“Relatos salvajes”, relato oficial y felicidad interna
Hablando de nuestro país y del “relato oficial”, los argentinos deberíamos ser muy felices; pero el malhumor y la impaciencia social son imposibles de disimular.
Relatos salvajes, dirigida por Damián Szifrón, va camino a integrar la elite de las películas más taquilleras del cine argentino. Permite reflexionar sobre la violencia que se vive de forma cotidiana en nuestro país.
Lo impactante es que los espectadores salen de los cines identificados con algún relato, en particular con el que protagoniza Ricardo Darín, que es una muestra palpable de las arbitrariedades a las que son sometidos los ciudadanos por parte de los distintos niveles del Estado, más dignas de una pesadilla kafkiana que de un país comprensivo de la problemática de sus habitantes.
Es interesante ver cómo este filme actuó de disparador de sensaciones ambiguas que no son sencillas de analizar ni de canalizar de forma racional, lo que amerita hacernos una pregunta provocativa: los argentinos, ¿somos un pueblo feliz?
Si la respuesta fuera sólo económica, el crecimiento del producto interno bruto (PIB) a tasas elevadas entre 2003 y 2011, del cual se jacta el Gobierno nacional, afirmaría que sí. Pero ese hecho, ¿mejoró nuestro humor? ¿Cambió nuestras pautas culturales para bien? ¿Nos transformó en ciudadanos más responsables y solidarios?
Es necesario aclarar que el crecimiento del PIB implica un incremento de la cantidad disponible de bienes y servicios finales, lo que supone, en teoría, más oferta, competencia y una mejora en el ingreso nacional y en el nivel de vida.
Pero también hay que aseverar que aumentos en el PIB y el ingreso constituyen números y porcentajes fríos, que pueden hacernos ilusionar que somos parte de un país eficiente y justo. ¿Permite ello hacer un análisis cualitativo sobre nuestra evolución integral como sociedad? Claro que no.
Por eso, ciertos países y organizaciones plantean un método alternativo, bautizado “felicidad nacional bruta” (FNB), que pretende ser un indicador que mida la calidad de vida en términos holísticos (analizando las variables concurrentes como un todo) y psicológicos (si en verdad estamos felices con la organización del país).
Si bien la “felicidad” es un concepto abstracto, imposible de cuantificar con precisión, es un dato a tener en cuenta, más aún si aspiramos a incrementar la “esperanza de vida” de nuestros conciudadanos.
El término fue propuesto por el rey de Bután, en respuesta a las críticas sobre la pobreza económica de sus habitantes. Este concepto tenía sentido por las peculiaridades de ese pequeño país del sur de Asia, acordes con la filosofía budista.
Pese a sus carencias y a mantener tradiciones históricas –una sociedad matriarcal en la cual la poligamia femenina no está mal vista, sumado a que es un país libre de humo, con prohibición de enjaular animales y de usar bolsas plásticas, y que evita el ingreso masivo de turistas– Bután es considerado por algunos especialistas como el octavo país más feliz, muy por encima de otros considerados desarrollados.
Más allá de Bután, asoma con fuerza un nuevo paradigma basado en una premisa: el verdadero éxito de una sociedad pasa por complementar el desarrollo material, representado en el PIB, con una fuerte dosis de espiritualidad y felicidad.
Los cuatro pilares sobre los que se asienta son desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, preservación y promoción de valores culturales propios, conservación del medio ambiente y establecimiento de un gobierno conducido por personas capacitadas y honestas.
Según una encuesta sobre 156 países, Dinamarca, Noruega, Suiza, Holanda y Suecia son los más felices; México ocupa el lugar 16, uno más arriba de Estados Unidos, aunque bastante lejos de Canadá, sexto en la lista. Argentina estaría peleando el descenso.
Según el estudio, los seres humanos pueden ser infelices por varias razones, entre las cuales la pobreza y el desempleo tienen roles importantes; pero no le van en zaga desintegración familiar, malestares físicos o enfermedades mentales.
Así, los gobiernos que deseen mejorar la felicidad de la población deberían utilizar una mayor proporción de recursos públicos en salud y prevención de la gran cantidad de enfermedades psicosomáticas que afectan cada vez a más personas y son determinantes en la angustia de los países evaluados.
Hablando de nuestro país y del “relato oficial” de funcionarios de todos los niveles, los argentinos deberíamos ser muy felices; pero el malhumor y la impaciencia social son imposibles de disimular.
Salarios insuficientes, inflación, presión impositiva demoledora, corrupción, inseguridad, violencia, funcionarios con sueldos millonarios, cortes de ruta, sumisión de la Justicia al poder político, jubilaciones de privilegio, incertidumbre laboral, divisiones sindicales, buitres externos e internos, nepotismo, y tasa vial a la cordobesa, improvisación, desbordes cloacales, falta de alumbrado y diarias asambleas municipales, son ejemplos de un cóctel difícil de resistir para personas que se presumen equilibradas.
Será menester que los dirigentes, más allá del partido al cual representan, sepan interpretar el mensaje y las demandas, y que la inteligencia y picardía que usan para acceder al poder sean también una realidad en la gestión. De lo contrario, la situación se agravará de forma significativa; a partir de allí, los reproches cruzados y el reparto de culpas serán sólo otra triste anécdota de la Argentina que pudo ser y no fue.
*Docente UNC, UCC y CUP

