Tras la pista yamaní
Ir a comprar arroz yamaní en Córdoba puede ser una gran aventura. Publicaciones anteriores de la serie Días contados.
La estela de vitel toné, arrollados, asados, garrapiñada y demás bombas que dejan las Fiestas en las heladeras de los hogares argentinos puede ser fatal. Apenas empezaron a menguar esos cadáveres navideños, decidí hacer un shock de alimentación sana. No soy particularmente adepta a la comida microbiótica, pero muní la heladera de frutas y verduras; y las alacenas, de galletas Frutigran y pan con semillas. Faltaba un detalle, así que fui a la tienda más cercana que vende comida a granel y pedí arroz yamaní, pero no tenían. Así empezó el problema.Si bien conozco a fundamentalistas que después de ir dos días a un nutricionista con apellido extraño aseguran que es posible sobrevivir meses en un búnker sólo con raciones de yamaní, no es mi caso. Me convencieron de probarlo unas amigas hace unos años, jurándome que era supersaludable y delicioso.En ese momento, me parecía imposible que ambas cualidades convivieran (y ya me habían engañado con esas galletas de arroz que tienen textura y sabor a telgopor). Pero probé el yamaní en casa de una de ellas y, al final, me pareció que estaba bien, aunque deseé no tener que sobrevivir nunca en un búnker.La primera vez que lo compré fue al frente de un departamento de barrio Alberdi en el que viví varios años. Había una diminuta tienda de esas que todos llamamos "chinas" aunque no sepamos si efectivamente lo son. Solía ir apenas cobraba mi sueldo de pasante, a hacerme "el regalo del mes".Era el único lugar donde podía adquirir objetos innecesarios a precios accesibles y, por entonces, tenía debilidad por todo el inventario, debilidad de compradora compulsiva de bicocas que ya superé.De esas épocas, conservo tesoros como la "manito rascadora" (tan útil como triste para los que viven solos); varios estuches y cajitas forrados con la tela de los vestidos que usa la chica de la película Con ánimo de amar , y adornos decorados con dragones, monedas y flecos.El dueño de esa tienda era un señor de unos 50 años, de piel arrugada y ojos rasgados. Siempre estaba en la caja, muy callado y sonriente, y apenas habíamos cruzado un par de palabras referidas a las mínimas transacciones que hacíamos (compras que nunca superaban los 20 pesos).La vez que me llevé aquella bolsa de yamaní, le pregunté cuál era la mejor manera de cocinarlo. Me miró fijo por unos segundos, con expresión de equilibrio interior, tomó aire y se limitó a encogerse de hombros. "Ni idea", dijo.En ese momento, sentí que la milenaria sabiduría oriental se hacía trizas en esa respuesta simple. Y pensé que quizá el señor cenaba en el McDonald's de la esquina.Ese es el problema que tenemos con la cultura oriental: ignoramos tanto sobre el tema que la reducimos a un par de estereotipos. Usamos frases como "paciencia china" o "plan chino", pero nunca nos detenemos a pensar por qué. Y le adjudicamos el conocimiento del maestro Yoda a un hombre que vende lo que le permite el mercado, pero no tiene por qué consumirlo.Nos sucede a todos: en un viaje, conocí a un norteamericano que se escandalizó porque era argentina pero no sabía bailar tango. Santo alimento Regreso a los días posfiesta. Como no encuentro el preciado yamaní, voy al Centro una mañana a buscarlo. Lo curioso de los negocios que venden alimentos naturales es que suelen convivir con santerías, como si comer sin carne y rezar fueran cuestiones de fe. Entro a una de esas tiendas en avenida Olmos, saco un número y espero. El lugar está repleto de vírgenes de yeso, jabón y cera, con gesto piadoso o sufriente, de las que brillan en la oscuridad (miedo) o de las que cambian de color según el clima (más miedo).Me atiende una chica joven y le pregunto si tiene lo que busco. Pero no le queda más. Me da vergüenza irme sin comprarle nada, así que me llevo unos sahumerios de jazmín, envueltos en un paquete con un dibujo de Krishna y una frase de Confucio que dice: "Se puede quitar a un general su ejército, pero no se puede quitar a un hombre su voluntad". Lo interpreto como una señal y sigo caminando en busca de mi objetivo.Unas cuadras más adelante llego a un negocio que, aunque desde afuera parece pequeño, por dentro es enorme. Tiene un altar donde conviven enormes figuras del gauchito Gil, San la Muerte y San Cayetano, como si fueran merchandising Disney.Hay todo un estante con lociones y ungüentos maravillosos: "Cortaenvidia", "Atrapanovios", "Los siete machos" (ese viene con feromonas, según la caja). Hay jabón de azufre (ignoro, pero adivino para qué es). Creo que el diseñador del packaging es un artista y que sus mejores obras son el fluido "Vence todo" (con el dibujo de un Cristo que abre los brazos sobre una casa de familia) y la crema "Conmigo nadie puede" (con la imagen de un hombre de torso viril y peludo). Todos son industria argentina.También hay elefantes de cerámica para poner el billete en la