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Visita anónima

Un cementerio no es precisamente un lugar turístico, pero bajo la mirada de Juliana Rodríguez las tumbas y los panteones adquieren un especial encanto.

01 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Visita anónima

Una vez acompañé a mi madre a visitar a una señora amiga de la familia. Ya estaba grande y para nosotros era como una tía. Hacía dos años que no la veía y, cuando nos recibió en el hall de su casa, la vi empequeñecida y canosa, como si en esos dos años hubiera envejecido 20. Por entonces, ya hacía tiempo que había enviudado y vivía sola. Nosotras íbamos a tomar el té. Por mera cordialidad, no le preguntamos cómo estaba, porque intuimos que la respuesta podía ser devastadora. Así que no tuve mejor idea que hacerle una pregunta trivial: qué había almorzado.Mientras me tomaba del brazo, como hacen las señoras grandes, un poco por sostenerse y otro para tenerte cerca, respondió: "Un pollito con puré comimos hoy con mi marido". Me quedé tiesa. Mi mamá, con más naturalidad, le recordó de manera afectuosa que su marido ya se había muerto. "Sí, ya sé. Eso es lo raro", respondió.Nunca supe muy bien qué quiso decir. Por las dudas, no pregunté nada más. Las maneras en las que las personas piensan o ven a sus muertos es un enigma en el que prefiero no indagar. Pero siempre me atrajeron los rituales para evocar a esas compañías que ya no están.Cuando era chica, fui un par de veces con mi abuela al cementerio de Villa María. Antes de ir, ella cargaba en una canasta un equipo completo de limpieza y crisantemos recién comprados. Cuando llegábamos, cambiaba las flores de los nichos familiares y después fregaba las placas con productos varios, hasta sacarles lustre.Rezaba en voz baja, me retaba si corría por los pasillos y, antes de irnos, limpiaba los nichos cercanos de familias desconocidas, como quien barre la vereda propia y también la del vecino, "porque, si no, ¿qué sentido tiene tener la nuestra impecable?". Turismo o muerte Mis posteriores visitas a cementerios fueron en ese extraño plan de cholulismo necrofílico. Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero tengo una típica foto, de mi época de adolescente, posando muy sonriente al lado de la tumba de Jim Morrison en el cementerio parisino de Père-Lachaise. Y hace unos años hice la visita guiada en Buenos Aires al cementerio de La Recoleta, entre turistas españoles que se hacían selfies al lado de la bóveda de Eva Perón, mientras la guía nos explicaba detalles arquitectónicos o indicaba dónde "descansaba" cada prócer argentino.Descansar es uno de los eufemismos más extraños de estos lugares. Visitar, también. Los muertos descansan. Los vivos visitamos. Mejor que sea así y no al revés.Las veces que viajé al norte de Argentina, sobre todo a la zona de la Puna, me detuve en cada uno de los cementerios. Entre los cactus, la aridez y el rigor del clima, las tumbas agrupadas emergen como oasis. Están sembradas de flores de plástico y papel barrilete de muchos colores. Y a veces, para que el viento no se las lleve, las rosas artificiales están delicadamente ubicadas dentro de botellas de plástico con una base de arena. Si les da el sol, el reflejo encandila.He pasado tardes enteras mirando las placas de esos lugares, en un ejercicio casi estadístico para ver qué nombres estuvieron de moda en diferentes épocas. A principios del siglo pasado, por ejemplo, en Jujuy era toda una tendencia bautizar a los chicos Cirilo, Medardo y Paila.El mío no es un hobbie muy singular. La escritora Mariana Enríquez publicó un libro de crónicas exclusivamente dedicado a su voyeurismo de criptas y panteones en Alguien camina sobre tu tumba .Menos gótica y más política es la mirada de Nicolás Prividera en la película Tierra de padres , en la que el silencio de La Recoleta se interrumpe con las voces que leen testimonios y cartas de los muertos de la historia argentina.Lo cierto es que después de esas tardes de limpieza junto a mi abuela, no he vuelto a pisar ningún cementerio en calidad de visitante de un muerto querido. Menos en esta ciudad, porque los que no somos de Córdoba no tenemos motivos para conocer sus necrópolis. Pero desde que vivo acá, paso seguido por el cementerio San Jerónimo, lo miro de reojo, y sigo.Nunca me pareció un lugar tétrico y el único rasgo siniestro que noto es esa plazoleta al ingreso, por la calle Pedro Zanni, en la que jamás crece el pasto y hay juegos en los que nunca hay niños. De héroes y tumbas Hace apenas unos días, decido conocerlo y entro con el paso distraído y lúdico de quien camina por un museo. En la entrada, confieso que me siento un poco intrusa y hasta irrespetuosa al ver a grupos de personas que llegan con la caminata plomiza de los deudos. Así que no tengo mejor idea que detenerme en un puesto de flores y comprar un clavel amarillo, como si llevarlo en la mano fuera la credencial para evitar miradas acusadoras. Me quedo un buen rato charlando con el florista, que me explica por qué los crisantemos y los claveles son las flores predilectas.