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Quiénes y cuándo

Volvió Daniel Salzano con sus Quiénes y cuándo y es uno de esos títulos que nos enorgullecemos de publicar desde el sábado anterior. Daniel Salzano.

25 de septiembre de 2010 a las 09:10 a. m.
Daniel Salzano
Quiénes y cuándo

Los maestros cantores del bar sorocabana

Estoy en el bar Sorocabana / frente a la plaza San Martín / escribiendo solamente lo que veo / dos ancianas comparten un biscuit / las medialunas se desplazan a lomos de elefante / a ver si empezamos diciendo la verdad / esta parte de la ciudad me vuelve loco. / La calle San Jerónimo divide el centro en dos mitades / allá y acá / las mujeres estuvieron siempre allá / el clearing allá / el 80 por ciento de la renta allá / para acá la eternidad / el musguito / las camisas de cuello pegajoso / la lotería / tengo el 25 la gallina / tengo el 34 la cabeza. / Vaya la mía una manera de vivir / con los tobillos cruzados debajo del asiento / atención entra un hombre llevando una valija / atención entra una mujer de tacos finos / le miro las rodillas / descubro las cicatrices de su infancia / una mosca se hace la loca por el aire. / El mozo me dice maestro / yo le digo maestro al mozo / ¡ea ea somos los maestros cantores del Sorocabana! / un buen bar para practicar el clasicismo / para ser terriblemente muchos / no hace falta que presente a las personas de la barra / subidas a los banquitos de madera. / Eso es lo que me gusta de los bares / que cada vez que se abre la puerta / se produce una persona. / Repasemos entonces / el señor de la valija / el 25 la gallina / la mujer de tacos finos / los elefantes / así voy por la vida / viajando en el expreso de la calle San Jerónimo / estoy seguro que hace cuatrocientos años / Jerónimo Luis de Cabrera pasó por esta esquina / y algo / malició en el aire.

“Tegobis”

Y después estaba el asunto ése del sexo, del cual, exceptuando al gordo Delilo, ninguno de nosotros sabía absolutamente nada. A Delilo le preguntabas la tabla del cuatro y al llegar a la mitad tartamudeaba derrotado, pero en cambio sabía muy bien lo que se obtenía de la cruza entre un burro y una mariposa.

Por aquellos días, el hit que dominaba la inocente pasión nacional era una foto de la actriz italiana Gina Lollobrigida. Gina Lollobrigida en bolas. Gina Lollobrigida en bolas, caminando al lado del general Perón mientras ambos descendían las escalinatas del casino de Mar del Plata.

Bueno, Delilo la tenía.

Ese tipo de sujeto era Delilo, un niño que olía a pan con grasa y que movía el pescuezo como un gangster. El gordo te hacía una seña en el recreo y en el patio más remoto del colegio –debajo de la higuera– desenvolvía una foto tamaño carné envuelta en papel de barrilete. Vos querías observar en silencio la imagen que tenía en vilo a la Nación, pero el gangster no lo permitía. No sólo no te la dejaba tener ni acercar a los ojos, sino que tenía preparado un discursito del que ningún cliente se salvaba. Según Delilo, no es que la Gina hubiese estado verdaderamente desnuda, sino que ese día llevaba puesta lencería de nailon y si –Delilo dixit– a una mina que va vestida de nailon, le sacás una foto con rayos “infrarrojos”, sale desnuda. Como Clark Kent.

“Mirale los melones”, recomendaba el cicerone mientras, libidinosamente, chupaba el aire entre los labios, tssssst, y después, antes del cierre, te daba de propina un último consejo:

–Mirale los tegobis.

–¿Los tegobis?

–Claro, gil, por ahí salen los hijos.

A la mañana siguiente, volvías con otra moneda de 50, porque durante la noche habías soñado con los tegobis de la Gina y querías verlos una vez más, pero resulta que Delilo había clausurado el negocio cinematográfico para hundir las manos del delito en el curro de los reflejos: colocaba un espejito en el suelo, debajo de la maestra propiamente dicha y, ubicado estratégicamente desde un ángulo imposible, decía que era factible y muy recomendable mirarle la chabomba. ¡La chabomba a la maestra!

La chabomba protegía a los tegobis.

Mirar la foto de Gina costaba 50 centavos y mirar por el espejito costaba el doble.

Melones, tegobis y chabombas, los grandes secretos de la vida.