trompa y Budas obesos de piernas cruzadas. Pero no tienen yamaní. Para no irme sin nada, me llevo unas velas aromáticas, que nunca están de más.El faltante de arroz empieza a inquietarme. Imagino que no fui la única con la idea del shock nutritivo y que el abastecimiento del preciado cereal se agotó porque un montón de personas salieron corriendo después de Año Nuevo y se llevaron todas las reservas. O que la comunidad china de Córdoba algo sabe y está haciendo acopio para prevenirse de la inflación.Pero insisto en un nuevo comercio que vende de todo. En el ingreso, un cartel advierte que hay cinco cámaras de seguridad y me piden que guarde mi bolso en un locker . Obedezco las órdenes de una chica de pelo color Jessica Rabbit, que tiene pestañas tupidas como un escobillón y las uñas esculpidas y larguísimas, adornada cada una con un diamante que sería considerado grande para un collar.En las góndolas, hay desde juguetes (sólo en un par de años sabremos cuánto mal le ha hecho a toda una generación la invasión de minions) hasta ropa y vajilla.Me decepciona descubrir que los gatos de la fortuna son a pila (de ahí viene la energía que les mueve el brazo) y encuentro unas bonitas sandalias que en la plantilla tienen unos botones que "activan puntos de acupuntura". No creo que sean más cómodas que las crocs, pero seguro más lindas.Un hombre viejito y flaco ejerce de insólito guardia de seguridad y empieza a mirarme con atención cuando pasan varios minutos. Me intimida, así que, aunque no encuentro mi arroz, compro un abanico muy barato, ilustrado con geishas. Al lado de la caja, hay una pila de papeles, fotocopias con fotos de actores y deportistas, junto a textos con ideogramas. Mientras los miro, la cajera me dice: "Este es el periódico de ellos". Y señala con la mirada a una mujer que debe ser su jefa, una señora de rasgos orientales que habla por celular en un idioma que, aventuro, es chino. –¿Y esto está escrito en chino? –pregunto a la cajera.–Sí, claro, se lee así –responde, y desliza el dedo desde el primer ideograma hacia abajo, en un texto que presumo es de cine porque acompaña a una foto de Jennifer Aniston. Intuyo que sabe menos del tema de lo que asegura.–¿Y vos entendés algo? –le vuelvo a preguntar.–Nooo, nada, le tenés que preguntar a ellos –agrega, y vuelve a indicarme con un movimiento de cejas a la mujer del celular, que sigue hablando. Me quedo un buen rato esperando que corte para preguntarle sobre el periódico, pero no termina su conversación.¿Dirán algo esas noticias del faltante de arroz? ¿Por qué está desabastecida esta ciudad? ¿Cuál es el misterio del yamaní? Misterio resuelto Voy por el último intento a una de las tiendas históricas del rubro. Si no hay ahí, tendré que resignarme. En medio del caos céntrico, el lugar es el oasis de los veganos. Los dueños son una familia oriunda de Taiwán, pero el stock es la mayor expresión del sincretismo culinario: condimentos para platos tailandeses, té helado made in China, polvo para hacer couscous, sopas japonesas, nachos mejicanos y yuyos serranos. Tienen masajeadores de madera al lado de mates criollos.Cerca de mí, una pareja de clientes discute, con una lista en la mano. El hombre le dice a la esposa que no entiende si los fideos de arroz son fideos o es arroz. La mujer lo reta, avergonzada, y le pide que baje la voz. Llego al sector que me interesa, pero no encuentro lo que busco. Sólo hay quínoa, alpiste, trigo, mijo y otros granos con los que no sabría qué hacer.Una señora mayor pasa apurada hacia el depósito. Me quedo con el gesto de pregunta a medio camino. Más allá hay una chica joven, descendiente de taiwaneses, que está en la caja. Y le pregunto cómo es posible que no haya más arroz yamaní en esta ciudad.Finalmente, es la primera en erradicar la duda, con una explicación de lo más sencilla: hay que esperar hasta la próxima cosecha; con suerte, en marzo llega. Pero como se cosecha en Entre Ríos y las inundaciones complicaron todo, quizá tengamos una larga temporada de abstinencia.Le agradezco y aborto la misión. La chica es tan amable que me da cosa irme sin nada, así que me llevo una salsa de soja con una etiqueta escrita en ideogramas, pero que en letra chica y en español dice "Hecho en Vicente López".Me quedo pensando en lo poco que sé de la vida cotidiana en China, más allá de las películas que vi, los sacapuntas que usé en la primaria y las noticias económicas que leo cada tanto. Pero nos une el arroz, por tonto que suene.Y otra cosa: Córdoba tiene antípodas con China. La mayoría de los países de Europa y del norte de América tienen antípodas que no los conectan con territorio, sino con océanos. Nosotros, no. Si caváramos un pozo en Córdoba, llegaríamos a Anhui, provincia de la República Popular China.Si hiciéramos lo mismo en Entre Ríos, apareceríamos en Shangai. Quizá algún día un túnel en Alberdi nos lleve hasta allá. Por suerte, ahora es imposible; si no, cruzaría el planeta para comprar arroz.

