Soñar no cuesta nada, pero da miedo
Fue hace poco. En agosto, durante esos días de calor que hacían prever la llegada del verano por sobre la primavera, aunque de noche se ponía frío. Ya había cumplido con todas las tareas diarias, incluso la fajina previa a acostarme: apagar las luces, revisar si las puertas están cerradas, si las chicas están durmiendo, si los perros están en sus puf. Listo, a la cama. Cerré los ojos escuchando en la tele Grandes inventos de la humanidad . Me quedaban apenas seis horas hasta que sonara el despertador. Me dormí y soñé. Soñé que estaba en la escuela primaria y de pronto aparecía en la "escuelita" (la ex-Escuela de Ciencias de la Información, hoy convertida en Facultad). Soñé que ganaba la lotería. Soñé que me dormía porque el despertador no sonaba. Soñé que se me quemaba la lamparita de la luz baja del auto y que intentaba arreglarla con unos golpecitos sobre el faro.El reloj sonó como todos los días, a la hora de siempre, y recordé con nostalgia mi paso por la escuela y la "escuelita". Me dio bronca ver que la billetera tenía la misma plata (poca) con la que la había dejado la noche anterior. Desayuné, inflé el pecho y salí al jardín. Hacía frío. Abrí el portón, puse en marcha el auto y... estaba quemada una de las lámparas de la luz baja con la que había soñado algunas horas antes. Frío. Me corrió un frío por la espalda... de miedo, no por la temperatura. Salí a las calles cordobesas en dirección al trabajo pensando en la coincidencia entre el sueño y la realidad, y sentía que la noche me atrapaba en su oscuridad de fantasmas, monstruos y otras bestias "asustadoras" de verdad, no como los personajes de Monsters Inc . En esos pensamientos andaba cuando se me vino a la cabeza una noche de baile que fracasó por algo muy especial, muy particular y poco terrenal. La mujer de mis sueños Corría el mes de septiembre de un año muy lejano. Era sábado y la rutina indicaba salida a Jesús María para ir a "discotequearla" a Rojo 7000, un boliche muy de onda en aquel entonces.El rastrojero de Jorge estaba listo. Lavadito y con el tanque lleno de gasoil. Éramos tres, los de siempre, y las ubicaciones no se alteraban: Jorge manejaba, Aldo al medio y yo del lado de la ventanilla. Íbamos bien perfumados y creo que hasta estaba estrenando camisa y pantalón. Hablábamos de nada y de todo. Nos interrumpíamos y no lográbamos redondear un tema en el diálogo que ya surgía otro. Hasta la luz mala fue mencionada y explicada científicamente por Jorge.Decía algo así como que es una fosforescencia producida por la descomposición de materias orgánicas sobre el suelo o enterradas a poca profundidad. También habló del reflejo de la luz lunar en los huesos de vacas muertas. Hablamos sobre la posibilidad de que en medio de la ruta, oscura, muy oscura, apareciera un ovni y nos llevara. ¿Cómo lo explicaríamos después? ¿Qué pasaría cuando nuestras familias notaran que no habíamos llegado a casa? ¿Volveríamos del más allá?Entre luces malas y luces de ovnis, en una parte de la ruta observé que debajo de la luz de un farol había una mujer, como esperando algo. Un colectivo, alguien que la llevara. Esperaba. La mujer esperaba."Pará, Jorge, pará. Hay una mina parada en la ruta, le preguntemos si quiere que la llevemos", grité. Aldo se asustó y Jorge, sin entender mucho detuvo el rastrojero. Me bajé y troté hacia donde estaba la mujer. Pantalón negro, campera negra y un pañuelo negro en la cabeza. Nosotros íbamos al norte, la mujer miraba al sur.Llegué un poco agitado. El rastrojero se había detenido casi a 100 metros. Cuando la tuve cerca y al ver que la mujer no se daba vuelta, le toque el hombro izquierdo con el índice de mi mano derecha. Se dio vuelta y lo que vi me hizo salir corriendo a velocidades impensadas para mi condición atlética. La mujer de pantalón negro, campera negra y pañuelo negro en la cabeza no tenía rostro. Debajo de ese uniforme negro había una mujer sin rostro. Pálida como la luz mala y brillante como –suponemos– son las luces de los ovnis. Sin rostro. Sin nariz, sin ojos, sin boca, sin orejas. Llegué al rastrojero, agitado, transpirando y sólo atiné a decirle a Jorge que acelerara todo lo que pudiera. Fue lo único que pude balbucear. El resto del viaje hasta Jesús María fue un permanente acoso de preguntas que yo no podía responder. Había perdido el habla momentáneamente. El corazón explotaba y bombeaba sangre hasta acelerar el pulso cardíaco. La ruta seguía