Vuelvo a Ucrania, con mis abuelos y nietos
¿Cómo no celebrar, pese a tanto dolor, los nuevos aires que hace algunos años venimos alentando para no tener que separar a más familias en el futuro? Marcelo Polakoff.
Nunca estuve allí, y sin embargo vuelvo. Sucede que mis dos abuelos nacieron en aquellas tierras, separados por escasos años y más escasos kilómetros.
El papá de mi mamá, Manuel Zaveduk –a quien no conocí y en parte por ello perpetúo en mí su nombre hebreo, Menajem Mendel– fue dado a luz en el año 1900 en Sharovka, un poblado rural al sur de Kiev. A sus 16 años, espantado por las hordas cosacas que azuzaban el antisemitismo promovido desde hacía siglos desde el Estado, atravesó media Europa sólo para tomar en Alemania un barco hacia el Nuevo Mundo y recaló, finalmente, después de unas cuantas peripecias, en San Juan.
Abraham Polakoff, el papá de mi papá, a quien tuve la dicha de conocer hasta sus 100 preciosos años, nació en 1910 en Chernigov, una ciudad al norte de Kiev, y cuando tenía 4 años, sus padres y sus abuelos se embarcaron junto a él en otro vapor, para escapar de los horrores de la Primera Guerra Mundial y de la memoria de los pogromos que habían sufrido reiteradas veces en sus propias carnes. Diferentes circunstancias hicieron que se asentaran en Coronel Suárez, en la provincia de Buenos Aires.
De más está decir que prácticamente la totalidad de sus parientes que quedaron por Ucrania acabaron sus vidas no por vejez ni por enfermedad ni por accidente, sino de manera violenta. Ya sea en manos de los cosacos, de los comunistas o de los nazis, muy pocos de los Polakoff, de los Zaveduk y aledaños tuvieron el privilegio de tener alguna tumba a su nombre.
No es este relato parte de una autobiografía en ciernes, aunque algo de ella incluya, sino un atisbo de comprensión acerca de cómo funciona –o no– esta raza tan complicada y maravillosa al mismo tiempo: la raza humana.
Tampoco es un arranque seudo literario despojado de algún anclaje en la realidad cotidiana. Nada de eso. Es más, se debe fundamentalmente al hecho (nada fortuito) de que mientras ustedes estén leyendo estos párrafos en Córdoba, dependiendo estrictamente de la diferencia horaria, es muy probable que yo ya haya terminado mi ponencia acerca del diálogo, representando al Congreso Judío Latinoamericano ante unos 40 líderes de distintas religiones mundiales convocados al Foro Interreligioso de Kiev.
Las paradojas de la vida y lo que hacemos con ella quienes tenemos cierta responsabilidad en orientar los destinos de algunas porciones de la sociedad se me presentan hoy de manera intempestiva, desnudándose con tibieza ante mis enormes ansias de comprender –a partir de las idas y vueltas de mi historia familiar (por cierto, lamentablemente más “idas”)– el inusitado privilegio que tengo al ser invitado a Ucrania, el mismo espacio vital que expulsara sin piedad alguna a mis dos queridos abuelos.
¿Cómo no celebrar, pese a tanto dolor, los nuevos aires que hace algunos años venimos alentando para no tener que separar a más familias en el futuro? ¿Cómo no redoblar el compromiso de machacar con el diálogo (el interreligioso y los otros también) hasta que los violentos se convenzan de que la palabra logra mucho más que las armas?
Vuelvo a Ucrania a testimoniar que la falta de diálogo que alejó a mis abuelos de su patria puede tornarse en la llave que, en vez de cerrar, abra nuevos puertos de comunicación.
Vuelvo a Kiev a hablar de diálogo, no sólo porque más al norte o más al sur de allí vivieron sus primeros años mis zeides , sino también porque no quiero dejar de hacer mi parte para que cualquier lugar de esta tierra sea mucho más amigable cuando les toque dar los primeros pasos a mis nietos.
*Rabino, integrante del Comipaz.

