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La testaruda

22 de diciembre de 2019 a las 12:01 a. m.
Natalia Brusa*
La testaruda

Así como los brotes verdes se abren paso entre los bloques de cemento de los puentes; así como la música suena e invita a bailar en los callejones de los asentamientos marginales; así como la risa surge –incontrolable– en el medio de un funeral, así es el impulso de la vida: testarudo.

“Esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”, escribió Václav Havel, dramaturgo y expresidente de Checoslovaquia.

Es verdad que nada sufre el que nada espera, y que quizá las mejores sorpresas de nuestras vidas hayan sucedido cuando nada esperábamos.

Porque la esperanza encuentra su raíz en esperar. Y esperar tiene que ver con una apuesta al futuro.

Hace unos años, releyendo correspondencia que intercambiaban mis abuelos cuando eran novios, hubo una palabra que se repetía y que tenía una entidad muy poderosa en sus relatos. La palabra era “porvenir”.

Mi abuelo trabajaba lejos para construir un “porvenir” para los dos, y ella lo esperaba.

Ahí se enlazan estas palabras: esperar lo que está por venir.

Nos hemos acostumbrado, en este país, a aceptar resignadamente, a no pensar en el porvenir.

En nuestra Argentina, y en esta Latinoamérica incendiada y doliente, los números, las estadísticas, los índices y las proyecciones son los herbicidas de todo brote de ilusión.

“Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”, dijo Gabriel García Márquez cuando aceptó el premio Nobel de literatura en Estocolmo.

Por esto es que el sujeto esperanzado se encuentra siempre lidiando con una de las contracaras de esta ilusión: la frustración que llega cuando lo esperado no sucede. Y de eso sabemos mucho por estas latitudes.

Sin embargo, hay en la esperanza un componente espiritual, casi irracional. Como una pequeña llama que resiste a apagarse en el más cruel de los temporales.

Algo ocurre con ella cuando asoma diciembre y se acerca el fin de año, cuando uno quiere despedir al que se va con ese ritual que implica desear que 24 horas después algo se modifique de manera sustancial.

Los años pasan y uno ya sabe que es mentira, que el milagro del año nuevo es una utopía de calendarios y relojes de arena. Pero sigue aferrándose a las 12 uvas, a la copa de espumante, a pararse sobre la pierna derecha, a la cañita voladora o al globo de papel.

Porque si algo hay que reconocerle a la esperanza es su tozudez. Insiste en abrirse camino a través de las malezas del desánimo y de los rencores acumulados.

Llega la noche vieja, se pone sus mejores galas y aparece “la testaruda”, obligándonos a mirarnos a los ojos y a brindar por un feliz Año Nuevo.