Uno a cero
Desde que nací, me gusta el fútbol. Aprendí a caminar pegándole a una pelota.
Desde que nací, me gusta el fútbol. Aprendí a caminar pegándole a una pelota. Con los chicos de la cuadra, jugábamos en un baldío donde nos juntábamos desde la siesta y hasta que oscurecía. A esa hora aparecían las madres que, sin saber quién era quién, gritaban: “¡A caaasa, a bañaaarse!”
De más grandes, pasamos al Polideportivo; empezamos a competir con equipos de otros pueblos. Ya usábamos camisetas y algunos hasta tenían botines.
Yo era buen alumno, pero lo único que me importaba era el fútbol. Me ilusionaba llegar a probarme en algún equipo de la ciudad. Imaginaba una cancha con tribunas, mucha gente y mis viejos mirando.
Tenía 9 cumplidos cuando empezamos a jugar los campeonatos regionales. En mi equipo, estaban “el Zurdo”, “el Conejo” y “el Panza”. Eran mis mejores amigos y yo sabía que, sin decirlo, soñaban lo mismo.
Cuando salimos campeones, nos invitaron al torneo infantil, el de la tele. En la primera temporada, quedamos quintos. Yo siempre jugué de defensor; “duro pero hábil”, decía mi papá; “impasable”, decía mi abuelo. Al siguiente año, salimos subcampeones: ¡no lo podíamos creer! Cuando llevamos la copa al pueblo, nos recibieron como héroes. Es que todo lo que viene de la ciudad parece más importante.
Después pasó lo que pasó. Llegaron unos señores de una escuela de fútbol buscando jugadores. Me vieron entrenar, dijeron que tenía futuro y me invitaron a practicar con ellos. Me puse loco de contento; pero, claro, había que mudarse a la capital.
Después de muchas discusiones, mamá y papá decidieron que probaríamos por un tiempo. Podía quedarme en casa de mis tíos, y papá viajaría los fines de semana.
La condición era que siguiera estudiando (acepté enseguida). Lo habían elegido también al “Zurdo”, pero sus papás no lo dejaron. Eso me puso triste.
Al comienzo, no me hallaba, sentía que todos se movían más rápido que yo; pero con las prácticas me fui adaptando.
Nos enseñaban cómo pararnos en la cancha, cómo defender mejor, siempre cuidando la pelota. Hasta aprendí algunas “mañas”.
Era distinto al fútbol del pueblo, donde sólo corríamos con la pelota. Yo trataba de recordar todo y me mataba en los entrenamientos. Esperaba figurar alguna vez en el equipo, aunque fuera en el banco.
Mi papá llegaba los viernes con comida hecha por mamá (“para que no me pusiera flaco”) y se volvía los domingos. Creo que tantos cambios lo pusieron nervioso. Al poco tiempo ya gritaba al costado de la cancha; se enojaba por cualquier jugada y hasta insultaba.
Por fin, un día me avisaron que jugaría mi primer partido de campeonato. Lo primero que hice fue llamar a casa; ese domingo mi papá no podía faltar. Le agradecí todo lo que había hecho y le aseguré que no le iba a fallar. Iba a ser el mejor defensor, “duro pero hábil”, como dice él; “impasable”, como dice el abuelo.
Nos tocó contra uno de los mejores equipos; todos eran enormes. Desde el comienzo, el 9 de ellos, muy rápido, probó un par de veces al arco. Ahí fue cuando mi papá empezó a gritarme. Yo levantaba la mano pidiendo que no me distrajera, pero insistía. Le rogué que, por favor, se callara, pero él seguía.
El primer tiempo terminó 0 a 0. El entrenador ya no hablaba de estrategia; sólo pedía más fuerza, más ganas. “Hacemos un gol y nos metemos abajo”, dijo.
Faltando dos minutos, el 9 encaró el área. Lo enfrenté bien, pero en ese momento escuché la voz de papá: “¡¡¡Hachalo, hachalo!!!”
Perdimos uno a cero. Por mi culpa; no pude pararlo al 9. Pero tampoco pude hacharlo; yo no soy así. Y tampoco soy un maricón, como dijo papá.
No sé si quiero seguir jugando.

