pintar pensando en cada espacio, y los cuadros cuando empiezan a tener vida propia te pegan una cachetada y te dicen “voy a estar donde yo quiera”. Hay que respetar a la obra de principio a fin y dejarla que vaya donde ella quiera, así te llevás bien con el objeto.
—¿Dibujo o pintura?
—El dibujo es insustituible, como la letra; la pintura te suelta la emoción, no todos los días tenés ganas de usar colores. Comencé a dibujar por la pérdida de un ser querido y mis ojos no soportaban el color; de ahí pasé al sepia, le fui agregando colores muy lentamente y cuando sentí ganas de disfrutar empecé a hacer cosas con colores.
—Cambio de tema: ¿tecnología en la casa?
—Me da lo mismo un TV cuadrado que un plasma (risas). Lo que sí elegí es una cocina muy grande para cocinar mucho, tiene seis hornallas y un horno para dos bandejas. Escucho radio y música, pero con CDs.
—¿Y para uso personal?
—Agradezco al creador de WhatsApp, con el que tuve amor a primera vista; prefiero el mensaje de voz, porque el de texto es letra fría. Tengo grupos de familia, amigas, madres del colegio. Con Facebook, en cambio, somos parientes lejanos, publico lo justo y necesario. Me gustaría generar contenido que se viralice pero de calidad, con guión, dirección, criterio; por ejemplo, hay cosas en YouTube que se ven muy caseras.
—Nuevo cambio de tema: ¿te gustan los autos?
—Voy muerta por ahí (risas); de un auto miro el color, los asientos, el olor y que se escuche bien la música. Hoy, tengo uno chico, un Ford Ka Viral, pero me gusta subir a autos cómodos: asientos tipo una cunita que abraza, buen olor y que parece que estás en un planeador si mirás hacia afuera.
—¿Qué auto recordás con cariño?
—Uno muy antiguo; en mi familia me dijeron que era un Chevrolet de 1928 que mi abuelo no quiso vender nunca. Se encendía con manija desde adelante, no tenía techo, yo lo usaba para jugar a hacer películas. Estaba guardado en el depósito de la librería y ahí jugaba con mis amigas. Mi pueblo sufrió una gran inundación, y era el único auto que circulaba.
—¿Y después?
—Tuvimos un Taunus blanco. Luego, mi papá se hizo el cheto y compró una coupé Fuego roja. Una vez, mi mamá se compró un Corsa blanco nuevo y yo había presentado un chico en mi familia. Mi mamá, como señal de aprobación, le dio la llave a él para que salgamos. Como a mí no me las daba, entonces lo convencí de que yo manejaba muy bien, y me subí para manejar: en vez de primera, puse marcha atrás y reventé el baúl contra un árbol (risas).
—Para terminar: ¿disfrutás de manejar?
—Hoy, la verdad es que padezco manejar, no es lo que más me gusta y voy con chicos, lo cual lo convierte en una gran responsabilidad.
Natalia por Natalia
“Crecí en Devoto. Soy la cuarta hija de un matrimonio que ya tenía hijos muy grandes. Crecí bastante solita y libre: participaba en los grupos juveniles del agro, hacía patín, manualidades, pintura y teatro. Así fue que descubrieron que mi voz se escuchaba hasta la última fila, y entonces el locutor del pueblo me invitó a trabajar en radio a los 16 años. En Córdoba hice las dos carreras, locución y periodismo, que me fascinó. Tengo dos hijos, uno de 11 años y otro de 8”.

