Turno tarde
En las memorias pedagógicas de las escuelas, puede rastrearse “en términos generales” el fenómeno de que, por la mañana, asistían los alumnos de una condición económica holgada. José Luis Lázaro.
Una traducción de la Biblia al latín y, posteriormente, al castellano, conocida con el nombre de "Vulgata", de fines del siglo IV, curiosamente introdujo en uno de los Salmos una entidad que dio en llamar "el espíritu que circunda a mediodía". A partir de ese horario, se creía que este espíritu actuaba en el hombre, provocando sueño y apatía. Desde tiempos lejanos, el hombre sintió que a medida que pasaban las horas, su cuerpo sufría ciertos cambios, de los que no podía dar cuenta de otro modo que no fuese a través de sus creencias religiosas.En la modernidad, aparecieron estudios, de la medicina, primero, y luego de la cronobiología, referidos a cómo los ritmos biológicos del organismo se relacionan y se afectan mutuamente con los procesos del rendimiento físico y psíquico.Desde otros enfoques, se estableció que después del mediodía la actividad decrece, pues el organismo cambia su reloj biológico. Prejuicio de larga data. Diversos relatos pedagógicos dan cuenta del rendimiento de alumnos y profesores después de la mitad del día. Además, la narrativa de las instituciones educativas muestra que, "al atravesar el mediodía", comienza "otra escuela".Tanto es así que, en otras épocas, el turno de la mañana se reservaba para los alumnos más lúcidos, con mejores promedios y disciplina.Compleja práctica que, además, sumó el "mandato" de que en ese horario se privilegiaba el acceso de un estrato social económicamente más sólido.Así, en las memorias pedagógicas de las escuelas, puede rastrearse "en términos generales" el fenómeno de que, por la mañana, asistían los alumnos de una condición económica holgada, y se reservaba la tarde para sectores más populares.La circulación de esta disposición se imprimió siempre desde el currículum oculto. Estos y otros factores alimentaron la idea de que la mañana era sinónimo de "organización de escuela". Un lugar devaluado. Si bien lo dicho hasta aquí no tiene carácter taxativo, evidencia la lógica de que "a la tarde los chicos estaban desmotivados, revelando rasgos de vagancia e indisciplina". Se construye así un imaginario significativo, alimentado por la separación social realizada y que hoy sigue vigente en las representaciones y en las "decisiones" que se toman en las escuelas, lo cual ocasiona no pocos problemas de discriminación y de exclusión hacia ese turno.Los imaginarios se fundan desde diferentes lugares y, una vez instalados, son muy difíciles de erradicar.Hoy, el turno tarde es la construcción simbólica de un lugar devaluado a consecuencia de prejuicios y de juicios de valor desacertados, abonado por el discurso, en ese sentido, de adultos responsables de escuelas.Para citar un ejemplo, la madre de una alumna de una histórica escuela pública de la ciudad de Córdoba dice: "No son pocos los directivos, profesores, maestros y padres que discriminan y segregan a los alumnos según el turno al que asisten".Señala, además: "Frases como las siguientes se encuentran en las puertas de los establecimientos escolares: 'Hay vacantes sólo para el turno tarde; por favor no insista, el turno mañana ya está completo'", y cita palabras de directivos de escuelas: "Su hijo es un alumno sumamente indisciplinado, desobediente y contestador; la escuela ha decidido, para darle otra oportunidad, pasarlo al turno tarde, como último recurso para que mejore su conducta".Otra madre sostiene: "Un directivo de una escuela pública de un selecto barrio de Córdoba me decía, mientras limpiaba una pared escrita en la entrada a la escuela: 'Estas son obras de los inadaptados de la tarde'". Nuevas políticas. En los últimos años han aparecido posturas con líneas de acción orientadas a combatir las desigualdades educativas. Uno de esos enfoques pone el acento en la "justicia educativa", enunciado que se imprime en la ejecución de nuevas políticas para luchar contra las diferencias en el espacio escolar.En ese sentido, este año, el sociólogo Axel Rivas disertó en Córdoba sobre aspectos fundamentales para que la escuela no siga fracasando. Se refirió a principios tales como la importancia de rediseñar de raíz un sistema educativo que tendió originariamente a relegar a los sectores populares, a examinar las características diversas de los alumnos que deben gozar de igual estatus y a propiciar una transformación en los esquemas de representación e interacción, proclives a subordinar a ciertos tipos de actores, tanto a través de los discursos y prácticas como mediante el formato escolar, para que en las prácticas de enseñanza sean todos reconocidos. Sin embargo, la realidad instala un relato de escuela que se resiste a incluir a los "no escolares", en términos de Roxana Levinsky. Contra la desconfianza. En este escenario, la escuela nos convoca con nuevas urgencias: una de ellas, y de carácter relevante, quizá sea la de excluir al demonio de la desconfianza, el único que parece habitarla después del mediodía. Desconfianza que paraliza e impide actuar, instalando un manto de sospecha sobre sujetos y acciones, y descalificando toda posibilidad de reconocimiento de una escuela en plural.En ese sentido, son decisivas las políticas públicas, de la mano de gestiones concretas de directivos, docentes y padres.Una experiencia valiosa, entre nosotros, es la implementación de la jornada extendida en las escuelas primarias, lo que habilitó, entre otras cosas, un favorable intercambio entre los alumnos del turno mañana y los del turno tarde.Pero si a la desconfianza en las escuelas le seguimos sumando descalificaciones y estas son homologadas por quienes deben velar por la justicia en las instituciones educativas, la pedagogía seguirá desapareciendo del universo escolar y, por consiguiente, la escuela quedará impugnada.Si este es el camino, definitivamente no hay retorno.

