Se dice de mí
Los pueblos jóvenes como nosotros hemos tenido que inventarnos para salir al ruedo de la historia y, entre los barquinazos que marcaron mojones en el camino, hemos, al fin, trazado un ayer.
Es posible que en la mayoría de los casos, individuales y colectivos, nuestra propia autoestima dependa de cómo nos ven los demás en vez de cómo nos vemos nosotros mismos. En la vida ordinaria, ese supuesto mecanismo de espejo que nos devuelve la propia imagen según otros ojos acaso nos ayuda a entendernos y a descubrirnos, y lo mismo puede decirse cuando somos parte de un pueblo y nos miran desde afuera, con otros ojos, desde otros pueblos.Pero no es que se trate de tomar a pie juntillas lo que ven los otros, sino de ubicarse frente a esas miradas. Esto viene a cuento del senador republicano de Estados Unidos Marcos Rubio, quien en la audiencia para designar embajador en nuestro país habló de nosotros desde su óptica reduccionista del mundo –la óptica de la derecha norteamericana– y dijo que no somos un país democrático, somos deudores (de los fondos buitre) y que nos parecemos a Corea del Norte; es decir, nos situó en las fronteras del eje del mal.Todo esto por llevar adelante una actitud con pretensiones independientes. Las palabras del senador hijo de cubanos son de un peso muy relativo, salvo que representan una radiografía de parte del nefasto pensamiento republicano, pero nos trae a cuento lo tantas veces mentado de la "imagen argentina en el exterior".A esta altura de la historia, debería quedar muy claro que mientras mejor hablan de nosotros afuera, peor nos va, y lo que en realidad saludan es que seamos un país funcional a sus intereses. Ejemplos: Carlos Menem era un semidiós para el establishment del dinero internacional: así nos fue. Otro: esta Sudamérica del siglo 21 está siendo atacada por los cuatro costados de parte de Europa (hasta de los que se dicen progresistas) porque gran parte de ella no sigue la receta convenida, en su momento incluso con dictadores.Estos no son nuestros días más esplendorosos, aunque, seguro, tampoco los peores. Todo es cuestión de perspectiva; podemos sostener en alto la bandera del porvenir, cualquiera sea la manera de entender el camino para transitarlo, pero, mientras tanto, lo único que tenemos de cierto es el pasado, ineludible punto de referencia para el intento de trazar una guía para nuestro rumbo. Los pueblos jóvenes como nosotros hemos tenido que inventarnos para salir al ruedo de la historia, y entre los barquinazos que marcaron mojones en el camino, hemos, al fin, trazado un ayer. Ese ayer, remoto o reciente, nos ampara, nos desampara, pero nos conduce. Por eso es que en todas las discusiones del presente, en aras del porvenir, el pasado siempre es una clave. No podemos aislar el presente de lo que nos pasó; entonces, no hay manera de ver una cosa sin la otra. En las discusiones políticas de la hora, mientras unos condenan la apelación recurrente al pasado, sépase que es útil identificar el ayer. Lo absurdo es creer que es posible que todo comience a partir de hoy. Ni cada hombre ni cada pueblo pueden construir un destino venturoso si no creen en sí mismos, si no sienten que se lo merecen, si no se aman lo suficiente, si no celebran su propia existencia. Ni la luz de la vida ni la luz de la historia se derraman por azar: jamás iluminan a las almas umbrías que le temen al desafío de la claridad. El porvenir es un horizonte que se conquista con el pecho y la frente al sol, con la sangre convencida de que se ha nacido para imponerse a la adversidad y brillar.

