Sin palabras
Son los chicos los que nos permiten descubrir que las palabras no son sólo instrumentos de comunicación; el lenguaje constituye a las personas.
Los chicos nacen sin palabras. Al menos, lo que los adultos entienden por palabras. Aparecen tan desprovistos de lenguaje verbal que, inmediatamente de conocida su existencia, los rodeamos de palabras. Expresiones que condicionarán su identidad, sus vínculos y su destino.
Son los chicos los que nos permiten descubrir que las palabras no son sólo instrumentos de comunicación; el lenguaje constituye a las personas.
La artesanal construcción de la lengua comienza con palabras que, incontenibles, brotan de todo aquel que enfrenta a un recién nacido. El pequeño reacciona, naturalmente, como reaccionan todos los bebés: sólo mirando asombrado lo que este mundo brillante le ofrece. Nueve meses de oscuridad en el útero es una experiencia extrema, que contrasta con los deslumbrantes estímulos del afuera.
No obstante, su capacidad inicial es limitada: no suelen distinguir entre un perchero y un tío, entre un cuadro y su hermano. Poco tiempo después, lograda mejor capacidad sensorial, aparece la primera respuesta de comunicación verbal: los “ajós”. Este sonido agradable, producto de un curioso esfuerzo fonético del paladar, es una primitiva manera de generar simpatía en el interlocutor.
Algo similar a lo que otras crías de mamíferos utilizan como estrategia para evitar ataques. No obstante, los padres asumen que esos sonidos son la prueba irrefutable de que su hijo/a es superdotado/a.
El “ajó” es también fugaz. En poco tiempo, da lugar a otras vocalizaciones, gruñidos y quejidos que, por lo general, expresan demandas de comida, abrigo o abrazos. Todos, finalmente, diálogos infantiles, muy normales.
Las primeras palabras intencionadas aparecen, en los precoces, alrededor de los nueve meses, aunque la mayoría de los bebés vocaliza con precisión después del año de vida. “Las mujercitas hablan antes que los varones”, suelen decir las abuelas. “Y para siempre”, bromean los abuelos.
El lenguaje verbal conseguido durante la primera infancia suele ser, como mínimo, divertido para quienes lo comparten. Los equívocos, las palabras inventadas y los apodos creativos son características inolvidables en esta etapa entre los 2 y 4 años, de insuperable simpatía.
Algunas familias, las más apuradas, proponen aprovechar la capacidad de los infantes y se empeñan en enseñarles a leer y escribir. Muchas instituciones de nivel inicial, también. Se comienza copiando el nombre propio, luego “papá” y “mamá”, palabras accesibles que continúan la lista inicial.
Pocos apresuramientos contribuyen tanto al aburrimiento de estos mismos chicos cuando llegan a primer grado y el programa escolar les propone escribir, algo que ya saben.
Los siguientes escalones escolares intentan contagiar a los estudiantes los misterios de la lengua, su uso y variantes. En sucesivos grados, el rigor docente se va incrementando. De la inicial complacencia para los errores se pasa a una mayor exigencia, tanto en caligrafía como en ortografía.
En los cuadernos, las palabras que los chicos usan a diario ahora se llaman sustantivos, adjetivos o adverbios. El lenguaje, al tiempo que brinda herramientas de comunicación, estimula todas las áreas de la inteligencia. Los aprendientes crecen al ritmo de las oraciones, siempre dispuestas a mostrar sus entrañables sujetos, verbos y predicados.
Los expertos aseguran que el lenguaje coloquial alcanza un punto destacado al final del ciclo primario, probablemente por la docilidad con que los alumnos asimilan, en esta edad, las reglas gramaticales y las utilizan.
Durante los años de secundario, los adolescentes prefieren encriptar su idioma, a fin de diferenciarse. Con ello pretenden quedar a salvo de los mayores, que piden “buena pronunciación, porque así no se entiende”.
Este largo camino en el aprendizaje de la lengua nos distingue de otras especies animales. Hablar es, sin dudas, humano.
¿Y todo para qué, decime? A vos te hablo.
¿Para que vuelvas de tu viaje de estudios, después de tantos días sin vernos y lo único que tengas para contar es “todo bien”?

