Videla, Pilatos y la Torá
El mayor responsable de las desapariciones en nuestro país, paradójicamente, “desaparecerá” de la faz de la Tierra sin haberse hecho cargo de sus aberraciones. Marcelo Polakoff.
Las ironías de la historia, en algunas ocasiones, cobran carácter macabro.
¿Quién hubiera dicho –décadas atrás– que aquel presidente de facto, general de pacotilla devenido en captor del sillón de Rivadavia, ladrón de niños y asesino de compatriotas, no tendría ni un postrer descanso?
¿Quién habría imaginado lo difícil que le resultaría a su familia encontrar tan sólo una pequeña parcela para enterrar al autor de la siniestra frase “mientras sea desaparecido, no puede tener un tratamiento especial: es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido; frente a eso no podemos hacer nada”?
El mayor responsable de las desapariciones en nuestro país paradójicamente “desaparecerá” de la faz de la Tierra sin haberse hecho cargo de sus aberraciones, llevándose consigo múltiples datos e informaciones que podrían haber aquietado al menos un poco de tanto dolor y de tanta pérdida...
El tiempo y las circunstancias suelen alterar conceptos y costumbres, al punto de llegar incluso a pervertir su sentido original.
En este caso, su cobarde “frente a eso no podemos hacer nada” requiere que revisemos la famosa idea de “lavarse las manos”, que tan conocida hizo Poncio Pilatos al iniciarse la era cristiana.
Desde aquel general invasor de Judea hasta este despreciable general argentino, dicha frase ha sido entendida como el equivalente más preciso del no hacerse cargo, justamente la idea más alejada de su sentido original.
Es muy impresionante leer en la Torá cómo se presenta este concepto. Se halla en el capítulo 21 del Deuteronomio, cuando se describe el ritual para el caso del hallazgo de un cadáver en la mitad del campo, del que nadie sabía cómo había sido su deceso.
¿Qué se hacía? La Torá indica que los sacerdotes de la ciudad más cercana, junto a los ancianos del lugar, sacrificaran allí una becerra y le dieran sepultura al difunto. Aunque eso no es todo, pues ahora viene lo esencial. Debían lavarse las manos mientras pronunciaban la siguiente oración: “Nuestras manos no derramaron esta sangre y nuestros ojos no vieron (lo que sucedió, cómo murió)”.
Increíble. Aparecía en la mitad de la nada un cuerpo sin vida y, en lugar de seguir de largo, había que hacerse cargo. Y el lavado de manos, aun cuando implicaba declarar que esas manos nada tuvieron que ver con esa muerte, era el símbolo más ostensible para afirmar que fueron justamente esas manos las utilizadas para darle un entierro adecuado. Para no ser indiferentes, sino todo lo contrario: responsables.
Videla ha desaparecido. Y la Nación Argentina, que con altibajos sigue aprendiendo a hacerse cargo, le concedió la gracia –y su derecho– de ser sentenciado por la Justicia para morir en la cárcel, como debe suceder con los criminales de alto vuelo. Y, por supuesto, también deberá tener su sepulcro, aun a escondidas de la oprobiosa mirada popular.
Ojalá que esta muerte tan simbólica impulse a nuestra sociedad a seguir en la senda de la responsabilidad, lavándonos las manos solo después de habernos hecho cargo –con verdad, con justicia y con paz– de todos los que se sirven de los poderes públicos para cualquier otra cosa que no tenga “el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino, invocando a la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia...”
*Rabino, integrante del Comipaz.

