El stand up presidencial
Este cambio en el estilo de la comunicación presidencial acompaña el paso hacia un discurso menos ideológico. Claudio Fantini.
Ningún gobernante disfruta de las conferencias de prensa. El ex presidente de Estados Unidos Ronald Reagan ensayó una estratagema para no responder sobre temas urticantes. Invitaba a muchos periodistas para justificar que cada uno tuviera derecho a una sola pregunta, sin poder repreguntar. A quien le planteaba un tema incómodo, le respondía con una evasiva y ya no podía volver a la carga. Cuando la pregunta incómoda llegó y Reagan la eludió, el siguiente periodista preguntó lo mismo, porque advirtió la jugarreta.
El presidente volvió a eludirla, pero del mismo modo actuó el resto de los periodistas, hasta que no tuvo más alternativa que responder. De ahí en más, a Reagan las conferencias de prensa le gustaron menos, pero lo mismo las daba, porque era su deber, no su decisión. Antes y después. En la Argentina, se ha convertido en una decisión personal del gobernante. Néstor Kirchner las reemplazó por un atril con público cautivo, los funcionarios y empleados del Gobierno, que sentados en el Salón Blanco actuaban como claque, la gente que ríe y aplaude detrás de cámara.
Cristina Fernández lo convirtió en algo similar al stand up . En ese género norteamericano, que tiene a Jerry Seinfeld entre sus mejores exponentes, sobre el escenario, solitario y de pie, el comediante discurre con punzante inteligencia en descripciones cargadas de ácido sarcasmo, frente a un público poco numeroso.
La escena que reemplazó a la conferencia de prensa tenía, con Néstor Kirchner, arrebatos de furia que su esposa dejó de lado, primero reemplazándolos por un tono de severa docencia y, finalmente, por las actuales catarsis desenfadadas, en las que la cátedra con dedito acusador cedió el lugar a la ironía filosa, el discurso autorreferencial y la sonrisa sobradora.
La diferencia con el público del stand up es que el comediante puede o no conquistar su aprobación, mientras que el de la Presidenta garantiza la risa y el aplauso.
Esos funcionarios buscan complacientes la mirada de la protagonista y procuran, además, que las cámaras siempre los enfoquen sonriendo o escuchando embelesados el despliegue de inteligencia, esclarecimiento y gracia que brilla sobre el escenario.
Pero lo significativo no es la triste función del público, sino las mutaciones de la presentación unipersonal que reemplazó a las conferencias de prensa.Con sus toques furibundos, los unipersonales de Néstor Kirchner demandaban al público cautivo gesticulación militante; con la severidad docente, Cristina imponía a su platea la atención deslumbrada del discípulo y ahora, con el paso al estilo stand up , lo que impone a sus espectadores son risas y alegría, aun cuando en el escenario haya algún toque dramático, como la exhibición de una herida quirúrgica.Este cambio en el estilo de la comunicación presidencial acompaña el paso hacia un discurso menos ideológico. A contramano de las políticas en marcha, cada vez más marcadamente politizadas, la forma de comunicar diluye esa politización o la carga ideológica que le asignan los difusores del relato oficialista.En rigor, es más sincero el nuevo discurso de la Presidenta, ya que muchas de las políticas que los difusores califican de progresistas también son aplicadas por gobiernos de derecha. No se trata de juzgar si son buenas o malas, sino simplemente de constatar la realidad de que también son aplicadas por liderazgos conservadores. Caso húngaro. Un claro ejemplo es Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que conquistó su reelección con una mayoría abrumadora de votos sobre una oposición enclenque, logrando dos tercios del Parlamento. Con ese poder político, este líder que se considera la derecha de Hungría y reivindica hasta con medidas xenófobas el nacionalismo del pueblo magiar, impuso una serie de reformas políticas y económicas consideradas por la Unión Europea como un giro al autoritarismo.Curiosamente, las medidas denunciadas por la UE son "restar independencia al Banco Central, imponiendo nuevos miembros al directorio"; la nacionalización del sistema privado de jubilaciones, y la obstrucción de los monitoreos del Fondo Monetario Internacional.De nuevo: no se trata de juzgar las medidas en cuestión, sino de la simple constatación de que el líder que las aplica representa a la derecha dura de Hungría.¿Izquierda o derecha? No siempre fue así. Viktor Orbán había sido parte de la juventud heredera del progresismo liberal con que Imre Nagy impulsó la primera rebelión antisoviética en el Pacto de Varsovia. Aquel movimiento reformista y democratizador que antecedió a la Primavera de Praga, fue aplastaba por los tanques rusos que entraron a Budapest en 1956. Imre Nagy fue ejecutado por orden de Moscú y, 32 años más tarde, en un acto que conmemoraba aquel crimen soviético, Orbán fue el joven que pronunció un discurso memorable.Sin embargo, ya democratizado el país, cuando se propuso llegar al poder y gobernar sin necesidad de consensuar políticas, dejó el pensamiento liberal demócrata y abrazó el nacionalismo conservador y tradicionalista.Embanderado en la derecha magiar, Orbán adoptó también otras medidas que, en Latinoamérica, aplican gobiernos considerados de izquierda; por caso, lo que la UE denuncia como "intento autoritario de amordazar a la prensa crítica" y usar los medios de comunicación del Estado húngaro para descalificar adversarios y ensalzar su propio liderazgo.Dejando de lado el discutible tema de los medios de comunicación, otros ejemplos certifican que muchas políticas rotuladas de progresistas en la Argentina son aplicadas por gobiernos de derecha.Lo cual no es ni bueno ni malo. Simplemente, es.
*Periodista y politólogo