oscura. Jorge apuraba la marcha hacia el norte. Me di vuelta para mirar hacia el sur y ella seguía allí, de pantalón, campera negra y un pañuelo negro en la cabeza. Comencé a tranquilizarme cuando divisé las primeras luces de Jesús María, y sentí alivio cuando entramos a la ciudad y vi gente vestida con colores primaverales y todas con caras. Podía distinguir rostros humanos. Eso me terminó de calmar.Ya dentro del boliche, los tres sentados en uno de los cómodos sillones que tenía Rojo 7000, Jorge y Aldo, con varios whiskys de por medio, volvieron con la batería de preguntas y yo comencé, de a poco, a contarles paso a paso lo que había vivido. Nunca supe si me creyeron, pero hasta hoy recuerdan que subí al rastrojero gritando, pálido y agitado.Por precaución, Jorge y Aldo decidieron demorar el regreso a Córdoba (lease, hasta la salida del sol) así que del boliche nos fuimos al bar de una estación de servicio a esperar la claridad del día para regresar a nuestros hogares.La historia fue contada numerosas veces por mí, incluso a Jorge y Aldo, que cada tanto me piden que se las recuerde. Ellos aseguran que nunca saqué ni agregué detalles de aquella noche en la que vi por primera (y única vez) a una mujer sin rostro. El miedo, el temor a lo desconocido, me duró bastante, tanto que a partir de esa noche cambiamos los hábitos de salida y nunca más volvimos a Rojo 7000.Nuestra diversión comenzó a girar en los boliches de la ciudad, lugares a los que se podía llegar en el mismo rastrojero pero por calles concurridas, casi todas iluminadas y sin una mujer vestida de negro, sin rostro, mirando hacia al sur, como esperando algo. Jugueteando en la parra Pasé años tratando de convencerme de que había sido un episodio aislado que me dio un gran susto pero que no me generó ningún trauma. La vida volvía a ser real, sin nada sobrenatural. Hasta que una noche primaveral de mi adolescencia divagaba en la cama escuchando música y pensando en nada. ¿Advirtieron que de vez en cuando está muy bueno pensar en nada? Bueno, decía. Era una noche estrellada. Por la ventana de mi habitación se colaba un airecito reconfortante y el olor a jazmín que venía del vecino.Desde mi posición en la cama, pegada a la ventana, podía ver la parra (¿o la vid?) que mi padre cuidaba celosamente todo el año para que en el verano nos proveyera de unas ricas y grandes uvas blancas riojanas. En eso estaba, mirando la parra, cuando advertí que algunas hojas se movían. No había viento, la noche estaba tranquila y entre las hojas que se movían apareció nítidamente un duende.Un duende de carne y hueso (o de lo que sea) se paseaba por las ramas como pancho por su parra. Fueron unos segundos en los que alcancé a verlo claramente hasta que él advirtió que lo estaba mirando y se perdió en el verde follaje de la parra.Mucho tiempo después, le conté la experiencia a mi amigo Luis y él, un estudioso de los duendes y los gnomos, me confirmó la existencia de estos seres y hasta me hizo un detalle de lo que significa cada cosa de su indumentaria. Si el gorro es rojo o verde, si los zapatos son de punta o no, y muchas cosas más. El paso del tiempo Con los años no volví a tener experiencias de estas naturaleza hasta que algunos meses atrás mis hijas empezaron a decir que en la casa había duendes. Que estaban inquietos, que desaparecían cosas, tales como el control del televisor, los anteojos, algún libro y aparecían en lugares inusuales para estos objetos. Anteojos dentro de algún armario; el control de un televisor en la mesa de otro; libros en el mueble de los discos.Una sensación inquietante hasta que surgieron de ellas dos iniciativas: ordenarles a los duendes que cuiden la ventana y poner una taza o un vaso boca abajo para que aparecieran las cosas. Como sea, las cosas dejaron de desaparecer y los ruidos de cubiertos a la noche también cesaron. Pero, como nada dura para siempre, días atrás volvieron los movimientos.Fue en los últimos días de agosto cuando una de mis hijas encontró sobre una silla una chalina que creía haber dejado en la casa de su hermana más grande.La mayoría del grupo familiar (mis hijas y yo) creemos en ángeles grises y la minoría del grupo familiar (mi compañera de viaje) se encarga de refutarnos cada una de las leyendas.Ahora volvió la calma. Termino la jornada y cumplo con la rutina previa a acostarme. Me duermo y sueño. Sueño con todo. Me encanta soñar porque soñar no cuesta nada, aunque a veces da miedo.

