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Vísperas amargas para fiestas dulces

Por las mesas de las Navidades pasa la vida: son capítulos congelados sobre el mantel. Unos a otros nos vemos crecer, madurar, envejecer. Alejandro Mareco.

23 de diciembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Vísperas amargas para fiestas dulces

Las estadísticas importan o no importan. De nada le sirve a un pobre saber que la clase media se duplicó en seis años (2003-2009) o que el índice de pobreza no supere el siete por ciento, según los datos oficiales, si sigue naufragando en su pobreza. Pero también vale tener en cuenta el contexto, pues los números indican que el que tenemos entre manos es un país bien diferente al de los saqueos de 2001, sobre todo porque las diferencias se han achicado desde entonces, desde cuando los argentinos por debajo de la línea de la pobreza superaban largamente el 50 por ciento. Otra vez, el camino de las Fiestas en Argentina llega atravesando turbiedad. Pero mañana es Nochebuena y es posible que se suspenda el recuerdo de la risa fácil del Momo Venegas, Hugo Moyano y Pablo Micheli (este último, de la CTA, organización que supuestamente tuvo origen en el rechazo a semejante junta) y de las acusaciones y confusión por parte del Gobierno nacional en otras vísperas trágicas. Mañana a la noche, en este país y en todo Occidente, la gente se reunirá en las mesas con los afectos más sentidos y celebrará antes que nada el tiempo, ese que comienza a andar despacio en camino hacia la medianoche, momento en que los relojes de esta civilización volverán a cero, en el sentido de que estaremos celebrando el momento fundacional de nuestra cultura. ¿Qué es lo que hace a los ánimos vibrar en una sintonía intensa? ¿Cuál es el elixir que se respira en el aire de finales de diciembre? ¿De dónde viene la excitación? En estos días, los semblantes, los gestos, se transmiten y se sienten más generosos, más vitales. Cada Navidad llega con sus circunstancias y, a veces, se va dejando marcas. Y en cada casa, en cada historia personal y aun colectiva, asume realidades particulares. Puede ser vivida bajo el amargo acoso de la miseria (como sucede ahora y como contaba Roberto Arlt en su aguafuerte “El pan dulce del cesante”, allá en la década de 1930) o en la fastuosidad de la abundancia. Por las mesas de las Navidades, pasa la vida: son capítulos congelados sobre el mantel. Unos a otros nos vemos crecer, madurar, envejecer. La verdad de la Navidad se resuelve en las mesas de Nochebuena y va mucho más allá del sentido consumista que le imprime la cultura de este tiempo y aun de la celebración cristiana. “Es evidente que ciertas fiestas profanas, en apariencia, del mundo moderno, conservan todavía su estructura y su función mítica”, decía el rumano Mircea Eliade en Los mitos contemporáneos , y señalaba a “los júbilos del Año Nuevo y las fiestas que saludan un ‘comienzo’”. La Navidad, como que significa nacimiento, saluda un comienzo: la fundación del mundo cristiano, de algún modo el mundo occidental de hoy, ese del que formamos parte todos los que brindaremos mañana por la noche, cristianos y paganos, y aun los que asumen otras creencias. Tal condición nos devuelve a los lejanos orígenes, cuando la humanidad se aferraba a los mitos para sobrellevar su relación con el cosmos y la creación. Así también es que se explica el carácter orgiástico (aunque hoy limitado al comer y al beber), que es el que el hombre primigenio daba a sus fiestas que celebraban la fundación de cada cultura. La Navidad es la fiesta más importante de este mundo y de esta cultura. Y ese elixir que se respira, esa vibración que excita los ánimos, viene desde muy lejos, desde lo más profundo de las manifestaciones del espíritu humano. Por eso tiene tanto sentido celebrarla.