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El tiempo que vivimos

Ese país que floreció en las urnas del domingo pasado es, posiblemente, el que se había asomado en aquellos conmovedores días del Bicentenario. Alejandro Mareco.

30 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
El tiempo que vivimos

Hace apenas una semana hubo otra Plaza de Mayo de multitudes, pero fue diferente de las que conocíamos: en la noche de las elecciones, había niños en brazos de sus mayores celebrando el resultado. No había miedo, ni por derecha ni por izquierda; sólo entusiasmo. El tiempo que vivimos es otro tiempo. Lo sabrán tantos jóvenes que acaso huelen el perfume de la historia como quien huele la primavera. Lo sentimos muchos de los que hemos vivido medio siglo, más y menos, y que casi no teníamos otra conciencia que la que fue marcada por el hedor. Es otro tiempo, un nuevo albur argentino. Ese país que floreció en las urnas del domingo pasado es, posiblemente –uno lo dice desde su sensibilidad antes que desde el conocimiento–, el que se había asomado en aquellos conmovedores días del Bicentenario. Hace un año y unos pocos meses una inmensa multitud salió a las calles (fue particularmente visible en Buenos Aires) a celebrar la condición de ser argentino. Vale recordarlo porque al fin el país, en las calles del Bicentenario, mostró otro estado de ánimo. La fecha llegó con el cambio de tiempo. Éramos los hijos de un país maltratado que maltrataba, que de pronto descubríamos un país bueno. Podemos hacer una especie de continuidad episódica: la dictadura de Onganía con la firme resistencia del pueblo (el Cordobazo); Perón en su momento más amargo; terror de izquierda y de derecha; luego, la dictadura más sangrienta, asesina y cruel. Al final, la Guerra de Malvinas. Fuimos un país tan partido que, frente a semejante condición, algunos todavía tenemos el corazón roto y otros aún no se enteraron de qué se trataba. Volvió la democracia y nuestros pesares no terminaban. Veníamos azotados por el miedo y el miedo fue nuestro estigma: la hiperinflación terminó con nuestros orgullos y nos puso de rodillas a votar. Por eso, para aquellos que dicen que entre el voto de los ’90 y el voto de 2011 sólo es cuestión de matices, valdría la pena aclarar que este no es un momento de extorsión. Es que el miedo ha venido comandando nuestros sentidos ciudadanos. Será siempre la gran estrategia de los poderosos. El miedo que se enarbola hoy es que este modelo económico (mientras el mundo central se retuerce en su crisis), y que ha tenido éxito durante ocho años, se desplomará y nos arrastrará al fango. ¿Será posible un apocalipsis más brutal que el apocalipsis neoliberal que hemos vivido y del que ya sabemos tanto? Hoy, al menos, en estos días primaverales de finales de octubre, hay muchos que sentimos que tenemos entre manos, por fin, un buen país. Del otro lado, uno presume, están los que quieren un país bueno para la salud de muy pocos; aunque también hay millones de argentinos que ven las cosas con otros ojos y con las mejores intenciones. Esta semana, además, trajo el recuerdo de Néstor Kirchner. Es muy posible, como especulan algunos, que su muerte tenga mucho que ver con el resultado electoral. Pero, aquí también hay diferentes maneras de ver el tema. Hay quienes señalan una utilización marketinera de la circunstancia; otros defienden que fue un político, el único de la nueva era, que llevó su pasión hasta el límite de descuidar su salud y morir. Lo dicho, es otro tiempo: hay un nuevo albur argentino.