Balotage

La única vez que vi llorar a mi papá / fue un domingo / al atardecer / Estábamos escuchando la radio / en la galería / Déjenme que les diga un par de cosas / de la galería: / desde ahí se podía ver el África / dalias / begonias / gallinas / y un viento de grandes mariposas / Quiero decir que mi papá terminaba de fumar / arrojaba el pucho de un tincazo / y caía en el corazón del continente negro. Mi papá era el ferrocarrilero / más fuerte / más poderoso / del Belgrano, pero ahí estaba / sentado a mi lado / llorando con los ojos abiertos / Tenía puesta una camisa de combói / y las lágrimas desaparecían / absorbidas por el cuello / Cualquiera en mi lugar lo hubiera abrazado / hubiera ido a la cocina a buscar un trapo humedecido / pero yo no / A los ojos / lectores / hay que dejarlos hacer / lo que se les canten las pelotas. Llega un momento / en que a los hombres se les llena de tal manera el corazón / que el fierrito que llevamos inserto detrás del lagrimal / cede / y los ojos se desbordan / ¡Oh! / que nadie se confunda / Su llanto no era el de un hombre a quien el granizo le ha destrozado la capota / era el de un hombre que a los cuarenta cincuenta sesenta años / advertía que al África no se llega nunca / que haga lo que haga / saldrá el sol / todo seguirá siendo igual que antes. Y si no / ahí tenemos el famoso balotaje del 18 / No es lo que queríamos votar / no es lo queríamos hacer / no es lo que queríamos elegir / Hagamos lo que hagamos / todo seguirá siendo igual que antes / Al África / papá / no llegaremos nunca. A las manos / cuando escriben / lectores / hay que dejarles hacer / lo que se les canten las pelotas.

Manzanero

De no haber sido porque hace casi dos siglos entre Vicente López y Blas Parera compusieron el Himno Nacional, y aprovechando que Armando Manzanero estuvo en Córdoba anoche, podríamos haberle pedido un proyectito sustituto. Así, en lugar de cantarlo de pie y en posición de firmes, lo bailábamos “amuraditos”.

Y al primero que pregunte de qué Manzanero estoy hablando le retiro el saludo y no vuelvo a dirigirle la palabra.Manzanero, loco, Armando, o mejor dicho Armanditito, porque el rey del bolero no es mucho más alto que Laciar y cuando toca el piano no hay sólo que subirle la banqueta, sino bajarle el piso. ¿Qué más? Fuma puros. ¿Y qué más? Dice que el bolero es una cosa muy jugosa. ¡Jugosa!

¡Un Himno Nacional jugoso, eso es lo que necesitamos para el tricentenario!

Al primer bolero, consta en actas, lo escribió hace 115 años un cubano, Pepe Sánchez, y se llamaba Mi amor. Amor / mientras puedas / deja viva la última llama. Jugosón.

Vamos, Salzano, mencione ahora mismo un par de nombres que el hombrecito del puro legó a la masmédula sentimental de la humanidad: Esta tarde vi llover, Sombras, No sé tú, Voy a apagar la luz. Un poco de música del siglo 20 para la noria de los enamorados.

Manzanero nació en México, en Yucatán, que no está muy lejos de la isla de Cuba, el hogar de Pepe Sánchez. ¡Bah!, unos 800 kilómetros, pero nadie contaba con los recursos de Armandito, a quien le bastaba con apoyar el oído sobre los veredones de Yucatán para escuchar lo que tocaban los compañeros en Camagüey, “esta primera copa que bebo para olvidarte / por última vez”.

Armando Manzanero quería más de eso.

No tenía buena voz, calzaba botines del 36 y cada vez que subía a un escenario, el iluminador debía esforzarse para localizarlo, pero cuando cantaba Te extraño, el público se bebía hasta la última gota de su licor. Terminaba y le pedían que siguiera. Contigo aprendí, su opus magnum, se la guardaba para la apoteosis del final. Vamos, “Manzanita”, ¿qué les das?

–Yo a una mujer no intento enamorarla si no sé de antemano que va a decir que sí, aunque tarde en hacerlo.Tardó, sin embargo, en dedicarse a cantar por su cuenta y riesgo. Prefería, en todo caso, componer canciones y dejar que los demás se tomaran el mate. Sinatra cantó cosas suyas. Y Javier Solís. Y Los Panchos. Y Celia Cruz. Y Tony Bennett. Y Shirley Bassey. Y Perry Como. Y Elvis Presley. Y Lucho Gatica. Y Luis Miguel, claro, que entró por la puerta de servicio de Manzanero como Cenicienta y salió por la de adelante, transformado en el Apolo de la cosa.

A ver, cantemos una que sepamos todos: “Adoro la calle en que nos vimos / la noche cuando nos conocimos / adoro las cosas que me dices / nuestros ratos felices / los adoro / vida mía”.

Paga bien, Manzanero. A sus músicos los tiene en la palma de la mano y si la comisión directiva de Sadaic lo hubiera invitado a dar una charla, seguro que aceptaba. Le importa el gremio, lo defiende y cuando hace una década el subcomandante Marcos pegó el grito de advertencia desde Chiapas, Manzanero lo cubrió de elogios y acuñó una frase que hubiera suscripto Maiakovski: “Un hombre social debe ser romántico”.

Pertenezco a una generación de veteranos. Viejos desnudos que en las noches frías, para abrigarnos, sólo tendremos boleros de Armando Manzanero.