–¿Por qué se llevan menos rosas?–La rosa es más cara y te vive una semana. El clavel sabe vivir 20, 25 días. Si no venís muy seguido, te conviene. Pero si no vivís en Córdoba, por ejemplo, y venís un par de veces al año, nomás, tenés toda esta variedad en plástico.Y con la mano hace un gesto para develar un montón de ramos de flores exóticas, inverosímiles para el clima cordobés, pero las únicas con probada vida eterna.Si la vitalidad de las florerías es la antesala del cementerio, apenas ingresás hay una fuente muy años 1960-1970, de venecitas azules, en la que nadan un par de peces naranjas excedidos de peso, a pesar de que un cartel advierte que está prohibido tirarles pan.El agua de la fuente se mancha de repente de gotitas. Empieza a llover, así que saco un paraguas y recorro despacio los pasillos. La imagen es un poco deprimente: una mujer con paraguas, con un clavel enclenque paseando por un cementerio en el que no tiene a quién visitar. Podría ser la escena melancólica de una mala película argentina de la década de 1980.Igual, nada me resulta sombrío. Aunque el día es gris y estoy rodeada de tumbas de desconocidos, los naranjos que se asoman entre las piedras le dan un aroma cítrico al paisaje. Hasta que veo una pila de naranjas podridas acumuladas al pie de un tronco, casi tropiezo con el cadáver de una paloma y me brotan repentinas ganas de irme corriendo a mi casa.Lo que más me sorprende del cementerio, primero, es que, como todas las necrópolis, el diseño urbanístico recuerda al de un barrio residencial: las calles están señalizadas, hay edificios de ladrillo visto donde los ataúdes forman pisos de condominios, y nichos del tamaño de un monoambiente actual.También hay criptas derruidas, con vidrios quebrados y telarañas que parecen de utilería, de las que no cuesta imaginar que podría asomar Nosferatu. Muchos de los nombres que usamos a diario para encontrarnos en esquinas de la ciudad se repiten en mausoleos, formando el legado de la Historia con mayúscula de Córdoba: Rafael Núñez, Arturo M. Bas, Telésforo Ubios, Mariano Fragueiro. Tema de nichos Pero son más interesantes los nichos en los que uno tiene que adivinar una historia con minúscula. Hay una colección de placas con escudos de Talleres y Belgrano, por ejemplo. Y una tumba sencilla empapelada de stickers de Hello Kitty y otros motivos infantiles, que me da escalofríos. Algunos nichos tienen pegado un cartel amarillo que escracha a los morosos y les pide que pasen por administración. También descubro una cripta a la que en mis categorías le cabe el adjetivo de hermosa: en lugar de estar rodeada de ramos de flores, está enmarcada en una jungla de helechos, potus y plantas en macetas que la cubren amorosamente. Hay panteones de refinado diseño clásico, otros que parecen cápsulas espaciales y algunos muy curiosos, como uno imponente que tiene en la puerta un relieve que recrea a un faraón egipcio, y otro muy simple, de diseño oriental, con los nombres Tamaki y Oshiro.En vano trato de encontrar la tumba de Jardín Florido o alguna con inscripciones masónicas (leí que están acá, algunas en el cementerio de los disidentes), pero llego al insólito mausoleo de Oscar Cabalén, ornamentado con un casco de automovilismo plateado, dentro del cual hay un par de rosas blancas.Camino cerca de una chica que se aferra a un plumero y se queja ante otro limpiador de que el viento tiró anoche los floreros de vidrio. A ella le pregunto por las tumbas célebres, los Jim Morrison del San Jerónimo.Me indica que, además de Cabalén, otro de los más buscados es Manolito Cánovas, fundador de Trulalá. Me cuesta llegar: está en uno de los edificios de las cofradías. Pero en la entrada, con mucha amabilidad, otra chica me indica el recorrido a lo largo de varios pasillos, en el primer piso.El modesto nicho tiene una foto del músico, flores de colores, placas, un arito femenino que alguien dejó como ofrenda e inscripciones espontáneas hechas con fibras. Alguien, en 2007, escribió el mejor de los epitafios: "Trula, si tocaras en el cielo, moriría por verte".Camino un poco más, ya deja de llover, y veo de lejos una guitarra posada sobre uno de los muros. Es, en realidad, la escultura de una guitarra, apoyada sobre la tumba del Chango Rodríguez. Está rodeada de placas flamantes, colocadas el año pasado, en el centenario del natalicio del cantor.Durante años viví a pocas cuadras de su histórica casa en barrio Alberdi y recuerdo ahora que siempre tuve curiosidad por conocerla. Leo de cerca una de las conmemoraciones y descubro una inesperada sincronía. Al día siguiente de mi visita, el 31 de julio, el Chango cumpliría 101 años. Así que, sin pensarlo mucho, dejo sobre la guitarra el clavel amarillo que todavía tengo en la mano.